Klau Gago, experta en nutrición, sobre el error de vivir a base de ensaladas en verano: "Adaptarse no significa funcionar en condiciones óptimas"

Comer fresco no siempre significa comer equilibrado

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Ensalada / fcafotodigital

Ensaladas a la hora de comer, gazpacho por la noche y fruta entre comidas. Cuando llega el verano, muchas personas modifican su forma de alimentarse casi sin darse cuenta. El calor hace que el apetito disminuya y los platos frescos pasen a ser los protagonistas. Pero ¿qué sucede cuando estas opciones ligeras se convierten en la base habitual de la dieta?

Para Klau Gago, nutricionista experta en nutrición consciente y PNIE y fundadora de klauinstinto, este es uno de los errores más habituales de la temporada. "Tener menos hambre no significa necesitar menos nutrientes", explica. Una reflexión que ayuda a entender por qué muchas personas terminan el día con menos energía, más sensación de hambre y mayor necesidad de picar entre horas.

Lo que suelen dejar fuera muchas comidas de verano

Que un plato sea refrescante no implica necesariamente que cubra todas las necesidades del organismo. Según expone Klau Gago, una de las diferencias más comunes entre una ensalada equilibrada y otra que no lo es está en la presencia de proteínas y en el aporte energético total.

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Una ensalada hecha con hojas verdes, tomate o pepino puede resultar muy ligera y aportar fibra y volumen, pero como plato principal se queda incompleta. Para que sea nutricionalmente adecuada, Klau recomienda añadir fuentes de proteína como huevo, pescado, legumbres o pollo, junto con grasas saludables como aceite de oliva virgen extra, aguacate o frutos secos.

"En consulta veo con frecuencia platos muy grandes a nivel visual que, sin embargo, aportan pocos nutrientes", señala. Esto hace que muchas personas crean haber comido suficiente por el tamaño del plato, cuando en realidad no están cubriendo lo que el cuerpo necesita en una comida principal.

Menos apetito no implica menos necesidades

Durante los meses más calurosos es normal que el apetito disminuya. Muchas personas sienten que necesitan comidas más suaves o que tienen menos ganas de comer que en otras épocas del año. Sin embargo, esa percepción no significa que las demandas del organismo hayan cambiado.

"El cuerpo tiene una enorme capacidad de adaptación, pero adaptarse no significa funcionar en condiciones óptimas", explica Klau Gago. Aunque cambie el apetito, el cuerpo sigue necesitando proteínas, grasas saludables, vitaminas, minerales y la energía suficiente para mantener la masa muscular, producir hormonas, reparar tejidos y sostener el sistema inmunitario.

Según la especialista, la clave no consiste en comer igual que en invierno, sino en ajustar la alimentación al verano sin dejar de aportar los nutrientes esenciales para el correcto funcionamiento del organismo.

Por qué tenemos tanta hambre a media tarde

Aunque en verano se tenga menos apetito, eso no significa que el cuerpo requiera menos energía. Cuando una comida no aporta suficientes nutrientes ni es realmente saciante, el hambre suele aparecer más adelante.

"Con frecuencia, el hambre de las seis de la tarde empieza realmente a la una o a las dos del mediodía", explica Klau Gago. Si durante la primera parte del día se ha ingerido poca proteína, poca energía o alimentos con baja capacidad saciante, es habitual que surjan antojos a media tarde.

Ligero no significa insuficiente

Para Klau Gago, uno de los errores más frecuentes del verano es confundir una alimentación ligera con una alimentación pobre en nutrientes. "Cada verano veo personas que sustituyen comidas completas por ensaladas muy básicas, fruta o zumos porque creen que así se sentirán mejor o adelgazarán más rápido", explica.

Sin embargo, esta estrategia suele producir el efecto contrario: menos energía, más hambre, más picoteo y una sensación constante de que al organismo le falta algo.

"Comer ligero puede estar bien, siempre que la comida siga aportando proteína, grasas saludables, vitaminas, minerales y energía suficiente", señala.

La clave no está en evitar las ensaladas, los gazpachos o los platos frescos propios del verano, sino en prepararlos de forma que, además de apetecibles, cubran las necesidades del cuerpo. Porque tener menos apetito no significa que el organismo necesite menos cuidados.

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