Linkin Park regresa a España nueve años después y conquista el O Son Do Camiño con Emily Armstrong al frente
La banda conquista Santiago con un directo potente, nostálgico y lleno de futuro
Emily Armstrong, cantante de Linkin Park, en el Olympiastadion de Berlín / picture alliance
El Monte do Gozo volvió a convertirse en punto de peregrinación este viernes, pero esta vez no por el Camino, sino por la llegada de la nueva etapa de Linkin Park. Fans de diferentes partes del mundo (Inglaterra, Alemania, Estados Unidos...) cogieron un avión hasta Santiago de Compostela para no perderse esta etapa de la gira From Zero.
Desde primera hora de la tarde, se podían ver looks más rockeros entre el público, que no querían moverse del escenario principal en ningún momento. Con la bajada de las temperaturas respecto al día anterior, se notaba que Katy Perry se había llevado el sol de California a otro lado y el O Son Do Camiño se preparaba para pasar una noche muy especial con la banda.
La expectación por este show no era para menos, ya que era la primera vez que el público español veía en acción a Emily Armstrong al frente de la banda. Puesto que el último concierto del grupo en nuestro país fue hace nueve años y aún estaba Chester Bennington como vocalista principal.
El inicio del concierto de Linkin Park en Galicia
Las pantallas encendieron la noche con unos visuales que parecían sacados de antiguos fondos de Windows, fríos pero hipnóticos, como si estuvieran preparando al público para entrar en otra dimensión. Y, sin mucha espera, llegaron ellos. De golpe. Con toda la fuerza. Sin medias tintas.
Lying From You abrió el primer acto y aquello fue instantáneo: la gente saltando, gritando, empujada por una energía acumulada durante años. Mientras Crawling terminó de unirlo todo y el público ya estaba de lleno metido en el universo de Linkin Park.
Desde el primer momento, Emily no intentó imitar nada. No jugó a ser nadie más. Se plantó, cogió la guitarra pronto, y empezó a demostrar que había llegado para quedarse. Se la veía segura, con hambre. Como alguien que no ha llegado a ocupar un hueco, sino a abrir uno nuevo. Más tarde, incluso se subió a la batería, casi como diciendo: aquí estoy y esta noche lo vamos a dar todo.
El escenario ayudaba. Las dos pantallas en lo alto envolvían el directo en una estética muy medida, casi tecnológica, que no se hacía pesada, pero sí diferente. Todo tenía un aire nuevo, aunque lo que sonaba fuera tan reconocible.
The Emptiness Machine, uno de los temas más nuevos que más disfruta la gente en directo, no decepcionó. Desde los primeros acordes, el público del festival se vino muy arriba intentando vivir cada segundo de ese momento.
Al terminar el primer acto hubo un pequeño respiro, pero sin que cayera la tensión. El cambio al segundo llegó con otra transición visual —de nuevo esos fondos tan de escritorio digital— mientras Joe Hahn mantenía a la gente arriba. Y funcionó. Porque cuando arrancó The Catalyst y empezó a caer el confeti, el recinto explotó otra vez.
A partir de ahí todo fue fluyendo. Burn It Down, Waiting for the End, Where’d You Go… momentos más emocionales mezclados con otros de pura descarga.
Mike Shinoda, como siempre, fue el nexo. Cercano, natural. En un momento bajó del escenario durante When They Come For Me y saludó a su gente con un "oye, ¿qué pasó?" en español que desató la locura.
Hubo detalles que marcaron el carácter de la noche. Emily poniéndose un gorro con "Vivamos como Galegos". El grito de "más fuerte" en español que el público recogió encantado. O cuando sacó la bandera gallega. No eran grandes discursos, pero sí pequeños gestos que acercaban todo.
También se notó algo en el ambiente: no era un concierto cualquiera. Había gente que llevaba años esperando este momento. Y otros que probablemente estaban descubriendo ahora a la banda en directo. Y funcionaba para todos.
Los siguientes actos fueron ya un viaje directo al recuerdo de los fans más fieles. Numb, In the End, Faint, Papercut… una detrás de otra, sin dejar respirar demasiado. Canciones que no necesitan presentación, que directamente pasan por el cuerpo. Y, aun así, sonaban distintas. No por cambiar, sino por la energía nueva que se sentía encima del escenario.
Emily, especialmente ahí, terminó de ganarse al público que la veía por primera vez sobre un escenario español. Sus partes más agresivas, esos rugidos, tenían fuerza de sobra para sostener temas que todo el mundo conoce al milímetro.
El final con Bleed It Out fue lo esperado y lo necesario: un cierre a lo grande, con todo el mundo dentro, sin reservas.
Al salir, la sensación era clara: no había sido un regreso nostálgico ni un intento de repetir el pasado. Era otra cosa. Un nuevo comienzo que no reniega de lo anterior.
Y eso, en un grupo como Linkin Park, no es poco. Es, probablemente, lo más difícil. Y anoche, en Santiago, pareció posible.
