Cuándo surgió el festival más salvaje con una hoguera: la historia real detrás del primer Burning Man
El origen inesperado del ritual que encendió un fenómeno global
Burning Man 2019 / Fred Marie/Art in All of Us
Antes de convertirse en una ciudad efímera donde conviven arte, desierto y libertad absoluta, Burning Man fue algo mucho más sencillo: un acto impulsivo entre amigos que buscaban celebrar el solsticio de verano quemando una figura humana de madera. Lo que comenzó como una reunión íntima en una playa californiana en 1986 terminó evolucionando hacia uno de los festivales más icónicos del planeta, una experiencia radical donde cada asistente construye—literalmente—una nueva forma de comunidad. Hoy, miles de personas viajan al desierto de Nevada para mantener viva una tradición que nació sin pretensiones.
Aunque su estética futurista y extravagante parezca sacada de otra dimensión, la historia de Burning Man está anclada a un impulso muy humano: la necesidad de expresión, catarsis y conexión. Cada año, la quema del enorme “hombre” de madera representa tanto un final simbólico como un renacer personal para quienes participan. Y, aunque ahora es un festival cargado de tecnología, instalaciones monumentales y rituales colectivos, el origen fue sorprendentemente modesto: una hoguera improvisada, veinte personas curiosas y ninguna intención de generar un movimiento cultural global. Ese es el punto de partida del fenómeno que hoy conocemos.
El primer Burning Man: un fuego pequeño que encendió un gran movimiento
El primer Burning Man tuvo lugar en 1986 en Baker Beach, San Francisco, cuando Larry Harvey y Jerry James construyeron una pequeña efigie de madera de aproximadamente dos metros y medio como parte de un ritual improvisado para celebrar el solsticio de verano. Aquel acto espontáneo atrajo a un pequeño grupo de curiosos que, sin saberlo, estaban presenciando el nacimiento de un evento que años más tarde se convertiría en un símbolo de autoexpresión, creatividad y comunidad radical.
La idea era simple: quemar una figura humana como gesto simbólico de liberación. Ese carácter catártico y emocional fue clave en su evolución. Durante los años siguientes, el ritual del fuego fue creciendo en popularidad hasta que, en 1990, la policía prohibió la quema de la estatua en la playa debido a su tamaño, entonces ya de más de doce metros. La solución: trasladar el evento al desierto de Black Rock, en Nevada, un lugar remoto, hostil y perfecto para que el festival pudiera expandirse sin límites.
De la playa a la ciudad más efímera del mundo
Ese traslado marcó el inicio de Burning Man como lo conocemos hoy. Lo que antes era una reunión playera se convirtió en una ciudad temporal—Black Rock City—que solo existe durante la semana que dura el festival. Allí, los participantes levantan infraestructuras, escenarios, campamentos temáticos e instalaciones artísticas gigantescas, transformando un pedazo de desierto en un laboratorio creativo donde todo parece posible. Cada año se reúnen entre 50.000 y 80.000 personas, conocidos como burners, para construir este microcosmos social basado en diez principios que incluyen la autosuficiencia radical, la inclusión y la ausencia total de comercio.
La esencia del fuego continúa siendo el centro de todo: la gran quema del “hombre” el sábado y la quema silenciosa del Templo el domingo. Estos rituales condensan tanto la energía festiva del festival como su dimensión espiritual. La quema del Templo, en particular, es un acto de duelo y memoria que, a pesar del caos que reina en el resto del evento, se vive en absoluto silencio.
Un festival radical sin marcas, dinero ni reglas convencionales
Una de las características más singulares de Burning Man es su rechazo absoluto a la comercialización. No hay marcas, puestos de comida ni merchandising. Todo se basa en el trueque, la colaboración y la generosidad espontánea entre participantes. El objetivo es vivir en una comunidad autosuficiente donde cada persona aporta algo: arte, música, talleres, performances o simples actos de ayuda cotidiana.
Ese espíritu se ha mantenido firme desde los años 80 hasta hoy, incluso a medida que celebridades, influencers y figuras millonarias empezaron a interesarse por el festival. Pero, pese a la fama, su esencia sigue siendo la misma: volver a lo básico, conectar con los demás y experimentar una libertad creativa imposible en el día a día.
De un pequeño grupo encendiendo una figura de madera en una playa a una ciudad utópica en medio del desierto, Burning Man ha recorrido un camino improbable. Lo que lo hace especial no es solo su estética ni sus rituales de fuego, sino la forma en que un gesto simple se transformó en una tradición global que celebra la creatividad humana sin filtros ni limitaciones. Su origen humilde demuestra que las ideas más poderosas pueden surgir de los momentos más inesperados… y de una hoguera que, al final, encendió mucho más que madera.
Alba Benito
Periodista porque uso el teclado para algo más...Periodista porque uso el teclado para algo más que jugar a videojuegos. Un día me colé en una fiesta de Miley Cyrus y creo que por eso estoy aquí.