Flea, el bajista que convirtió el caos en estilo (y ahora se escucha a sí mismo en ‘Honora’)

Miembro esencial de Red Hot Chili Peppers, debuta ahora en solitario

Flea, en concierto con Red Hot Chili Peppers en 2025 en Los Ángeles. / John Shearer

Durante casi cinco décadas, Flea ha sido el motor rítmico, visual y, en muchos momentos, emocional de Red Hot Chili Peppers. Ahora, con la publicación de Honora, su primer álbum en solitario, abre una puerta distinta: la de escucharse fuera del grupo que ha definido su carrera.

Desde los primeros años de los Red Hot Chili Peppers en Los Ángeles, Flea marcó una diferencia evidente. No era un bajista convencional. Su forma de tocar —mezcla de slap funk, agresividad punk y precisión casi jazzística— convirtió el bajo en algo más que un soporte armónico. Era un instrumento protagonista.

Discos como Blood sugar sex magik (1991) o Californication (1999) no se entienden sin esa manera de construir canciones desde el ritmo. Su bajo no acompaña: dialoga, empuja, desordena y, al mismo tiempo, mantiene todo en pie. Ese estilo, a medio camino entre lo espasmódico y lo virtuoso, acabó definiendo el sonido del grupo tanto como la voz de Anthony Kiedis o la guitarra de John Frusciante.

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Nacido como Michael Peter Balzary en Melbourne en 1962, Flea se trasladó siendo niño a Estados Unidos. Creció en Los Ángeles, en un entorno donde la música —especialmente el jazz— tuvo un peso importante desde el principio. De hecho, su primer instrumento fue la trompeta, no el bajo. Una formación que explica parte de su enfoque: fraseo melódico, sentido del ritmo y una cierta libertad a la hora de moverse dentro de la canción.

Cuando a finales de los setenta y principios de los ochenta empieza a tocar el bajo, lo hace sin una tradición estricta detrás. Y eso se nota. Su estilo no nace de imitar, sino de combinar influencias: funk, punk, rock alternativo y jazz. Con los Red Hot Chili Peppers, formados en 1983, encontró el vehículo perfecto para desarrollar esa identidad.

Red Hot Chili Peppers - Under The Bridge [Official Music Video]

Hablar del sonido de los Red Hot Chili Peppers es, en gran medida, hablar de Flea. Su bajo ha sido el elemento que ha permitido al grupo moverse entre estilos sin perder coherencia. En sus etapas más funk, es evidente. Pero también en sus momentos más melódicos, donde su forma de tocar se vuelve más contenida sin perder carácter. Esa capacidad de adaptación ha sido clave para la longevidad de la banda. Mientras otros grupos se han quedado anclados en un sonido, ellos han evolucionado. Y en ese proceso, Flea ha sido una constante.

Con Honora, Flea da un paso que llevaba años latente. El disco, que se ha publicado el 27 de marzo en formato digital, CD y varias ediciones en vinilo, no es un álbum de bajo. Es, en cierto modo, un regreso a su instrumento original: la trompeta.

El proyecto incluye seis composiciones propias y varias versiones, entre ellas temas de Frank Ocean, George Clinton, Jimmy Webb y Ann Ronell. Y, como cabía esperar, está rodeado de colaboradores de peso: Thom Yorke, Nick Cave o Warren Ellis participan en un álbum que también cuenta con músicos como Jeff Parker, Anna Butterss, Deantoni Parks o Mauro Refosco.

Uno de los adelantos, “Traffic lights”, grabado junto a Thom Yorke, marca bien el tono del disco. Según Flea, la canción surgió en una primera sesión con el batería Deantoni Parks y, por su ritmo, le recordó a Atoms for Peace, lo que le llevó a compartirla con Yorke. El resultado es un tema que, en palabras del propio músico, habla de “vivir en un mundo al revés” y de cómo encontrar sentido entre lo real y lo falso.

Honora no supone una ruptura con su trayectoria en los Red Hot Chili Peppers, sino una ampliación. Un espacio donde explorar otras formas de expresión sin la estructura de una banda que lleva décadas funcionando con códigos muy definidos. Es también una forma de cerrar un círculo: volver a la trompeta, al origen, pero con todo lo aprendido en el camino.

Durante años, Flea ha sido identificado como “el bajista de…”. Y con razón. Pero su figura va más allá de ese papel. Su forma de entender la música, su capacidad para moverse entre géneros y su influencia en varias generaciones de músicos lo sitúan en un lugar propio dentro del rock contemporáneo. Honora no cambia lo que ha sido, pero sí añade otra capa a una trayectoria que, a estas alturas, ya no necesita demostraciones.