Pekín erradica casi toda su contaminación en apenas una década: ¿cómo lo ha hecho?
La capital china ha pasado de los cielos grises permanentes a registrar la mayor mejora de calidad del aire del mundo reciente gracias a una combinación de regulación estricta, electrificación y transformación industrial.

Panorámica del 'skyline' de Pekín. / DuKai photographer
Durante años, Pekín fue uno de los símbolos globales de la contaminación urbana. Sus cielos grises, el smog permanente y las mascarillas formaban parte del imaginario colectivo de principios del siglo XXI. Hoy todo ha cambiado: la capital china ha protagonizado una de las mayores mejoras de calidad del aire registradas en una gran ciudad. ¿Qué ha cambiado para que una megápolis de más de 20 millones de habitantes haya pasado del colapso ambiental a respirar un aire comparable al de muchas ciudades europeas?
"Ahora hay nubes en el cielo, algo impensable hace años"
Gonzalo y Tamara lo han vivido en primera persona. Son de Madrid, pero llevan casi dos décadas viviendo y trabajando en Pekín. Cuando llegaron en 2007, la contaminación formaba parte del día a día. "Se notó mucho cuando empezaron a cerrar fábricas o a llevárselas a otras provincias", recuerda Gonzalo. "Luego vinieron las motos y los coches eléctricos, que ahora son muchísimos y de marcas locales muy variadas". El cambio, dicen, es evidente: "Esos días de polución extrema en los que no se veía el edificio de enfrente son ahora anecdóticos".
La mejora no solo se percibe en los datos, sino también en la experiencia cotidiana. "Ahora hay nubes en el cielo, algo impensable hace años", explica Tamara. "Nos damos cuenta cuando viajamos a otras ciudades asiáticas con mucha polución, como Bangkok. Antes eso era nuestro día a día y ni lo cuestionábamos".
LOS40
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El punto de inflexión llegó en 2013, cuando Pekín registró niveles históricos de contaminación que desencadenaron una reacción política sin precedentes. El Gobierno central y las autoridades municipales pusieron en marcha un ambicioso plan contra la polución atmosférica, basado en una idea clave: no bastaba con medidas puntuales, había que atacar las causas estructurales del problema. Carbón, industria pesada y tráfico rodado se convirtieron en los principales objetivos.
Energía y movilidad
Uno de los pilares fue la transformación del sistema energético. Las centrales térmicas de carbón situadas en el entorno de la ciudad fueron cerradas o sustituidas por plantas de gas natural y energías renovables, reduciendo de forma drástica las emisiones de partículas finas. Al mismo tiempo, muchas industrias altamente contaminantes fueron trasladadas fuera del área metropolitana o forzadas a modernizar sus procesos bajo normativas ambientales mucho más estrictas.

Bicicletas en Pekín. / Jake Wyman

Bicicletas en Pekín. / Jake Wyman
La movilidad urbana también cambió de forma profunda. Pekín amplió masivamente su red de metro y autobuses, endureció las restricciones a los vehículos más contaminantes y apostó de manera decidida por el coche eléctrico. Subvenciones, ventajas fiscales y facilidades administrativas convirtieron a la ciudad en uno de los mayores mercados de vehículos eléctricos del mundo. La electrificación de taxis, autobuses y flotas logísticas tuvo un impacto directo en la reducción de las emisiones diarias. Además, la bicicleta siguió muy presente en la capital china.
Las autoridades pueden activar medidas temporales cuando se detectan picos de contaminación
A todo ello se sumó un sistema de control exhaustivo de la calidad del aire. Gracias a la monitorización en tiempo real, las autoridades pueden activar medidas temporales, como limitar el tráfico o reducir la actividad industrial, cuando se detectan picos de contaminación, evitando que los episodios se prolonguen durante días o semanas.
El resultado ha sido una caída drástica de la concentración de partículas contaminantes y la práctica desaparición de los episodios de smog severo. Aunque Pekín todavía no cumple plenamente con los niveles recomendados por la Organización Mundial de la Salud (OMS), la velocidad y la magnitud de la mejora la han convertido en un caso de estudio internacional.
La experiencia de la capital china lanza un mensaje claro: reducir de forma drástica la contaminación urbana es posible, pero exige decisiones políticas firmes, inversiones sostenidas y actuaciones simultáneas sobre industria, transporte y energía. Lo que hace quince años parecía una distopía ambiental es hoy un ejemplo de cómo una megaciudad puede reinventar su relación con el aire que respira.

Dani Cabezas
Periodista y músico madrileño, fui durante años el responsable de la sección de Música del diario 20...












