Elvis y Las Vegas: ¿declive o esplendor del rey del rock and roll?
‘EPiC’, el documental/concierto de Baz Luhrmann, nos muestra al cantante en la ciudad de los casinos en 1970

Elvis Presley, en la rueda de prensa de presentación de su primera residencia en las Vegas, en 1969.
La imagen es poderosa: Elvis Presley, traje blanco ceñido, delgado, ágil, sonrisa traviesa, voz firme y bromas cómplices con su banda. No estamos ante el Elvis caricaturizado de los últimos años, sino ante el de 1970, en plena forma. Ese es el Elvis que rescata EPiC (Epic Elvis Presley in Concert), el nuevo documental-concierto dirigido por Baz Luhrmann y estrenado este fin de semana. La película, basada en material grabado durante su segundo año de residencia en Las Vegas, obliga a replantear una idea instalada desde hace décadas: ¿fue Las Vegas el declive del rey del rock and roll o, durante buena parte del tiempo, su último gran esplendor?
Elvis debutó en el International Hotel de Las Vegas en julio de 1969, tras años dedicado casi en exclusiva al cine. Su regreso a los escenarios fue un acontecimiento. En 1970, cuando se rodó el concierto que inspira el filme, tenía 35 años: joven todavía, atlético, vocalmente poderoso. El repertorio combinaba clásicos como “Suspicious Minds” o “In the Ghetto” con versiones de rhythm and blues y gospel que demostraban su amplitud de registro. Nada en aquellas actuaciones sugiere agotamiento artístico. Al contrario: había energía, precisión y un control escénico que pocos artistas han igualado.
Las imágenes del documental muestran también a un Elvis relajado, incluso juguetón. Durante las canciones intercambia bromas con los músicos y con las coristas. Entre ellas estaban las Sweet Inspirations, grupo femenino de enorme prestigio en la escena soul; una de sus integrantes era Cissy Houston, madre de Whitney Houston. Esa conexión subraya hasta qué punto Elvis se rodeó en Las Vegas de músicos y vocalistas de primer nivel, lejos de la caricatura kitsch con la que a menudo se resume aquella etapa.
LOS40 Classic
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Conviene recordar que su residencia en la ciudad no fue un episodio breve. Actuó en Las Vegas durante siete años, con contratos que lo mantenían prácticamente anclado al mismo escenario. Esa permanencia alimentó la narrativa del “encierro” y, con el paso del tiempo, se mezcló con el deterioro físico que sufrió en los últimos años. Pero reducir toda la etapa de Las Vegas al Elvis hinchado y medicado de 1976 o 1977 es una simplificación injusta. Durante buena parte de ese periodo ofreció conciertos vibrantes, con una voz aún capaz de estremecer.

Entonces, ¿dónde empieza el declive? No en 1970, desde luego. El desgaste se hizo evidente más avanzada la década, cuando los problemas de salud y la dependencia de medicamentos comenzaron a pasar factura. El aumento de peso, el abuso de fármacos y la dieta descontrolada —fast food y excesos nocturnos— forman parte del relato final. Pero esas imágenes pertenecen a un tramo muy concreto de su vida, no a la totalidad de su residencia en Nevada.
Detrás de esa permanencia en Estados Unidos había también una historia menos conocida, casi novelesca. Elvis soñaba con giras internacionales, con actuar en Europa y en Japón. Sin embargo, su mánager, el coronel Tom Parker, se negó sistemáticamente a sacar al artista del país. La razón era personal: Parker era un inmigrante irregular que carecía de pasaporte válido y temía no poder regresar a Estados Unidos si salía del territorio. Así, el hombre que había impulsado la carrera del rey terminó convirtiéndose, en cierto modo, en el guardián de su jaula.
Las Vegas se transformó entonces en una solución práctica y lucrativa: contratos estables, público constante y ningún riesgo migratorio. Pero también en una prisión dorada. Para un artista que había revolucionado la cultura popular en los años cincuenta y que había redefinido su figura con el especial televisivo de 1968, permanecer año tras año en el mismo escenario pudo convertirse en una forma de frustración silenciosa. La energía que vemos en 1970 convive, retrospectivamente, con la sensación de oportunidad perdida.
El documental de Luhrmann aporta matices necesarios. Frente a la leyenda del ocaso permanente, muestra a un Elvis concentrado, ambicioso y dueño de su voz. La cámara lo capta dominando baladas, jugando con el tempo, modulando cada frase con autoridad. Es un recordatorio de que el rey no se apagó de la noche a la mañana. Su caída fue gradual, compleja, vinculada a factores personales, profesionales y de salud.
Quizá el verdadero error haya sido fundir en una sola imagen los siete años de Las Vegas. El Elvis que se autodestruye a base de pastillas y hamburguesas en los últimos tiempos no puede borrar al que, apenas un lustro antes, electrizaba a un teatro lleno cada noche. Entre uno y otro hay matices, cambios y contradicciones. EPiC invita a mirar esa etapa con menos ironía y más contexto.
Las Vegas no fue únicamente el escenario de su decadencia. Durante un tiempo significativo fue también el lugar donde reafirmó su talento ante el público adulto, donde consolidó su mito y donde demostró que seguía siendo, pese a todo, el rey del rock and roll. El declive existió, sí, pero no define por completo aquellos años. Y quizá sea hora de separar la caricatura del artista real que, en 1970, seguía brillando con luz propia.












