Veinticinco años de Madonna en Barcelona: la noche en que empezó la gira que devolvió a la Reina del Pop al escenario

El Drowned World Tour arrancó en el Palau Sant Jordi tras ocho años sin una gira mundial de la artista

Madonna, en el Palau Sant Jordi de Barcelona, el 9 de junio de 2001. / Dave Hogan

Cuando las luces se apagaron en el Palau Sant Jordi, el 9 de junio de 2001, no estaba empezando solo un concierto: estaba poniéndose en marcha una maquinaria que llevaba ocho años detenida. Madonna no salía de gira mundial desde The Girlie Show, en 1993, y en ese tiempo había cambiado casi todo: su música, su imagen, su vida personal y el propio lugar que ocupaba dentro del pop. Barcelona fue la ciudad elegida para comprobar si aquella nueva Madonna podía seguir dominando un escenario sin refugiarse en la nostalgia.

La expectación era enorme. La gira Drowned world tour comenzaba oficialmente aquella noche en la capital catalana, después de que las fechas inicialmente previstas en Colonia fueran canceladas por problemas técnicos. Ese movimiento convirtió al Palau Sant Jordi en el punto de salida de una de las giras más esperadas del año, con una presencia notable de prensa internacional y dos conciertos consecutivos en Barcelona, los días 9 y 10 de junio. Entre ambas noches se vendieron 36.136 entradas, con una recaudación superior a los dos millones de dólares.

La Madonna que llegaba a Barcelona no era la de Like a virgin, ni la de Erotica, ni siquiera la provocadora total de los noventa. Venía de publicar Ray of light (1998) y Music (2000), dos discos que habían devuelto a la artista al centro de la conversación pop desde un lugar distinto: más electrónico, espiritual y adulto. Su colaboración con William Orbit en Ray of light había abierto una etapa de prestigio crítico inesperado para quienes seguían empeñados en verla solo como una experta en escándalos.

Madonna - Music (Official Video)

El desafío era evidente. Madonna tenía 42 años, dos hijos, un matrimonio reciente con Guy Ritchie y una carrera que ya acumulaba suficientes encarnaciones como para llenar un museo. Pero no quería hacer una gira de grandes éxitos. De hecho, el repertorio se centró de forma clara en Ray of light y Music, con muy pocas concesiones al pasado: “Holiday” y “La isla bonita” fueron prácticamente los únicos guiños a su catálogo ochentero. La propia estructura del espectáculo dejaba claro que no había intención de mirar atrás demasiado tiempo.

Aquel concierto estaba dividido en bloques casi teatrales. Madonna aparecía como estrella punk, geisha futurista, cowgirl electrónica y figura latina en una sección de aire español. Había artes marciales, guitarras eléctricas, coreografías milimetradas, imágenes religiosas, flamenco estilizado, cuero, kimonos y una sensación permanente de ritual tecnológico. Jean Paul Gaultier diseñó parte del vestuario, cerrando así un círculo estético que venía de lejos: pocos creadores entendieron tan bien como él la mezcla de provocación, disciplina y artificio que convirtió a Madonna en icono visual.

La primera canción fue un medley de “Drowned world/Substitute for love”, casi una declaración de principios. No empezaba con un golpe de efecto obvio, sino con una pieza introspectiva sobre fama, vacío y deseo de redención. Después llegaron “Impressive instant”, “Candy perfume girl”, “Beautiful stranger”, “Ray of light”, “Frozen”... En total, unas veinte canciones durante cerca de dos horas, con diez bailarines y dos coristas acompañándola en escena.

¿Por qué Barcelona? No parece existir una explicación única y solemne, de esas que tanto gustan a los departamentos de marketing cuando ya han pasado los años. La razón inmediata fue técnica: la cancelación de Colonia desplazó el estreno real a la ciudad. Pero había también una lógica clara. Barcelona disponía del Palau Sant Jordi, un recinto capaz de albergar una producción enorme, y mantenía desde 1992 una imagen internacional muy poderosa como ciudad de grandes acontecimientos. Para una gira que quería presentarse como espectáculo global, era un punto de partida perfectamente verosímil.

La prensa destacó el carácter espectacular del estreno. Algunas crónicas subrayaron la ambición visual del montaje y la fuerza escénica de Madonna; otras señalaron la ausencia de clásicos como una decisión arriesgada para un público que llevaba años esperando verla. Esa tensión formaba parte del interés de la noche.

El Drowned world tour terminó con 47 conciertos entre Europa y Estados Unidos, más de 730.000 espectadores y una recaudación de 76,8 millones de dólares, lo que la convirtió en la gira de mayor recaudación de una solista en 2001. Barcelona asistió al primer ensayo con público de esa nueva identidad. La artista que salió al escenario aquella noche no pretendía reconciliar todas sus vidas anteriores; las utilizó como material escénico, las ordenó, las deformó y las puso al servicio de una idea muy suya: en el pop, quien se queda quieto empieza a desaparecer. Madonna eligió comenzar en Barcelona una gira que no celebraba su pasado, sino su capacidad para seguir mandando cuando muchos ya la habían colocado en el archivo de los noventa.