¿Se han convertido los hábitos de ocio de los jóvenes en un grito de auxilio?: discotecas personalizadas y un cine para 2
Un artículo de 'El País' muestra el ocio que se lleva entre las nuevas generaciones y comparten una característica, el individualismo

Una pareja disfrutando de una fiesta única con auriculares. / Matt Cardy
Vivimos en un mundo muy globalizado, ¿verdad? Todo está al alcance de todo el mundo y, en parte, es lo que tiene la democratización de las experiencias. Desde hace un tiempo se sigue una corriente de pensamiento muy parecida, casi única: ya no se hace nada que no se haya visto antes en TikTok o que no le hayan recomendado en un post de Instagram. Esto nos lleva a todos a los mismos bares y a vivir en los mismos espacios. De nuevo, democratización, lo cual está bien y es justo, pero ¿hacia dónde nos lleva esto como humanos?
Según un artículo reciente de El País, los planes de la juventud han cambiado radicalmente, especialmente hacia una dirección muy individualista. Se imponen los planes cerrados, compartidos con el círculo íntimo, lejos de un mundo exterior cada vez más sobreexplotado. El artículo se apoya en fuentes directas que ofrecen este tipo de ocio a los jóvenes, experiencias más selectas, casi gourmet, donde el lujo ya no reside en lo espectacular, sino en lo privado, en el silencio o en tener un asiento asegurado en el bar del barrio.
Karaoke castizo
En este contexto, Álvaro Mazón, country manager de BAM Karaoke Box, explica a El País cómo su negocio de karaoke privado ha logrado triunfar en la capital española, adaptando un modelo de origen japonés al ocio urbano europeo: “Trae a Madrid las salas privadas donde, con cócteles, comida y amigos, puedes cantar la canción más bonita del mundo sin necesidad de que entones como una estrella del pop. Como las salas privadas del karaoke clásico japonés, pero con la fiesta de la noche madrileña y el très chic francés”.
LOS40
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Así contado, suena como todo un planazo alejado de las grandes masas movidas por otras grandes masas. Y es llamativo, sobre todo, porque durante generaciones hemos estado muy acostumbrados a compartir el ocio en espacios multitudinarios: macrobotellones, discotecas, bares y mas bares y todo tipo de actos sociales en los que siempre había decenas de desconocidos siendo testigos de lo que hacíamos con nuestras amigas: “Cantar delante de cien personas que no conozco no me gusta nada. Y creo que eso le pasa a mucha gente, por eso cada vez tiene mejor acogida”, sentencia Mazón.
Cines privados
El auge de este tipo de propuestas no surge de la nada. Tiene que ver con una nueva forma de entender la vida y el ocio, atravesada de lleno por las nuevas tecnologías. Negarse a ellas sería casi demencial. Por eso proyectos como los de Ángel Mora, director ejecutivo y fundador de Artistic Metropol, o Antonio Alabort, coordinador de la plataforma de propuestas de ocio Salir en Valencia, no solo se adaptan a esta corriente, sino que la impulsan.
Mora explica para El País cómo su negocio ha encontrado un nicho claro en el cine privado: sesiones de cine para grupos cerrados que permiten recuperar la experiencia de ver una película en sala, pero desde la comodidad y la confianza del entorno cercano: “Ahora puedes alquilar una sala de cine entera por tan solo cinco euros por persona. Imagina la emoción de ver tu película favorita en una gran pantalla con calidad de imagen y sonido excepcionales, rodeado de tus amigos y seres queridos”.
Discotecas personalizadas
Por su parte, Antonio Alabort señala en el articulo de El País cómo el ocio nocturno también ha cambiado de forma radical. Si antes la experiencia en una discoteca se reducía a hablar a gritos, ahora espacios como la discoteca valenciana Picca Club apuestan por un modelo diferente: las discotecas con auriculares. Una idea que puede parecer marciana, pero que ya forma parte del imaginario festivo de muchos jóvenes.
La dinámica es sencilla: la fiesta es la misma, pero la música solo la escucha cada asistente. Al quitarse los auriculares, es posible mantener una conversación normal; al volver a ponérselos, se regresa a la pista de baile: “Los auriculares se iluminan con tres colores diferentes dependiendo del estilo musical. La gente suele bailar con su grupo, pero cuando suena algún tema concreto, normalmente tiende a acercarse a quien está escuchando el mismo color”, explica Alabort.
La dualidad del auge de los conciertos
Se nos supone una sociedad cada vez más individualista, orientada a la búsqueda de espacios reducidos, privados o propios. Sin embargo, esta afirmación entra en conflicto directo con el auge que han experimentado los conciertos en los últimos años. Estos han pasado de ser casi un lujo a convertirse en una experiencia al alcance de prácticamente todo el mundo. Cualquier persona puede asistir a un concierto; prueba de ello es que, en los últimos años, se ha vuelto casi imposible conseguir entradas para determinados eventos. Este fenómeno contradice la idea de una huida de los espacios abarrotados de gente desconocida en favor de un supuesto individualismo.
No obstante, dentro de este contexto surge una alternativa: la búsqueda de experiencias únicas. Estas se materializan en la asistencia a salas de menor tamaño, en la exploración de artistas más nicho y en la construcción de una sensación de distancia respecto a la masa, tal y como ya se ha mencionado anteriormente. Lejos de contradecir esta tendencia, el auge de los conciertos puede leerse desde la misma lógica. Como señala el sociólogo Andy Bennett, la participación en escenas musicales no responde únicamente al deseo de formar parte de una multitud, sino a “la necesidad de construir una identidad distintiva a través de gustos, espacios y experiencias culturales específicas”. No se trata, por tanto, de individualismo, sino de un punto de inflexión en nuestra sociedad y en la forma en que nos relacionamos colectivamente con la cultura.
Estos hechos no se tratan únicamente de una consecuencia de la pandemia ni de que los jóvenes sean ahora más introvertidos o individualistas. Como dice el psicólogo Reed Larson, “el ocio es uno de los principales espacios donde los jóvenes pueden experimentar con quiénes son y quiénes quieren llegar a ser”, precisamente porque escapa a las lógicas más normativas y masificadas de otros ámbitos de la vida. Es por esto que las nuevas formas de ocio responden a una necesidad creciente de crear experiencias propias y diferenciadas. En un contexto en el que todo parece colectivo, compartido y masificado, resulta lógico que resurja el deseo de algo único, de algo que hable de nosotros.

Andrea Sanz
Una chica buscando su lugar en el mundo. En este intento me encontré con el periodismo y decidimos hacerlo...












