Así era el Primavera Sound cuando costaba 4.500 pesetas y duraba solo un día
De un solo día y un puñado de bandas emergentes a convertirse en un gigante global que marca la agenda musical.
Cartel del Primavera Sound en Porto / Paulo Pinho
A finales de los años noventa, en Barcelona, cuando la ciudad todavía digería la resaca olímpica y el indie español vivía una efervescencia subterránea, un pequeño festival llamado Primavera Sound daba sus primeros pasos sin imaginar que, dos décadas después, se convertiría en uno de los eventos musicales más influyentes del mundo. En aquel entonces, la entrada costaba 4.500 pesetas —unos 27 euros actuales— y el festival se celebraba en una sola jornada, muy lejos de la maquinaria internacional que hoy mueve a cientos de miles de asistentes.
La primera edición oficial, celebrada en el año 2001 en el Poble Espanyol, reunió a poco más de 7.000 personas. No había aún grandes patrocinadores, ni escenarios múltiples, ni un cartel pensado para atraer a audiencias globales, lo que sí había era una comunidad creciente de aficionados a la música alternativa que buscaba un espacio propio en el que descubrir bandas emergentes, compartir fanzines y sentir que Barcelona podía ser un punto de encuentro para una escena que, hasta entonces, vivía dispersa.
El ambiente era radicalmente distinto al actual. Los asistentes recuerdan colas breves, un recinto que se podía recorrer en minutos y una programación que apostaba por grupos que, en muchos casos, apenas habían publicado un par de discos. El espíritu del festival era más cercano a una reunión de melómanos que a un macroevento. La proximidad entre artistas y público era palpable: era habitual cruzarse con músicos entre concierto y concierto, sin la barrera de seguridad ni la distancia que hoy impone la fama.
Logo Primavera Sound / Jordi Vidal
Aquel formato de un solo día también condicionaba la experiencia. No existía la maratón de conciertos simultáneos que caracteriza al festival actual. La programación era más concentrada, lo que permitía a los asistentes ver prácticamente a todos los artistas sin tener que elegir entre escenarios. La jornada se vivía como un ritual compacto: llegar por la tarde, disfrutar de una sucesión de actuaciones sin interrupciones y terminar la noche con la sensación de haber asistido a algo especial, casi íntimo.
Con el paso de los años, el Primavera Sound ha ido creciendo en ambición y tamaño. Se trasladó al Parc del Fòrum, amplió su duración, multiplicó escenarios y se abrió a géneros cada vez más diversos. Sin embargo, muchos de los que vivieron aquella primera edición recuerdan con nostalgia la sencillez de sus inicios. No había pulseras inteligentes, ni aplicaciones móviles, ni colas interminables para acceder al recinto. Había, simplemente, música y una comunidad que empezaba a reconocerse a sí misma.
Hoy, cuando el festival se ha convertido en un referente global y atrae a artistas de primer nivel, resulta casi increíble pensar que todo comenzó con una entrada de 4.500 pesetas y un solo día de conciertos. Pero quizá sea precisamente ese origen humilde el que explica su éxito: una apuesta por la curiosidad, la diversidad y el descubrimiento que, pese a la magnitud alcanzada, sigue siendo el corazón del Primavera Sound.