PREMIOS OSCAR Sigue en directo las nominaciones a los premios del cine

Malcolm McLaren, 80 años del hombre que vistió al punk y lo lanzó al mundo como un escándalo

El impulsor de los Sex Pistols nos dejó en 2010, pero su legado sigue vivo

Malcolm McLaren (con cabello rizado y abrigo negro), acompañando a los Sex Pistols en la firma de su contrato discográfico a las puertas de Buckingham Palace en 1977. / PA Images

Si Malcolm McLaren hubiera seguido cosiendo cremalleras y vendiendo camisetas provocadoras en King’s Road, hoy sería un personaje pintoresco del Londres setentero. Pero decidió hacer algo bastante más ambicioso: convertir la moda en un arma cultural y el rock en un cóctel molotov. Este 22 de enero habría cumplido 80 años el hombre que no inventó el punk —eso sería demasiado sencillo—, pero sí lo empaquetó, lo teatralizó y lo lanzó al escaparate mundial como si fuera una revolución prêt-à-porter. Y lo consiguió viniendo, precisamente, del lugar más inesperado: una tienda de ropa.

McLaren nació el 22 de enero de 1946 y se formó en escuelas de arte, donde absorbió teorías situacionistas, marxismo cultural y una obsesión casi patológica por el choque visual. Antes de meterse de lleno en la música, ya estaba experimentando con la provocación como lenguaje. En 1971 abrió junto a Vivienne Westwood la boutique Let It Rock, que fue mutando de nombre —Too Fast to Live Too Young to Die, SEX, Seditionaries— a medida que su discurso se volvía más incendiario. Aquella tienda no era solo un negocio: era un laboratorio estético donde se mezclaban cuero, látex, camisetas con iconografía nazi recontextualizada, imperdibles y consignas antisistema. El punk no nació en un local de ensayo: nació en un probador.

El gran golpe llegó cuando McLaren decidió aplicar esa lógica al mundo de las bandas. Tras un intento fallido de “reprogramar” a los New York Dolls en Estados Unidos con estética comunista (una idea tan delirante como reveladora), regresó a Londres y puso el ojo en un grupo de chavales bastante torpes técnicamente pero explosivos en actitud: los Sex Pistols. McLaren no los creó, pero sí los moldeó. Les dio imagen, relato, enemigo y una narrativa perfecta para la prensa sensacionalista. Johnny Rotten no solo cantaba: escupía titulares. Sid Vicious no tocaba el bajo: encarnaba el caos con chupa de cuero.

En 1977, con “God Save the Queen”, McLaren consiguió lo que todo agitador cultural sueña: un escándalo nacional. El single fue boicoteado por la BBC, vetado en tiendas y, aun así, rozó el número uno en plena celebración del Jubileo de Plata de Isabel II. El mensaje era claro: el punk venía a desestabilizar el sistema. Aquello no fue solo música, fue un acto político performativo. McLaren entendió antes que nadie que el rock podía funcionar como espectáculo mediático total: sonido, imagen, conflicto y actitud unidos en un mismo paquete.

Su importancia en el rock de los setenta no se mide tanto por acordes como por impacto. El punk ya existía en Nueva York con Ramones, Television o Patti Smith, pero McLaren lo convirtió en fenómeno europeo con estética reconocible y discurso confrontacional. Donde otros veían ruido, él vio marca cultural. Introdujo el DIY (do it yourself) como ideología visible: cualquiera podía subirse a un escenario, cualquiera podía vestirse como un manifiesto ambulante. La democratización del rock pasaba por romper el mito del virtuoso y elevar al amateur furioso.

Sex Pistols - God Save The Queen

Tras el colapso de los Sex Pistols, McLaren siguió demostrando que su brújula apuntaba siempre al choque cultural. En los ochenta impulsó a Bow Wow Wow, mezclando pop new wave con estética tribal y polémicas de manual. Y en 1983 publicó Duck Rock, un álbum adelantado a su tiempo que fusionaba hip hop, música africana y electrónica cuando el rap apenas empezaba a cruzar el Atlántico. Canciones como “Buffalo Gals” introdujeron el scratching en la MTV británica y demostraron que McLaren no solo vivía del pasado punk: estaba obsesionado con el mestizaje cultural.

Su relación con Vivienne Westwood también fue clave para entender su legado. Juntos construyeron el imaginario visual del punk: camisetas rasgadas, eslóganes provocadores, corsés subversivos y estética antisistema convertida en pasarela callejera. Westwood llevó ese ADN a la alta costura; McLaren lo trasladó a la música. Fue una alianza entre moda y rock que cambió para siempre la manera en que los artistas entendían su imagen pública.

Por supuesto, McLaren también acumuló críticas. Muchos lo acusaron de manipulador, oportunista y más interesado en el ruido mediático que en la música. Probablemente tenían razón… y eso forma parte de su genio. McLaren no quería ser productor musical: quería ser arquitecto cultural. Entendía el pop como una guerra simbólica donde el impacto importaba más que la pureza artística. En un mundo obsesionado con la autenticidad, él reivindicó la impostura creativa como motor de cambio.

Cuando murió en 2010, dejó un legado incómodo pero imprescindible. Sin Malcolm McLaren, el punk quizá habría sido un movimiento underground más. Con él, se convirtió en un terremoto global que todavía resuena en la estética y el discurso de la música contemporánea. Ochenta años después de su nacimiento, su gran lección sigue vigente: a veces no hace falta saber tocar la guitarra para cambiar la historia del rock. Basta con saber encender la mecha.