Por qué la ropa de 'La Asistenta' sigue persiguiéndonos después de verla
Una explicación de por qué se visten así Nina, Millie y Andrew

Fotograma de 'La Asistenta', película que protagonizan Sydney Sweeney y Amanda Seyfriend. / Lionsgate
Hay historias que se cuentan con diálogos y otras que se infiltran en la memoria a través de los detalles. En La Asistenta, el vestuario es uno de esos elementos que actúa como una segunda capa de relato: silenciosa, incómoda y profundamente reveladora. La ropa de Nina, Millie y Andrew no solo acompaña a los personajes, sino que anticipa, explica y subraya el giro de poder que se produce a lo largo de la película. Por eso, una vez termina, sigue persiguiéndonos.
La jaula color crema de Nina
Al inicio, Nina aparece vestida casi exclusivamente de blanco, beige y tonos neutros. Su imagen es impoluta, perfectamente controlada, sin estridencias ni color. No hay margen para el error ni para la expresión personal. Esta elección estética no es casual: Nina encarna el ideal de esposa perfecta, elegante y silenciosa, una figura que conecta directamente con el imaginario tradwife, ese movimiento que romantiza los roles tradicionales femeninos y que, aunque llevaba tiempo circulando en redes, solo en el último año ha entrado con fuerza en el debate público.

Fotograma de 'La Asistenta' en el que Nina entrevista a Millie. / Lionsgate

Fotograma de 'La Asistenta' en el que Nina entrevista a Millie. / Lionsgate
Cuando más adelante descubrimos su pasado en un psiquiátrico, ese blanco cobra una nueva dimensión. En los hospitales psiquiátricos, el blanco históricamente ha funcionado como símbolo de neutralización: uniformar, calmar, borrar la individualidad del paciente. Que Nina continúe vistiendo de blanco incluso fuera de ese entorno sugiere que, de algún modo, sigue encerrada. Ya no entre paredes, sino dentro de un rol que no le permite expresarse ni salirse del guion. La ropa actúa como una prolongación de ese confinamiento emocional.
LOS40
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Fotograma de 'La Asistenta' en el que aparecen Nina y Millie. / Lionsgate

Fotograma de 'La Asistenta' en el que aparecen Nina y Millie. / Lionsgate
El contraste es aún más evidente cuando la película nos lleva a un viaje al pasado. Allí, Nina conserva su color de pelo natural, moreno, y viste prendas llenas de color. Hay vida, hay deseo, hay identidad. Esa mujer desaparece progresivamente cuando inicia su relación con Andrew. La estética impoluta no surge de la nada: es el resultado de una dinámica de poder que la va moldeando hasta convertirla en una versión aceptable, ordenada y decorativa de sí misma.

Fotograma de 'La Asistenta' en el que Andrew le pide matrimonio a Nina. / Lionsgate

Fotograma de 'La Asistenta' en el que Andrew le pide matrimonio a Nina. / Lionsgate
Millie sabe que la frescura es una amenaza
Millie, en cambio, entra en escena desde otro lugar. Su vestuario es el de una chica joven: ropa más informal, el pelo algo desaliñado, menos perfección y más espontaneidad. No es una estética ingenua, pero tampoco caricaturesca. Millie no viste para cumplir un rol doméstico, sino para ocupar espacio, para ser vista. Su forma de vestir —más libre, más contemporánea— funciona como contraste con la rigidez de Nina y también como una herramienta de seducción hacia Andrew. No desde una mirada machista, sino desde una lógica clara: en un sistema donde la mujer perfecta debe ser pulcra y contenida, lo joven y lo imperfecto se vuelve disruptivo.

Fotograma de 'La Asistenta' en el que aparece Millie viendo la casita de muñecas de Cecelia.

Fotograma de 'La Asistenta' en el que aparece Millie viendo la casita de muñecas de Cecelia.
Andrew y el truco para ser el padre perfecto
Andrew, fiel a su posición de poder, mantiene durante toda la película una imagen neutra. Su ropa no cambia porque no lo necesita. Es el eje alrededor del cual las mujeres se transforman, se adaptan o se rompen. Mientras Nina y Millie modifican su apariencia —una para adaptarse al ideal de esposa perfecta, la otra para ocupar un espacio de deseo y oportunidad— Andrew permanece inalterable. Su ropa no expresa emociones ni conflictos internos; funciona como una armadura cotidiana que refuerza su posición de control. Viste para reafirmar que pertenece al centro del sistema.

Fotograma de 'La Asistenta' en el que aparecen Andrew cenando en su casa.

Fotograma de 'La Asistenta' en el que aparecen Andrew cenando en su casa.
La Asistenta incomoda porque desnuda, a través de la ropa, una fantasía que hoy vuelve a circular con fuerza: la del orden, la pureza y la feminidad tradicional como promesa de seguridad. El vestuario nos persigue porque nos recuerda que, a veces, lo que parece elección es, en realidad, una forma sofisticada de encierro.

Lola Rabal
Recién graduada en Periodismo y Comunicación Audiovisual por la URJC. Viví en Chicago, donde descubrí...












