Hace 25 años, Gorillaz cambió las reglas: de Blur a la primera gran banda virtual
El 26 de marzo de 2001 se publicó el álbum de debut del proyecto virtual de Damon Albarn

Gorillaz en concierto, en 2005 en Portugal (Photo by Rui M Leal/Getty images) / Getty Images
El 26 de marzo de 2001 salió a la venta Gorillaz, el debut de Gorillaz. A simple vista, un disco más en el calendario. En realidad, una ruptura. Porque detrás de aquel proyecto estaba Damon Albarn, que venía de liderar Blur, uno de los nombres clave del britpop de los noventa, y que decidió girar el volante hacia un territorio donde cabían el rap, la electrónica, el dub o el pop sin pedir permiso.
No fue un cambio menor. Blur había definido una época —la del duelo con Oasis, la de la identidad británica en clave pop—, pero a finales de los noventa Albarn ya parecía incómodo dentro de ese marco. El britpop empezaba a sonar a fórmula, y él buscaba otra cosa: mezclar, contaminar, escapar de las etiquetas. Gorillaz fue la respuesta.

El proyecto nació de la alianza entre Albarn y el dibujante Jamie Hewlett, creador del cómic Tank Girl. Juntos imaginaron una banda que no existía en el sentido tradicional: cuatro personajes animados —2D, Murdoc, Noodle y Russel— que funcionaban como alter ego y escudo. Una idea que, en aquel momento, parecía más cercana a una broma sofisticada que a un proyecto con vocación de permanencia.
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Sin embargo, esa condición de “banda virtual” resultó ser uno de sus mayores aciertos. Liberaba a Albarn de la exposición directa, le permitía jugar con identidades y, sobre todo, abría la puerta a colaboraciones y sonidos que en otro contexto habrían resultado forzados. No había una cara reconocible que condicionara el resultado. Solo música.

El debut lo dejó claro desde el principio. Gorillaz no sonaba a Blur. Sonaba a muchas cosas a la vez. A hip hop en “Clint Eastwood”, con la voz de Del the Funky Homosapien; a electrónica y dub en “Tomorrow comes today”; a pop oscuro y pegajoso en “19-2000”. Era un collage coherente, algo que en teoría no debería funcionar y que, sin embargo, encontraba un equilibrio inesperado.
“Clint Eastwood” fue, de hecho, la llave. El single alcanzó el número 4 en la lista británica y se convirtió en un éxito internacional, impulsado también por un videoclip que reforzaba el universo visual del grupo. Los dibujos dejaban de ser un complemento para convertirse en parte esencial del proyecto. No era solo lo que sonaba, sino lo que se veía.
El disco funcionó. Y lo hizo a lo grande: más de 7 millones de copias vendidas en todo el mundo. Pero, más allá de las cifras, lo relevante fue el impacto. En un momento en que la industria aún operaba con categorías bastante rígidas, Gorillaz proponía otra lógica: la de la mezcla, la del cruce de géneros, la de la identidad flexible.
No es casual que el proyecto acabara entrando en el Guinness World Records como la banda virtual más exitosa del mundo. Porque, en cierto modo, anticipó algo que hoy resulta cotidiano: artistas que no se limitan a un género, que construyen universos visuales propios y que entienden la música como una pieza más dentro de un relato más amplio.
Para Albarn, además, supuso una liberación creativa. Mientras Blur seguía siendo su casa —volvería a ella en varias ocasiones—, Gorillaz se convirtió en su laboratorio. Un espacio donde probar sin la presión de tener que responder a una etiqueta concreta. Donde podía invitar a raperos, productores electrónicos o músicos de cualquier procedencia sin que el resultado chirriara.
Visto con perspectiva, aquel primer disco marcó un punto de inflexión. No solo en su carrera, sino en la manera de entender el pop en el siglo XXI. La idea de banda como entidad fija empezaba a diluirse. Lo importante ya no era quién estaba en el escenario, sino qué estaba pasando en la música.
Veinticinco años después, Gorillaz sigue sonando actual. No porque haya envejecido especialmente bien —que también—, sino porque muchas de las cosas que proponía entonces son ahora norma. La hibridación de géneros, la importancia del concepto visual, la colaboración como motor creativo.
Y, sin embargo, en 2001 todo eso tenía algo de salto al vacío. De decisión consciente de dejar atrás una fórmula que funcionaba para entrar en un territorio incierto. Albarn lo hizo. Y el resultado fue un disco que no solo amplió su propio mapa, sino el de toda una generación de músicos.
A veces, los cambios de rumbo se explican con grandes discursos. Otras, simplemente, con un gesto: cerrar una puerta —la del britpop— y abrir otra sin saber exactamente qué hay detrás. En ese tránsito nació Gorillaz. Y, con él, una de las ideas más influyentes del pop reciente.












