La historia olvidada de la energía mareomotriz en Francia y Reino Unido
Las mareas prometían ser la electricidad del futuro, pero la historia decidió poner pausa.
La energía mareomotriz no ha terminado de despegar. / Laro Pilartes / 500px
A finales de los años 70, Europa estaba en plena fiebre energética. La crisis del petróleo de 1973 había encendido todas las alarmas: los precios del crudo se disparaban y la dependencia de combustibles fósiles se sentía como una vulnerabilidad estratégica. Había que hacer algo.
En ese contexto, la energía mareomotriz, que aprovecha el flujo de las mareas para generar electricidad, apareció como una alternativa limpia y casi mágica: predecible, constante y gratis gracias a la naturaleza. Francia y el Reino Unido se convirtieron en pioneros inesperados de esta tecnología, con proyectos ambiciosos que hoy parecen casi de ciencia-ficción.
La central del río Rance, en Francia. / olrat
En Francia, el estuario del río Rance, en Bretaña, fue el epicentro de la aventura mareomotriz. El gobierno galo aprobó en 1967 un proyecto gigantesco: construir una central capaz de generar electricidad con la subida y bajada del mar. Tras años de planificación y construcción, la presa se inauguró en 1966 y la central comenzó a funcionar a pleno rendimiento en 1967, convirtiéndose en la primera gran planta mareomotriz del mundo.
Con sus turbinas sumergidas y su dique de 750 metros, la instalación producía hasta 240 MW, suficiente para abastecer decenas de miles de hogares. No fue fácil: los ingenieros se enfrentaron a la corrosión del agua salada, la erosión del lecho marino y la necesidad de mantener un equilibrio ecológico que, en aquel momento, apenas se entendía.
Sueños de electricidad y olas
Mientras Francia avanzaba, en el Reino Unido surgieron planes igualmente ambiciosos. En la bahía de Severn, conocida por tener una de las mareas más altas del mundo, se proyectó un enorme dique que podría generar hasta 8 GW de energía, suficiente para iluminar ciudades enteras. Los estudios iniciales eran prometedores: se preveía aprovechar el flujo constante de la marea para producir electricidad sin depender del carbón ni del petróleo. Pero los costes astronómicos, la complejidad técnica y la resistencia de los ecologistas locales, preocupados por los graves efectos sobre aves migratorias y la pesca, terminaron por frenar el proyecto.
La energía mareomotriz es inagotable, pero también compleja y cara
Estos primeros intentos dejaron enseñanzas importantes. La ingeniería mareomotriz es inagotable, pero también compleja y cara. La experiencia francesa con la Rance demostró que las turbinas podían funcionar durante décadas, pero también que los impactos ambientales han de evaluarse con cuidado: los proyectos producen importantes cambios en sedimentos y alteraciones en la fauna marina. Y el flujo de agua afecta a la salinidad y a los microclimas locales. Por su parte, el proyecto de Severn enseñó que, incluso cuando la tecnología está lista, la política y la economía pueden bloquear avances que hoy, bien evaluados, parecerían lógicos frente a la emergencia climática.
Más de 50 años después de aquellas experiencias, la energía mareomotriz sigue siendo marginal, aunque existe un renovado interés en ella. Francia sigue operando la Rance, y en el Reino Unido y otras partes de Europa surgen proyectos piloto más pequeños que intentan aprender de los errores del pasado. Mientras tanto, las mareas siguen subiendo y bajando, recordándonos que la energía está ahí, esperando a ser aprovechada de una manera inteligente y sostenible.
Dani Cabezas
Periodista y músico madrileño, fui durante años...Periodista y músico madrileño, fui durante años el responsable de la sección de Música del diario 20 Minutos. Colaboré en Cadena Ser, La Sexta, M21 o Vice. Ahora en eldiario.es, Time Out, El Salto, La Marea o LOS40, donde soy responsable de El Eco de LOS40. Canto, toco la guitarra y la batería.