Sesenta años de 'Pet sounds': el disco con el que Beach Boys dejaron atrás el surf para cambiar la historia del pop
Brian Wilson transformó a la banda californiana en un laboratorio emocional y sonoro que influiría para siempre en la música popular
Brian Wilson, líder de Beach Boys, dirigiendo la grabación de "Pet Sounds" en 1966 en Los Angeles, California. (Photo by Michael Ochs Archives/Getty Images) / Michael Ochs Archives
Durante años, The Beach Boys habían representado exactamente aquello que el mundo esperaba de California. Sol, coches descapotables, surf, armonías luminosas y una adolescencia aparentemente eterna.Sus canciones parecían construidas para sonar junto al mar, con arena en los pies y ninguna preocupación demasiado seria en el horizonte. Pero en 1966, mientras el pop empezaba a crecer psicológica y musicalmente a una velocidad inédita, Brian Wilson decidió romper aquella postal desde dentro.
El resultado fue Pet Sounds, publicado el 16 de mayo de hace ahora sesenta años. Un álbum que no solo transformó la trayectoria de Beach Boys, sino que alteró la forma misma de entender el estudio de grabación, el álbum pop y la ambición artística dentro de la música popular. Lo más sorprendente es que, sobre el papel, nadie esperaba aquello de ellos.
A comienzos de los sesenta, Beach Boys habían construido una identidad clarísima alrededor del surf rock y del imaginario juvenil californiano. Canciones como “Surfin’ U.S.A.”, “California girls” o “Fun, fun, fun” convirtieron al grupo en una maquinaria perfecta de éxitos radiables. Eran accesibles, pegadizos y enormemente comerciales. Pero mientras el público escuchaba himnos playeros, Brian Wilson ya estaba pensando en otra cosa.
Wilson era mucho más que el líder musical del grupo. Era un obsesivo del sonido, un arquitecto emocional atrapado dentro de una banda que el mundo identificaba todavía con diversión adolescente. Y además estaba ocurriendo algo decisivo: el pop británico, especialmente The Beatles, estaba expandiendo enormemente los límites creativos del género.
Cuando Brian Wilson escuchó Rubber soul en 1965, entendió que el álbum pop podía ser una obra cohesionada y adulta, no solo una colección de sencillos. Aquello le impactó profundamente. Según contaría después, quiso hacer “el mejor disco de rock jamás creado”. La historia de Pet sounds empieza realmente ahí.
También empieza en una renuncia importante. Wilson dejó de girar regularmente con Beach Boys para concentrarse exclusivamente en la composición y la producción. Mientras el resto del grupo seguía actuando, él permanecía en Los Ángeles trabajando obsesivamente en nuevas estructuras armónicas, arreglos imposibles y sonidos poco habituales dentro del pop de la época.
El disco terminó convirtiéndose en un pequeño universo sonoro. Bicicletas, ladridos de perros, timbres, instrumentos orquestales, theremines, clavicordios y armonías vocales extremadamente complejas convivían dentro de canciones profundamente emocionales. Wilson utilizó además a muchos de los mejores músicos de sesión de California —el célebre colectivo conocido como The Wrecking Crew— para construir unas grabaciones de sofisticación inédita.
Pero toda aquella complejidad técnica no era un ejercicio intelectual vacío. Lo extraordinario de Pet sounds es que debajo de la innovación sigue habiendo vulnerabilidad humana real. Canciones como “Wouldn’t it be nice”, “God only knows” o “Caroline, no” hablaban de inseguridad, miedo, deseo de madurez y fragilidad emocional con una sensibilidad poco habitual en el pop masculino de mediados de los sesenta. Había una melancolía constante atravesando el disco, como si Brian Wilson estuviera observando el final de la inocencia californiana mientras el resto del mundo todavía bailaba.
The Beach Boys - God Only Knows (Official Music Video)
Eso chocó incluso dentro del propio grupo. Algunos miembros de Beach Boys no terminaban de comprender hacia dónde quería ir Wilson. Mike Love, especialmente, mostró reservas sobre letras tan introspectivas y sobre un sonido que se alejaba del surf y de las fórmulas comerciales habituales. El álbum tampoco fue entendido inmediatamente por todo el público estadounidense. Comercialmente funcionó bien, pero no arrasó en Estados Unidos del modo en que Capitol Records esperaba.
Paradójicamente, en Reino Unido sí fue recibido casi como una obra maestra instantánea. Y ahí aparece otra de las grandes conexiones históricas del pop: el impacto brutal que Pet sounds tuvo sobre Paul McCartney y el propio entorno creativo de The Beatles. McCartney ha llegado a describir “God only knows” como una de las canciones más hermosas jamás escritas. La influencia del álbum sobre Sgt. Pepper’s lonely hearts club band es evidente y forma parte ya de la mitología central de la música popular: dos gigantes creativos alimentándose mutuamente a ambos lados del Atlántico en una carrera artística irrepetible.
Pero reducir Pet sounds únicamente a su dimensión histórica sería injusto. El disco sigue impresionando por algo más difícil de explicar: su humanidad. Brian Wilson estaba construyendo algo sofisticadísimo desde el punto de vista técnico mientras emocionalmente empezaba ya a desmoronarse. Las presiones internas, los problemas psicológicos y el consumo de drogas irían complicando progresivamente su vida durante los años siguientes. De alguna manera, el álbum captura ese instante delicadísimo en el que genialidad y fragilidad todavía convivían en equilibrio.
Y eso también se escucha. Porque bajo las armonías perfectas y las innovaciones de estudio hay una sensación constante de soledad, de búsqueda afectiva y de ansiedad adulta. No parece un disco hecho desde la seguridad de una estrella pop, sino desde las dudas de alguien intentando entender por qué crecer resulta mucho más extraño de lo que prometían las canciones juveniles.
Ahí reside probablemente la grandeza duradera de Pet sounds. En haber demostrado que el pop podía ser enrevesado sin perder emoción, experimental sin dejar de ser accesible y profundamente ambicioso sin renunciar a la belleza melódica. Aun hoy sigue funcionando como uno de esos momentos dondela música popular cambió de dirección casi sin hacer ruido. Un grupo asociado al surf y a las playas soleadas acabó grabando una obra introspectiva, compleja y emocionalmente adulta que terminaría influyendo en varias generaciones enteras de músicos. Y todo empezó cuando Brian Wilson decidió que las canciones podían contener mucho más que felicidad instantánea.