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España cambia la hora: todo lo que hay detrás de la práctica que divide a la sociedad

Te contamos por qué adelantamos el reloj, qué tiene que ver con el sueño, la luz del sol… y por qué esta práctica podría estar viviendo sus últimos años.

El cambio de hora se producirá en la madrugada de este domingo. / MirageC

En la madrugada del sábado al domingo volverá a pasar: a las 02:00 serán las 03:00. Una hora menos de sueño, sí, pero también el inicio oficial del horario de verano, algo que muchos esperan con ganas. Un gesto automático en el móvil que, sin embargo, arrastra décadas de debate científico, político y social. Parece un hecho: sea el de invierno o el de verano, casi nadie está contento con el cambio de hora.

La pregunta es inevitable: ¿por qué seguimos haciendo esto? El cambio de hora tiene un objetivo bastante sencillo, al menos sobre el papel: aprovechar mejor la luz natural. Al adelantar el reloj en primavera, anochece más tarde, lo que permite alargar las tardes y reducir, en teoría, el consumo de electricidad. Es decir, menos luz artificial y más sol. Algo que, en su origen, tenía bastante sentido.

El cambio de hora está regulado en Europa desde 1981

La práctica se popularizó a principios del siglo XX, especialmente tras crisis energéticas como la del carbón de 1918, cuando ahorrar energía era una prioridad vital. Más tarde, ya en los 70, se generalizó. En España, además, está regulada y coordinada con el resto de Europa desde 1981, lo que evita un caos horario entre países.

¿Cuestión de productividad?

Pero claro, la teoría no siempre encaja con la realidad. Hoy en día, muchos expertos dudan de que ese ahorro energético sea significativo. Con el uso masivo de dispositivos electrónicos y nuevos hábitos de consumo, el impacto parece cada vez menor. Y ahí entra otro factor clave: la productividad. Algunas voces defienden que tener más luz por la tarde favorece la actividad económica, el ocio y hasta el turismo. Terrazas llenas, más tiempo en la calle, más movimiento. Pero otros señalan justo lo contrario: que ese "jet lag social" que provoca el cambio afecta al rendimiento, al descanso y a la concentración, al menos durante varios días.

Cambiar la hora afecta a nuestros ritmos circadianos. / Kinga Krzeminska

Porque sí, el cuerpo lo nota. Nuestro reloj biológico (el famoso ritmo circadiano) no se ajusta tan rápido como el del móvil. Y eso se traduce en cansancio, peor calidad de sueño e incluso cambios en el estado de ánimo. La discusión está abierta: si el ahorro energético es mínimo, ¿tiene sentido mantener una medida que altera nuestros ciclos naturales?

Ahí está el gran debate. Por un lado, hay científicos que defienden que el cambio de hora sigue teniendo lógica, porque adapta nuestra actividad a las estaciones: no amanece igual en diciembre que en junio, y ajustar el reloj ayuda a equilibrar eso. Por otro, asociaciones y expertos en salud piden eliminarlo y quedarse con un horario fijo, más estable y respetuoso con el descanso. El de verano o el de invierno. Y de nuevo, ahí hay opiniones para todos los gustos.

¿Y qué va a pasar? Esa es la pregunta del millón, y de momento la respuesta es que nada cambia. La decisión depende de la Unión Europea, que lleva años sin ponerse de acuerdo. Hubo una propuesta para eliminar el cambio y dejar que cada país eligiera su horario definitivo, pero quedó en el aire. Eso sí, el calendario actual solo está asegurado hasta 2026. Así que sí: podríamos estar ante uno de los últimos cambios de hora de la historia… o no. Mientras tanto, toca lo de siempre: acostarse un poco antes (si se puede o se quiere), asumir el domingo raro y disfrutar de tardes más largas. Aunque sea a costa de una hora de sueño.

Dani Cabezas

Periodista y músico madrileño, fui durante años...