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Diez años de ‘El último hombre en la Tierra’, el disco que confirmó a Coque Malla como un imprescindible del pop español

Su quinto álbum en solitario reforzó su estatus como compositor de primer orden

Coque Malla, en una imagen de 2017. / Juan Naharro Gimenez

Hay discos que funcionan como un punto y seguido dentro de una carrera, y otros que marcan un antes y un después sin necesidad de levantar la voz. El último hombre en la tierra, publicado el 19 de febrero de 2016, pertenece claramente a la segunda categoría. Para Coque Malla supuso algo más que su quinto álbum en solitario: fue el trabajo que consolidó definitivamente su estatus como compositor mayor del pop en castellano y el que terminó de borrar cualquier sombra de nostalgia que todavía pudiera proyectar su pasado en Los Ronaldos. Diez años después, el álbum vuelve a la conversación con el anuncio de una nueva edición remasterizada en vinilo coloreado splatter, prevista para el 29 de mayo, una oportunidad perfecta para revisitar uno de los capítulos más inspirados de su discografía.

Para entender el alcance del disco conviene situarse en el momento creativo que atravesaba Malla. Tras una etapa de reconstrucción personal y artística iniciada años antes, el músico madrileño había encontrado un equilibrio entre la madurez compositiva y una sensibilidad pop que nunca abandonó. Ya no era el joven descarado de “Adiós papá”, pero tampoco un veterano acomodado. Había aprendido a escribir desde la experiencia, con una mirada más introspectiva y menos impulsiva, algo que cristalizó en canciones donde el detalle emocional pesaba más que la pose rockera.

Coque Malla - La señal (Videoclip oficial)

El último hombre en la Tierra fue producido por el propio Coque Malla junto a José Nortes y grabado en los estudios Black Betty con un despliegue instrumental poco habitual en el pop español contemporáneo: hasta 22 músicos participaron en la grabación, con arreglos de cuerda y viento firmados por Miguel Malla —hermano de Coque— que aportaron una riqueza sonora notable. El resultado fue un álbum elegante y ambicioso, construido con paciencia artesanal, donde cada arreglo parecía pensado para reforzar el relato emocional sin caer en la grandilocuencia.

El repertorio incluía algunas de las composiciones más celebradas de su catálogo. “La señal”, considerada por muchos seguidores como una de sus canciones pop más redondas, mostraba una precisión melódica que evidenciaba la madurez alcanzada como autor. El tema titular, “El último hombre en la Tierra”, ofrecía una mirada melancólica sobre la soledad y la identidad, mientras que “Lo hago por ti” reafirmaba su capacidad para escribir canciones directas que funcionan tanto en estudio como en directo. Otro momento clave del disco fue la versión original de “Me dejó marchar”, cuya interpretación posterior junto a Iván Ferreiro en el concierto Irrepetible acabaría convirtiéndose en uno de los momentos más recordados del pop español de la última década.

El álbum recibió críticas muy favorables desde su lanzamiento, destacando tanto la coherencia conceptual como la calidad de la producción. Pero más allá de la prensa especializada, lo importante fue cómo conectó con un público que llevaba años acompañando la evolución de Malla. El disco no se limitó a reforzar su prestigio: abrió una etapa especialmente fructífera que derivaría en hitos significativos como premios Ondas, un Goya y un histórico sold out en el Movistar Arena, demostrando que el reconocimiento crítico y el éxito en directo no tienen por qué ir por caminos separados.

También influyó el enfoque compositivo del artista en esta etapa. Malla apostó por una escritura menos dependiente del estribillo inmediato y más centrada en atmósferas y matices narrativos. El uso de arreglos orquestales, lejos de resultar decorativo, se integró en la identidad del álbum, aportando una sensación cinematográfica que ampliaba el espectro emocional de las canciones. En un panorama dominado por tendencias urbanas y producciones minimalistas, el disco apostaba por el detalle y la elaboración, casi como una declaración de principios.

Además, el álbum contribuyó a consolidar la percepción de Coque Malla como uno de los grandes letristas en castellano de su generación. Sus canciones abandonaban definitivamente la urgencia juvenil para explorar territorios más reflexivos, sin renunciar a la accesibilidad. Esa combinación de profundidad emocional y claridad melódica ha sido, probablemente, una de las claves de su permanencia en el tiempo.

La efeméride coincide con un momento particularmente activo para el artista. Actualmente, Malla gira por toda España interpretando el papel de Mackie Navaja en la adaptación teatral de La ópera de los tres centavos, con música de Kurt Weill y texto de Bertolt Brecht, una faceta que evidencia su inquietud constante por explorar nuevos formatos escénicos. Ese espíritu curioso y abierto conecta directamente con la actitud que dio forma a El último hombre en la Tierra: la de un músico que, lejos de acomodarse en su legado, sigue buscando nuevas formas de contar historias.

Revisitar el álbum hoy permite comprobar hasta qué punto fue una obra bisagra. No solo reafirmó la relevancia artística de Coque Malla, sino que demostró que el pop adulto en castellano podía aspirar a la sofisticación sin perder cercanía. Y quizá ahí reside su verdadera importancia: en haber consolidado una voz propia que, lejos de la nostalgia o la moda pasajera, encontró un lugar firme dentro de la música española contemporánea.