Cuarenta años de 'Entre el cielo y el suelo': el disco que convirtió a Mecano en algo mucho más grande que un fenómeno juvenil

El álbum de 1986 marcó un cambio de rumbo decisivo: menos new wave, más grandes canciones y la irrupción definitiva de José María Cano como compositor

Mecano, en 1990: de izda. a dcha., Nacho Cano, Ana Torroja y José María Cano.

A veces los grupos sobreviven a una moda; otras, consiguen algo bastante más difícil: sobrevivir a sí mismos. A mediados de los ochenta, Mecano corría precisamente ese riesgo. Había protagonizado uno de los fenómenos más espectaculares que había conocido el pop español con su álbum de debut; había llenado portadas, listas de éxitos y programas de televisión; había convertido a Ana Torroja y a los hermanos Cano en rostros familiares para millones de personas. Pero el tiempo avanzaba deprisa y la música también.

Cuando Entre el cielo y el suelo llegó a las tiendas el 21 de junio de 1986, el grupo se encontraba ante una encrucijada decisiva. Los tres primeros álbumes de Mecano, publicados en su anterior compañía discográfica, habían estado claramente vinculados a la estética new wave y al influjo de los nuevos románticos que llegaba desde Reino Unido. Sintetizadores, ritmos mecánicos, peinados imposibles y una modernidad que conectó de forma inmediata con una España que acababa de descubrir los años ochenta.

Aquella fórmula había funcionado extraordinariamente bien en los dos primeros discos, especialmente en el debut de 1982. Sin embargo, el tercer álbum, Ya viene el sol, no logró la misma repercusión. No fue un fracaso, ni mucho menos, pero sí dejó la sensación de que el grupo necesitaba encontrar una nueva dirección. El cambio de compañía coincidió con esa necesidad de reinventarse.

Y lo que ocurrió en Entre el cielo y el suelo fue mucho más profundo que una simple evolución estilística. Mecano empezó a desprenderse de algunas de las características más evidentes de la new wave para acercarse a un territorio mucho más amplio: el del gran pop melódico. No desaparecieron los sintetizadores ni la producción moderna, pero dejaron de ser el centro de gravedad. Las canciones empezaron a ocupar el lugar principal.

Y ahí apareció el segundo gran cambio. Hasta entonces, Nacho Cano había sido la principal fuerza compositiva del grupo. En este disco, sin embargo, José María Cano dio un paso adelante gigantesco y firmó varias canciones que no solo marcaron la trayectoria de Mecano, sino que terminaron formando parte del repertorio sentimental de varias generaciones de españoles. Es difícil exagerar la importancia de aquella aportación.

“Me cuesta tanto olvidarte” era una balada de una delicadeza poco habitual en el pop español de la época. La canción avanzaba sin grandes artificios, sostenida por una melodía impecable y una letra donde la tristeza aparecía narrada con una naturalidad que conectó inmediatamente con el público. “Cruz de navajas”, por su parte, representaba algo todavía más ambicioso. Era una pequeña historia de barrio convertida en canción; una crónica casi cinematográfica donde los personajes parecían salir de una novela o de una película española de los años cincuenta. Pocas veces el pop nacional había contado una historia tan compleja con semejante capacidad de síntesis. Ambas fueron número uno de LOS40, además de "Ay qué pesado", de Nacho Cano.

Y luego estaba “Hijo de la luna”. Aunque su verdadero recorrido comercial explotaría posteriormente, la canción ya formaba parte del álbum y demostraba hasta qué punto José María Cano estaba ampliando los límites creativos del grupo. Su mezcla de leyenda popular, tragedia y melodrama convertía la canción en una rareza absoluta dentro del panorama español de aquellos años. Lo fascinante es que las tres convivían dentro del mismo disco.

Mientras muchos artistas perseguían sencillos inmediatos, Mecano parecía decidido a construir un repertorio duradero. El grupo empezaba a pensar en términos de canciones que pudieran sobrevivir a las modas. Y el público respondió de manera contundente.

Entre el cielo y el suelo se convirtió en uno de los mayores éxitos de la historia del pop español. Las cifras de ventas fueron extraordinarias (más de un millón de ejemplares solo en España) y el álbum permaneció durante meses en las listas. Más importante aún fue su capacidad para ampliar el público de Mecano. El grupo dejó de ser percibido únicamente como un fenómeno juvenil para convertirse en una referencia transversal capaz de conectar con generaciones muy distintas.

Aquello también tuvo consecuencias en América Latina. Hasta entonces, Mecano ya había despertado interés al otro lado del Atlántico, pero este disco consolidó definitivamente su expansión internacional. Canciones como “Cruz de navajas” o “Me cuesta tanto olvidarte” encontraron una recepción extraordinaria en numerosos países hispanohablantes, algo que preparó el terreno para el dominio continental que alcanzaría el grupo en los años siguientes.

Visto con perspectiva, el álbum contiene además una curiosa paradoja: Mecano triunfó precisamente cuando dejó de parecer tan moderno. O, dicho de otra forma, cuando dejó de perseguir la modernidad como objetivo principal y empezó a concentrarse en algo mucho más difícil: escribir canciones memorables. Los peinados cambian, las corrientes musicales pasan y los sintetizadores envejecen con desigual fortuna; una buena melodía suele resistir bastante mejor el paso del tiempo.

En 1986, probablemente pocos oyentes estaban pensando en términos tan trascendentes. Lo que veían era un grupo en estado de gracia encadenando éxitos y dominando la radio. Sin embargo, debajo de aquel éxito comercial se estaba produciendo una transformación artística fundamental.

Entre el cielo y el suelo marcó el momento en que Mecano dejó de ser simplemente uno de los grupos más populares de España para convertirse en uno de los más importantes, si no el que más. El salto no dependía de la cantidad de discos vendidos ni de la presencia en televisión, sino de algo más difícil de conseguir: la aparición de canciones destinadas a permanecer. No es mala carta de presentación para un disco que nacía, en teoría, como el comienzo de una nueva etapa.