Una inquietante pregunta de la madre de Máximo Huerta inspira el viaje en autocaravana de su nueva novela: “Cuidar es empezar a despedirse”
Un viaje madre e hijo que nos lleva por los recovecos de la memoria

Máximo Huerta, en la presentación de su nueva novela, 'Mamá está dormida'. / Imagen de Javier Ocaña cedida por Editorial Planeta
Máximo Huerta decidió cambiar su vida por su madre. Cuando cayó enferma, abandonó Madrid y se marchó a su pueblo valenciano para cuidarla. Y allí sigue junto a Lauren Bacall, como la llamaban a ella por lo guapa que era y que seguro que sigue siendo. Precisamente, una pregunta que le hace ella fue la chispa para su nueva novela, Mamá está dormida. “¿Dónde está tu hermano?”, le soltó un día a él, que es hijo único.
“Empecé a construir dos novelas. Una con ella y otra, la novela que tenéis aquí. La persona tampoco os la voy a contar porque te toca mentir, que es algo maravilloso. Crear mentiras es novelar y todos los españoles que están cuidando son mentirosos porque mentir es maravilloso y bellísimo porque lo inventas y lo creas tú y haces tu pequeña fábula de lo que debe ser. También empecé a escribir la novela a partir de esa epifanía de mi madre. Sin saberlo me dio la génesis de la novela”, contaba en una comida con prensa para presentar su nuevo proyecto, Mamá está dormida que regresa a España después de llevarnos a París en el anterior.
Ha creado una historia con la que es difícil no empatizar, sobre todo, si tienes padres con una cierta edad. Es un viaje emocional y físico porque una madre con demencia se sube a una caravana con su hijo para emprender una búsqueda de respuestas y recuerdos.
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Él siempre ha sido hijo único, aunque dormía en una habitación con literas en la espera de que algún llegara ese hermano. “Esa sensación a lo mejor ha calado y a los 55 años tengo una novela que viene de aquel quebradero”, reflexionaba, “lo que quería marcar era la soledad de alguien enfrentándose al cuidado de la madre. A mis amigos que están cuidando y tienen hermanos les digo que les envidio porque pueden repartirse”.
Los nombres de madre e hijo no son arbitrarios. Ella se llama Aurora porque es “esa luz que todas las personas en la demencia tienen. Esos ratos al amanecer que están luminosos, en los que crees que todo va a ir a mejor”. Y el hijo se llama Federico, como el poeta porque “fue alguien que habló muy bien de las mujeres, es un ajuste de cuentas”.
Un viaje emocional
Comparten esa caravana, “un espacio tan estrecho, tan íntimo, tan incómodo, tan hostil, como es ese útero de una madre y un hijo metidos en una autocaravana, ella con la demencia, la perra vieja y él con dos destinos: al pasado y a Vera de Bidasoa, uno de esos rincones turbios como hubo en muchos lugares de España donde se ensañaba a las mujeres a ser madres, esposas y buenas hijas”.
A lo largo de su viaje, “el hijo se va desdibujando y la que va tomando protagonismo es ella porque la ficción y la demencia tienen mucho de cinematográfico. Cuidar es empezar a despedirse y el cuidado le ha venido muy bien a este gobierno, y al anterior y a todos porque el cuidado ha sido invisible. Ha sido algo que no hace ruido, que no tiene épica y que han hecho solo las mujeres. En este caso, en la novela, lo hace un hombre con lo que implica la incomodidad de la desnudez, el pudor y las conversaciones que a lo mejor nunca se han tenido”.
A él, en su vida personal, le ha tocado cuidar a sus dos padres. “Mi padre murió antes de ser ministro, menos mal, en 2017, si no, el que coge la caravana y se va a Moncloa es él. Yo ya cuidé a mi padre. Dejé la tele que era el medio en el que trabajaba y cuando decidí cuidarle vi que estaba solo. Tocaba dejar Madrid. A mi madre le detectaron un tumor, no es la novela, es la realidad, y con el tumor coincide la demencia y coincide rotura de cadera. Todo eso que es la vida. Entendí que había que dejar Madrid, dejé todo y me fui al pueblo a casa, a Buñol y cambió todo”, recordaba, “al primer día muy extraño y al segundo entendí que era mi lugar, tenía que estar ahí”. Allí montó una librería “para no estar todo el rato cuidando”.
Una novela que se vertebra a partir de la memoria, la que se pierde y la que no se quiere contar. “En un periodo en el que los países también están teniendo alzheimer y demencia y están repitiendo cosas que pensaron que ya no pasarían”, reivindicaba, “se nos está olvidando de dónde venimos”.
Si a estas alturas alguien se está preguntando si es muy creíble que Máximo Huerta haga un viaje en autocaravana que sepa que nunca ha viajado en una. “Un viaje que nunca haré con mi madre, pero la ficción te permite corregir e incluso vengarte del pasado”, reconocía.
Música y memoria
Un viaje que también tiene música, la que van escuchando en carretera en ese viaje al norte que bien podría ser la que suena en LOS40. “Van poniendo la radio y así es como me la imagino, música más mainstream y casual porque a ellos les da un poco igual”, aseguraba sobre una posible banda sonora. Aunque el tema que menciona en la novela, el que le gusta, es uno de Tom Waits.
“Ayer dije, 'Alexa, ponnos Cinema Paraíso'. Estaba mi madre. Esto es ganas de hacerse daño. Todos cuando rompemos, ¿no nos ponemos una canción que nos hace daño? Lo puse y me dijo, ‘no me gusta esto, ponme Doctor Zhivago’. Y de pronto dice, ‘pero no vamos vestidos para la ocasión’. Hay tantas escenas que la vida te da si eres capaz de mirarlas”, relataba sobre el momento musical compartido con su madre.
Una historia de amor y emociones
Es una novela de amor, mucho amor, “de un hijo que ha perdido la pareja, con lo cual, su único pilar es la madre. E iréis descubriendo en la novela que no sabemos quién está cuidando a quién. Si el hijo es el que cuida a la madre o es la madre el único sostén que tiene de amor que tiene el hijo al que agarrarse.
Si hay algo que le gusta del personaje del hijo es la paciencia que demuestra tener en este viaje. “A mí me gustaría tener tanta paciencia como hay en la novela porque si hay algo peor que la paciencia es el arrepentimiento, son elecciones”, expresaba, “no naces con la paciencia, sino que es algo que vas adquiriendo porque no hay solución. Hay algo muy tópico que se dice por ahí de que cuidar a un padre es como cuidar a un niño y no es verdad. Un hijo va a crecer, lo vas a vestir, has pensado en el colegio. No, el anciano es todo pérdidas. Cada día es perder algo y la paciencia no la descubres ni la tienes al principio. Llegas a ella como única solución porque no se puede cambiar nada. No se puede presumir de paciencia porque no conozco a ningún cuidador que no haya contestado mal a la madre o al padre y luego se haya arrepentido”.
Pero que nadie piense que esta novela es solo un dramón que nos hace pensar en nuestras propias familias. También hay momentos de ternura, de risas, de emociones que se viven con intensidad e, incluso, momentos de felicidad. “Los momentos de lucidez son los únicos momentos felices, son momentos bonitos”, reconocía y esos se coleccionan.
Una nostalgia que va en el ADN del autor. “Yo tengo nostalgia hasta de las cosas que no voy a vivir que es la peor, como cuando rompes una pareja y no te lamentas de lo que has tenido sino de lo que no vas a hacer”, confesaba, “no sé si soy nostálgico o melancólico, pero sé que soy hijo único y que me ha gustado mucho leer y he sido muy introvertido y eso, a lo mejor, te da algo parecido a la melancolía. Siempre me dicen que tengo mirada de triste, pues la tengo así. Siempre he sido muy sufridor”.
“He venido en el tren nerviosísimo porque tengo mucha responsabilidad con esta novela, no os lo podéis imaginar. Llevo once, pero esta es la que más porque la frase no es mía sino a mi madre, se lo debo a ella”, admitía.
No le gustaría que esta novela cayera en manos de su madre porque la leería entre líneas, sin embargo, le hubiera gustado leerla él sin haberla escrito. Eso no puede ser, así que, son los lectores los que pueden acercarse a esta lección de humanidad y realidad.

Cristina Zavala
Redactora y guionista de LOS40. Completamente enamorada de la TV. Estudié Periodismo en la UCM mientras...














