Diego Vasallo cumple 60 años: del pop luminoso de Duncan Dhu a la voz rota de un buscador incansable
El donostiarra se ha caracterizado por perseguir de forma constante su identidad musical

Diego Vasallo, con su proyecto más reciente: la banda LOSE.
Este 2 de abril Diego Vasallo cumple 60 años. Una cifra redonda que, en su caso, no invita tanto al balance como a la constatación de una trayectoria singular dentro de la música española: la de un artista que empezó siendo parte de uno de los dúos más populares del pop de los ochenta y que, con el tiempo, ha ido desdibujando su propia identidad hasta convertirla en un territorio en constante mutación.
Para muchos, Vasallo será siempre uno de los pilares de Duncan Dhu, el grupo donostiarra que formó junto a Mikel Erentxun y Juanra Viles y con el que firmó algunas de las canciones más emblemáticas del pop español de finales del siglo XX. Desde su irrupción en 1985 con Por tierras escocesas hasta el éxito masivo de El grito del tiempo (1987), Duncan Dhu construyó un sonido reconocible, entre el folk rock y el pop acústico, que conectó de inmediato con el público.
Canciones como “Cien gaviotas” o “En algún lugar” no solo definieron una época, sino que consolidaron un modelo de éxito basado en la sencillez aparente y la eficacia melódica. En ese equilibrio, Erentxun asumía el papel de frontman, mientras Vasallo aportaba una sensibilidad más oscura, más introspectiva, que con el tiempo se revelaría como el germen de su evolución posterior.
LOS40 Classic
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Porque, aunque Duncan Dhu siguió publicando discos durante los noventa, Vasallo empezó pronto a explorar otros caminos. Su inquietud artística no encajaba del todo en los márgenes del grupo, y esa tensión creativa acabaría siendo el motor de su carrera en solitario.

Su trayectoria por separado se convierte en una sucesión de reinvenciones. Bajo su propio nombre o a través de distintos proyectos —como Cabaret Pop o colaboraciones puntuales—, Vasallo se aleja progresivamente del sonido que le dio la fama para adentrarse en territorios más sombríos, más literarios, más difíciles de clasificar.
En ese tránsito, hay varios elementos constantes. El primero, una clara vocación por la experimentación. Vasallo no se ha limitado a cambiar de registro dentro del pop, sino que ha transitado por el rock, el folk, la chanson, el spoken word o incluso territorios cercanos a la música de raíz americana. El segundo, una búsqueda deliberada de identidad: cada disco parece responder a una pregunta distinta, como si cada etapa fuese una tentativa de redefinirse.
Ese proceso ha afectado incluso a su instrumento más reconocible: la voz. Si en Duncan Dhu su registro era más limpio, más cercano al pop melódico, con los años ha ido oscureciéndose hasta adquirir un tono grave, áspero, que remite inevitablemente a figuras como Tom Waits. No es un cambio accidental, sino una decisión estética que refuerza el carácter narrativo de sus canciones.
En esa evolución hay también una voluntad de distanciamiento respecto a su pasado. Vasallo no ha renegado de Duncan Dhu, pero tampoco ha vivido instalado en la nostalgia. A diferencia de otros artistas de su generación, no ha convertido su legado en un refugio cómodo, sino que ha preferido exponerse a la incertidumbre de seguir buscando (de hecho, declinó el participar en la gira de 40º aniversario de Duncan Dhu, que lleva a cabo Erentxun en solitario).
Esa búsqueda tiene algo de literario. No es casual que su universo creativo esté atravesado por referencias poéticas, por una cierta melancolía urbana, por personajes que parecen desplazarse entre la luz y la sombra. Sus discos no suelen ofrecer respuestas claras, sino atmósferas, fragmentos, intuiciones.
En los últimos años, esa deriva ha encontrado una nueva forma de expresión en LØSE, el proyecto con el que ha publicado su trabajo más reciente. Lejos de cualquier tentación de retorno al pasado, LØSE profundiza en esa estética crepuscular, con arreglos sobrios y una interpretación vocal aún más contenida, casi susurrada en algunos momentos.
A sus 60 años, Vasallo no parece interesado en celebrar aniversarios ni en revisar viejos éxitos. Su trayectoria funciona más bien como una línea de fuga: una huida constante de cualquier etiqueta fija, incluso de la suya propia. En un panorama musical que a menudo premia la repetición, su carrera resulta, por contraste, extrañamente coherente en su inconformismo.
Quizá por eso su figura ocupa un lugar particular dentro del pop español. No tanto por lo que fue —una mitad esencial de un grupo clave—, sino por lo que ha decidido ser después: un músico en tránsito permanente, dispuesto a cambiar de piel tantas veces como haga falta. Su única constante, como en sus canciones, es la necesidad de seguir buscando.












