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    Denominación de origen: la calle

    Muchos de los grandes comenzaron en las aceras. Recopilamos para ti todo el talento urbano

    El vagón hoy también va infestado de gente, y no son ni las siete. Sobre la barra central ocho manos de ocho personas diferentes luchan por agarrarse con firmeza y evitar el contacto con pieles ajenas. O con resquicios sudorosos del espacio que segundos antes ocupaba una de esas manos, que suele dar grimica.

    Lo de soñar con lograr sentarse, una auténtica quimera. No queda espacio para desplegar las tapas de un libro, a duras penas eres capaz de realizar el movimiento necesario para sacar el móvil del bolsillo del pantalón ajustado, desenrollar los cascos y ponerte un poco de música que haga más llevadero este rutinario descenso a los infiernos. De repente, un ruido sobresale al chirriar de las ruedas, a las conversaciones banales del gentío y al anuncio del nombre de la próxima estación.

    Es una voz, resulta ser angelical. Acompañada de una guitarra, que consigue arañar toda tu atención. La hipnosis surte efecto, ya nada de lo que te rodea importa. Cascos fuera y mirada atenta, clavada en el rasgueo de unas cuerdas que crean una sintonía que te traslada a un lugar muy diferente al que ocupas en ese momento.

    Un músico ambulante toca la guitarra en el metro de Liverpool / Getty.

    Una magia que no suelta chispas, ni requiere de varitas mágicas ni de grandes trucos de producción. Se llama música callejera, y en ocasiones puede punzarte el corazón con la misma facilidad que destrozarte los tímpanos. Depende de quién la ejecute, y de los decibelios que le imprima al asunto.

    En una suerte de lotería improvisada, quien entre por esa puerta tiene el poder de cambiar tu día, tu modo de entenderlo. Que levante la mano todo aquel que no se haya quedado prendado tras una interpretación en esa callejuela oscura de humeantes cloacas producto de la diferencia térmica donde de repente sonaba un violín con la capacidad inusual de parar el tiempo. Y claro, que también la levante aquel al que le jodieron completamente la reproducción en sus cascos de su canción favorita porque justo al lado le tocó una horrenda interpretación de El Cóndor Pasa. O ese horrible acordeón que parece estar gritando “mátame ya” a su resuelto y voluntarioso intérprete. Tome usté una monedita, caballero, por resalao y nada intrusivo. Que también en su día Manu Chao, Bob Dylan, BB King o Camarón comenzaron sus andaduras sobre asfalto. Así que un poco de consideración.

    Una chica toca en el metro de Londres en 1979 / Getty.

    La música callejera existe, aproximadamente, desde que el ser humano puede ser considerado como tal. Sus comienzos están atados a la existencia de los juglares y los cómicos del habla, aunque ya hay mosaicos en Pompeya desde antes de que todo se fuera al carajo que nos hablan de su existencia, y la evolución a lo largo de los siglos (pasacalles, improvisados grupos musicales) se ha dado de bruces con la actualidad. Ahora, los músicos callejeros son fecundos especímenes que pueblan los rincones más jugosos de una ciudad, intentando ganarse cuatro perras o simplemente conseguir que la audiencia levante sus cejas hasta arquearlas en un claro gesto de aprobación. Que de eso no se come, pero también llena. El ego de uno, más concretamente.

    En función de la ciudad en la que te encuentres, tendrás que toparte con las consiguientes normas municipales, que por regla general suelen ser muy impenetrables para aquel que quiera mostrar su arte con semejante acción exhibicionista. Horarios restrictivos, número muy limitado de plazas, asociaciones de vecinos en contra elaborando borradores de normas legislativas y un largo (y hasta cierto punto comprensible) etcétera. Pero también es cierto que hay lugares que suponen un auténtico vergel permisivo para el músico callejero, donde se les acoge con los brazos abiertos y se valora y tolera su mera existencia. Nueva Orleans, Dublín o San Petersburgo son algunos de estos asfálticos paraísos.

    Pues bien, creemos que es de recibo hacer un repaso por algunas de las actuaciones callejeras que demuestran que, la música, donde mejor respira, es en la calle.

    Estas Tonne se llama. Le hubiera caído alguna bromita con el nombre (Estas...Pamojarpan, Estas...cañón) de no ser porque el tipo es ruso y no entendería la coña. Este ciudadano del mundo se autodefine como un trovador moderno, y quiénes somos nosotros para llevarle la contraria. Toca la guitarra con un desparpajo y una técnica increíble. Y claro, su talento le ha llevado a tener una excelsa discografía. Aunque como mejor se disfruta, sin duda, es en cualquiera de sus performances callejeras.

    Este rubito querubín, con cara de haber roto algún que otro plato pero siempre de manera accidental, se ha hecho fuerte en una variable más que económica de la batería. Los cubos de pintura cumplen perfectamente el cometido sonoro, se pueden conseguir matices más que interesantes levantándolos ligeramente con la pierna y ejecutado a esta velocidad consiguen una interesante proporción de billetes por segundo. Y oye, ya que estamos en la dinámica de nombres divertidos: el muchacho se llama Gordo. Y su nombre artístico es Gordo Drummer. Superad eso, designios divinos.

    No solo queda resultón tocar los botes de pintura. En el mundo de la percusión casi todo vale. Pero hay cosas que tienen mejor sonoridad que otras, eso es así. Y quién nos lo iba a decir, pero las sartenes son un complemento perfecto cuando se trata de aporrear. Que se lo digan si no a Dario Rossi. Claro, que si no tienes el talento que porta él, lo más fácil es que provoques una soberana jaqueca a todo viandante que se cruce por tu camino. Así que si no eres Dario mejor ni lo intentes.

    Este muchacho se llama Mitchel Cullen, es australiano y tiene muy presente el legado que han dejado en su tierra los aborígenes. Ataviado con una guitarra y una especie de didgeridoo triple (el hipnótico instrumento que sopla demostrando más pulmones que el Cholo Simeone cuando le expulsan a un central). De la calle ha dado el salto al éxito internacional, con giras extenuantes en las que demuestra su exótico talento. Aquí el muchacho se atreve (a partir del 01:10) a convertir la cosa en una rave desbocada donde está claro el lema: Baila o muere.

    No sabemos muy bien qué se le pasó por la cabeza la primera vez que tuvo claro que era una gran idea hacer música golpeando unas tuberías. Quizá su madre le dejara sin cena. O peor, le obligara a deglutir brócoli sin ningún tipo de aderezo. Sea como fuere, no pareció escarmentar, y ha perfeccionado la técnica hasta convertirse en un jefazo en eso de conseguir sonidos bailables, perfectos para entrar en trance un sábado noche. Y le da con una chancla. Eso seguro que lo aprendió de su madre, el mismo funesto día del brócoli.

    Hacemos las presentaciones pertinentes. Ellos son Too Many Zooz. Hola, Too Many Zooz, aquí unos amigos que acaban de flipar con vuestra performance en el metro. Son tres, pero parecen una orquesta de diecisiete integrantes. Se conocieron en el conservatorio y se echaron al metro de Nueva York a probar suerte. Y suerte hubo, que han dado el salto del subway a la fama mundial. Un placer, chicos.

    Escocia nos ha dado un acento impronunciable para el resto de los mortales, un brebaje consumido a nivel mundial y unas gaitas que suenan de lujo (para quien le gusten, claro) . Cuando las templas en mitad de la calle, desnudos de torso para arriba y con intención de montar una buena jarana, el resultado se llama Clanadonia. Y sí, suena un poco a enfermedad sexual, pero es escucharlos le entran a uno ganas de pintarse la cara por mitades y hacerle un calvo al primer inglés que pase por derredor.

    Palabras mayores. Sabes que el éxito puede estar a la vuelta de la esquina porque tienes arrojo y valía tocando un instrumento como la gaita. Y decides darle una vuelta de tuerca al asunto y especializarte en versiones por todos conocidas, como ésta inmortal tonadilla de AC/DC. Pero decides darle un toque más salvaje y conseguir que tu gaita exhale fuego. Y la cosa ya adquiere tintes épicos a lo Mad Max. Y el éxito se quita la ropa interior y te la lanza a la cara, en señal de sumisión. Y tú sonríes de medio lado, tampoco en exceso, que se note que eres The Bad Piper.

    Lo del beatbox es puro territorio callejero, y nunca falla, siempre congrega a una enfervorecida multitud a tu alrededor. Si te plantas en mitad de una calle tan concurrida como Oxford Street en pleno centro de Londres, mejor será que lo hagas bien. Pero tampoco hace falta que lo hagas tan bien como ella, que lo suyo ya parece abusar un poco. Toda una orquesta en la garganta, y su nombre, Kimmy Beatbox.

    Esto también es jugar sobre seguro. Te coges la canción en español más escuchada de todos los tiempos, aprovechando que está en plena vigencia, le plantas una base de tutuntunprás así molona, te pones el violín en la papada y sorprendes a propios y extraños con una actuación que deja al personal anonadado, hasta tal punto de olvidarse que cien metros más para allá está la playa. A ese nivel.

    Que los asiáticos juegan en otra liga en eso de la sincronía es algo testado empíricamente. Que son capaces de crear espectáculos cual si de espejos se trataran, un hecho, como demuestra esta interpretación de Drumcats, que así se llama el grupo. Invitamos a visualizar el vídeo intentando atrapar algún fallo en la sincronización. Nos aventuramos a garantizar que te darás por vencid@ antes de encontrarlo.

    Y para cerrar el artículo, la pericia que tiene en los labios el bueno de Moses Concas, que ganó en 2016 un programa de talentos en Italia después de ser rescatado de la calle tras verle ejecutar estas maravillas con la armónica. Podríamos ofreceros millones de vídeos más (y si os gusta prepararemos alguna continuación), pero lo dejamos aquí por el momento con una última recomendación. Cuando los veas en el metro, quítate los cascos. Seguro que, como poco, merecen unos segundos de tu atención. Gracias de antemano.


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