Demasiado ácido para Pink Floyd: Syd Barrett, 80 años del talento que voló por los aires
El músico inglés, de no haber fallecido en 2006, sería ahora octogenario

La primera formación de Pink Floyd, con Syd Barret abajo, en primer término. / Hulton Deutsch
Durante la grabación de Wish You Were Here, en 1975, apareció en el estudio un hombre obeso, completamente rapado, con las cejas afeitadas y una mirada perdida que desconcertó a todos. Nadie lo reconoció de inmediato. Cuando alguien preguntó quién era, la respuesta cayó como una losa: Syd Barrett. El mismo Syd que había fundado Pink Floyd, el compositor brillante que había puesto letras, melodías y locura controlada a los primeros pasos del grupo. Este 6 de enero de 2026, Barrett habría cumplido 80 años, y pocas historias del rock ilustran tan bien la frontera difusa entre genialidad, exceso y desaparición.
Barrett —Roger Keith Barrett, nacido en Cambridge en 1946— fue el motor creativo del Pink Floyd original, el de los clubes psicodélicos de Londres, el de los juegos de luces líquidas y las canciones que parecían escritas por Lewis Carroll después de una noche demasiado larga. Su imaginación marcó The Piper at the Gates of Dawn (1967), uno de los discos fundacionales de la psicodelia británica, con canciones como “Arnold Layne” o “See Emily Play” que mezclaban pop, surrealismo infantil y una inquietante sensación de que algo podía torcerse en cualquier momento. El problema es que no era solo una sensación artística: la cabeza de Syd empezó a torcerse de verdad.
El consumo intensivo de LSD, unido a una personalidad frágil y a posibles problemas mentales previos, convirtió al músico en una bomba de relojería. En directo, podía quedarse inmóvil mirando al vacío, tocar una sola nota durante minutos o, sencillamente, no aparecer. En el estudio, era imprevisible: genial un día, completamente desconectado al siguiente. Mientras el grupo comenzaba a profesionalizarse y a llenar salas, Barrett se iba quedando atrás, atrapado en su propio laberinto. La solución fue tan dolorosa como práctica: incorporar a David Gilmour para cubrir sus ausencias… y, poco después, prescindir de Syd sin siquiera decírselo claramente. Un día dejaron de pasar a recogerlo para los ensayos. Así terminó su etapa en Pink Floyd, casi sin despedida.
LOS40 Classic
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Barrett grabó dos discos en solitario —The Madcap Laughs y Barrett, ambos de 1970— que hoy se consideran obras de culto: canciones hermosas, frágiles, a veces desestructuradas, como si alguien hubiese dejado el grabador encendido mientras el artista se desmoronaba delante del micrófono. Después, prácticamente desapareció. Volvió a Cambridge, vivió con su madre, pintó cuadros, evitó entrevistas y se convirtió en una figura fantasmagórica, citada en canciones y entrevistas pero ausente del mundo real. Mientras tanto, Pink Floyd crecía hasta convertirse en una de las bandas más grandes del planeta, cargando siempre con la sombra del amigo perdido.
Esa sombra se materializó definitivamente en Wish You Were Here (1975), un disco atravesado por la ausencia, la alienación y la pregunta de qué ocurre cuando alguien ya no está, aunque siga vivo. La canción homónima, dedicada explícitamente a Barrett, es una de las más emocionantes de la historia del rock precisamente porque no necesita explicar nada: basta escucharla. La anécdota de su aparición en Abbey Road durante las sesiones —irreconocible, silencioso, como un espectro— terminó de convertir a Syd en mito trágico. Nadie supo muy bien qué decirle. Nadie supo cómo ayudarle. Y, de algún modo, toda esa culpa quedó prensada en el vinilo.
El final de Barrett fue tan discreto como su desaparición del foco. Murió en 2006, a los 60 años, por complicaciones derivadas de la diabetes. Sin giras de despedida, sin homenajes multitudinarios, sin reconciliaciones públicas. Pero su influencia sigue ahí, latiendo bajo cada historia de genios que no soportaron la presión, de artistas que se quedaron por el camino. Syd Barrett no fue una superestrella al uso, ni siquiera llegó a ver en qué se convirtió el grupo que ayudó a crear. Fue, más bien, el recordatorio incómodo de que el talento no siempre viene con manual de instrucciones.
Ochenta años después de su nacimiento, su figura sigue provocando fascinación y vértigo a partes iguales. Porque, al final, la historia de Syd Barrett no va solo de drogas o de locura, sino de algo mucho más incómodo: qué pasa cuando el precio de la creatividad es perderse a uno mismo. Y eso, por muy lejano que parezca, sigue siendo una pregunta peligrosamente actual.












