Madonna vs. Evita: treinta años del rodaje que incendió Buenos Aires
Su llegada a Argentina estuvo rodeada de protestas por parte de sectores peronistas

Madonna, caracterizada de Eva Perón para el rodaje de la película en 1996.
No todos los rodajes empiezan con alfombra roja. Algunos arrancan con pancartas, pitidos y amenazas de boicot. Eso fue exactamente lo que ocurrió cuando Madonna llegó a Buenos Aires para rodar Evita. Corría 1996 y la reina del pop aterrizaba en Argentina para encarnar a Eva Duarte de Perón, uno de los personajes más sagrados —y explosivos— de la historia política del país. Treinta años después, aquel episodio sigue siendo uno de los mayores choques culturales entre Hollywood y la memoria latinoamericana: un cóctel de diva pop, icono político y orgullo nacional que amenazó con estallar antes incluso de que se gritara “¡acción!”.
El problema empezó mucho antes de que Madonna pisara suelo argentino. Desde que se anunció el proyecto, sectores del peronismo y buena parte de la prensa local se revolvieron. Para muchos, que una estrella estadounidense interpretara a Evita era poco menos que una profanación histórica. Eva Perón no era solo una figura política: era mito fundacional, santa laica y símbolo emocional para millones de argentinos. Hubo comunicados oficiales, editoriales incendiarios y protestas organizadas. Incluso circularon amenazas anónimas contra el equipo de producción. El entonces presidente Carlos Menem, curiosamente peronista, acabó mediando para facilitar el rodaje, consciente del impacto internacional que tendría la película. Dicho en términos prácticos: mejor Madonna cantando “No llores por mí, Argentina” que CNN hablando de disturbios diplomáticos.
Madonna, por su parte, no llegó precisamente de turismo. Venía de un momento clave en su carrera: tras el escándalo permanente de principios de los noventa (Erotica, el libro Sex, la gira The Girlie Show), Evita era su gran oportunidad para demostrar que podía ser actriz “seria”. Se preparó como si fuera una oposición de Estado: clases intensivas de canto lírico, entrenamiento vocal para adaptarse al registro teatral y estudio obsesivo del personaje. El musical de Andrew Lloyd Webber y Tim Rice exigía una voz potente y emocional, y Madonna se lo tomó como una misión personal. Incluso grabó las canciones antes del rodaje para facilitar el playback en exteriores, algo poco habitual entonces.
LOS40 Classic
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El desembarco en Buenos Aires fue un espectáculo en sí mismo. Madonna se alojó en el Hotel Hyatt y rodó escenas clave en localizaciones reales como la Casa Rosada, algo que añadió más gasolina al fuego simbólico. Ver a una estrella pop extranjera recreando el famoso discurso desde el balcón presidencial fue para muchos argentinos una escena casi surrealista. Durante el rodaje se desplegó un dispositivo de seguridad notable: controles de acceso, vallas y presencia policial constante. Aun así, las protestas no cesaron del todo. Algunos sindicatos y agrupaciones políticas organizaron concentraciones, acusando a la producción de “banalizar” la figura de Evita y convertirla en un producto de exportación.
Paradójicamente, el escándalo terminó jugando a favor del proyecto. La polémica multiplicó la atención mediática internacional y convirtió Evita en uno de los estrenos más comentados de 1996. Cuando la película llegó a los cines, la recepción fue mucho más templada de lo que auguraban los presagios apocalípticos. No fue unánimemente aclamada, pero tampoco el desastre que algunos pronosticaban. Madonna recibió elogios por su disciplina vocal y su interpretación contenida, alejándose del histrionismo pop que muchos temían. La banda sonora fue un éxito comercial: el tema “You must love me”, escrito específicamente para la película, ganó el Oscar a Mejor Canción Original en 1997, dando a Madonna su primera estatuilla dorada y cerrando bocas con estilo hollywoodiense.
En Argentina, la percepción fue más compleja. Para algunos sectores, la película seguía siendo una versión “exportable” y suavizada del peronismo, pensada para públicos internacionales. Para otros, fue una oportunidad de proyectar la figura de Evita al mundo con una producción de gran presupuesto. Con el paso del tiempo, el enfado inicial se fue diluyendo y el episodio quedó como una curiosidad histórica: el día en que Madonna se atrevió a ponerse el moño más famoso del Cono Sur.
Treinta años después, el rodaje de Evita se recuerda menos por sus planos y más por su impacto cultural. Fue un ejemplo temprano de lo que hoy llamaríamos “choque de narrativas”: una industria global reinterpretando símbolos locales profundamente emocionales. También marcó un punto de inflexión en la carrera de Madonna, que demostró que podía sobrevivir —y triunfar— fuera del formato pop de tres minutos. Y, de paso, confirmó algo que ya intuíamos: allí donde aparece Madonna, nunca hay silencio administrativo. Hay ruido, debate, polémica… y, casi siempre, titulares.
Porque al final, más allá de ideologías y banderas, aquel episodio dejó una lección clara: pocas artistas han tenido la osadía —y el pulso mediático— de aterrizar en terreno político minado y salir con un Oscar bajo el brazo. Evita fue Evita. Madonna fue Madonna. Y Buenos Aires, durante unas semanas de 1996, fue el escenario más improbable del pop mundial.












