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La contaminación de la que apenas se habla y que se ve desde el espacio

Las imágenes de la misión Artemis 2 revelan un problema silencioso: el exceso de luz artificial que borra las estrellas y altera la vida en la Tierra.

El planeta Tierra, visto desde el espacio. / DrPixel

Las imágenes que están llegando estos días de la misión Artemis 2 tienen algo de fascinante, pero también de preocupante. Desde el espacio, la Tierra aparece surcada por redes de luz que delatan la presencia de grandes ciudades. Europa, Estados Unidos o Asia brillan con una intensidad que no deja lugar a dudas: la noche, tal y como la conocíamos, está desapareciendo. No es solo una cuestión estética. Es la prueba visible de una contaminación de la que apenas se habla: la lumínica.

La contaminación lumínica se produce cuando utilizamos más luz artificial de la necesaria o la dirigimos mal. Farolas que iluminan hacia el cielo, edificios encendidos toda la noche o el uso masivo de LED blancos muy potentes contribuyen a este fenómeno. Según un estudio publicado en ‘Science Advances’, el brillo del cielo nocturno aumenta alrededor de un 10 % anual a escala global. Traducido a algo muy concreto: cada vez vemos menos estrellas, incluso lejos de las grandes ciudades.

¿Cómo nos afecta?

Pero el problema va mucho más allá de no poder disfrutar del cielo. En humanos, la exposición excesiva a luz artificial nocturna altera el ritmo circadiano, es decir, el reloj biológico que regula el sueño. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha advertido de que esta alteración puede estar relacionada con trastornos del sueño, estrés o incluso un mayor riesgo de enfermedades metabólicas. La luz, especialmente la azul de muchos LED, reduce la producción de melatonina, una hormona clave para descansar correctamente.

Vista nocturna de Las Palmas de Gran Canaria. / Christophe Lehenaff

Los animales tampoco se libran. Numerosos estudios han demostrado que la contaminación lumínica afecta a aves migratorias, insectos o tortugas marinas. Las aves, por ejemplo, pueden desorientarse durante sus rutas nocturnas y chocar contra edificios iluminados. Los insectos, atraídos por la luz artificial, ven alterados sus ciclos vitales, lo que impacta en toda la cadena alimentaria. Y en las costas, las crías de tortuga pueden confundirse y dirigirse hacia zonas urbanas en lugar de hacia el mar.

Un caso muy ilustrativo se ha visto recientemente en Canarias. Desde la Estación Espacial Internacional, el astronauta Chris Williams fotografió de noche Tenerife y Gran Canaria, mostrando una sobreiluminación evidente. "Esa luz nos sobra", advertía la investigadora Antonia Varela, del Instituto de Astrofísica de Canarias. Las imágenes revelan cómo parte de esa luz no ilumina el suelo, sino que se pierde hacia el cielo (lo que los científicos llaman "flujo hemisférico superior"), haciendo visible desde el espacio lo que en realidad es energía desperdiciada.

Las ciudades cada vez brillan más, pero de forma menos eficiente y más contaminante

Además, el tipo de iluminación importa. Los LED blancos y azulados, cada vez más comunes, se dispersan con mayor facilidad en la atmósfera, amplificando el problema. Es el mismo fenómeno que hace que el cielo sea azul durante el día, pero trasladado a la noche. El resultado: ciudades que brillan más… pero de forma menos eficiente y más contaminante.

Hay solución, pero pasa por un cambio radical de modelo. Mejorar el diseño del alumbrado, reducir la intensidad cuando no es necesaria o apostar por luces cálidas y dirigidas hacia el suelo puede reducir de forma notable este tipo de contaminación. No se trata de apagar las ciudades, sino de iluminarlas mejor. Porque, como muestran las imágenes desde el espacio, el problema no es solo cuánta luz usamos, sino cómo la usamos.

Dani Cabezas

Periodista y músico madrileño, fui durante años...