Las últimas horas de Prince: diez años de una muerte que sigue generando preguntas

El Príncipe de Mineápolis nos dejó en circunstancias poco claras el 21 de abril de 2016

Prince, durante un concierto en Detroit en 1984. / Icon and Image

La madrugada del 21 de abril de 2016 se cerró uno de los capítulos más singulares de la música del siglo XX. Prince, uno de los artistas más influyentes de su generación, aparecía sin vida en su residencia de Paisley Park, en Minnesota. Tenía 57 años. Una década después, su muerte sigue envuelta en un aura de desconcierto que mezcla datos confirmados, investigaciones incompletas y una sensación persistente de que nunca se llegó a esclarecer del todo.

Las horas previas a su fallecimiento dibujan un escenario inquietante. Apenas una semana antes, el 14 de abril, el avión privado de Prince había tenido que realizar un aterrizaje de emergencia en Illinois tras un concierto en Atlanta. El motivo oficial: una “gripe severa”. Sin embargo, en el hospital donde fue atendido permaneció varias horas más de lo previsto, lo que alimentó desde el primer momento las sospechas de que su estado era más grave de lo que se comunicó.

Aquel episodio no detuvo su actividad. De regreso a Paisley Park, Prince continuó con su rutina habitual: ensayos, grabaciones, reuniones. Incluso organizó una fiesta improvisada para tranquilizar a sus seguidores. “Estoy bien”, llegó a decir. Pero algo no encajaba.

El 21 de abril, su asistente lo encontró inconsciente en un ascensor de su complejo. Los servicios de emergencia no pudieron hacer nada. La noticia se propagó en cuestión de minutos: uno de los artistas más imprevisibles y prolíficos de la música contemporánea había muerto en circunstancias todavía sin aclarar.

La autopsia, realizada días después, fijó una causa oficial: sobredosis accidental de fentanilo, un opioide sintético extremadamente potente. El informe forense reveló que la concentración en su organismo era varias veces superior a la que se considera letal. Prince no sabía —o eso sostienen las investigaciones— que estaba consumiendo esa sustancia. Creía tomar analgésicos comunes.

Ahí comienza la zona gris. Las pesquisas posteriores se centraron en cómo llegó el fentanilo a su entorno. Se identificaron pastillas falsificadas que imitaban medicamentos recetados, pero que en realidad contenían ese opioide. Sin embargo, nunca se logró determinar con precisión quién se las proporcionó. En 2018, la fiscalía del condado de Carver cerró el caso sin presentar cargos penales. La conclusión fue tan clara como frustrante: no había pruebas suficientes para responsabilizar a nadie.

En los años posteriores han surgido nuevas líneas de análisis, pero ninguna ha cambiado el núcleo del caso. Documentales, libros y reportajes han apuntado a una posible cadena de negligencias médicas, a la dificultad de acceder a tratamientos adecuados para la dependencia de analgésicos o incluso a un entorno que no supo interpretar las señales. Pero ninguna investigación ha logrado reabrir oficialmente el proceso.

Ese vacío ha contribuido a mantener la sensación de que la muerte de Prince no encaja del todo en una narrativa cerrada. Como si su final, igual que su carrera, se resistiera a ser explicado de forma convencional.

Prince - Purple Rain (Official Video)

Más allá de las circunstancias, lo que permanece intacto es el impacto cultural de su obra. Prince no fue solo un músico de éxito. Fue un constructor de universos. Desde finales de los años setenta, con discos como Dirty mind (1980) o 1999 (1982), hasta la consagración definitiva con Purple rain (1984), redefinió las fronteras entre géneros. Funk, rock, pop, soul, electrónica: todo coexistía en su propuesta sin jerarquías.

Su capacidad como multiinstrumentista —llegó a grabar discos completos tocando todos los instrumentos— se combinaba con una visión estética radicalmente personal. Controlaba cada fase del proceso creativo: composición, producción, imagen. En una industria que tendía a compartimentar funciones, Prince apostó por la autonomía total.

Esa independencia se trasladó también a su relación con la industria. Su enfrentamiento con Warner Bros. en los años noventa, que le llevó incluso a cambiarse el nombre por un símbolo impronunciable, anticipó debates que hoy son centrales: la propiedad de los másteres, los derechos de los artistas, el control sobre la distribución de la música.

En el escenario, su influencia es igualmente difícil de medir. Su forma de entender el directo —como un espacio de reinvención constante— ha sido citada por artistas de distintas generaciones. Desde Beyoncé hasta Lenny Kravitz, pasando por Bruno Mars, su huella aparece en estilos, actitudes y formas de concebir el espectáculo.

Pero quizá su legado más duradero esté en la manera en que desdibujó identidades. Prince jugó con los códigos de género, sexualidad y raza mucho antes de que esas conversaciones ocuparan el centro del discurso cultural. Lo hizo sin manifiestos explícitos, desde la música y la imagen, generando un espacio donde lo ambiguo no era una excepción, sino una norma.

Diez años después de su muerte, esa dimensión sigue activa. Sus canciones continúan sonando en radio, en cine, en plataformas. Su archivo —inmenso, todavía parcialmente inédito— sigue alimentando nuevas publicaciones y revisiones. Y, sin embargo, el punto final permanece abierto. Porque si algo define la figura de Prince es esa mezcla de precisión y misterio. Un artista capaz de controlarlo todo en su obra y, al mismo tiempo, de dejar sin resolver la última de sus historias.