De Corea del Sur al pop español: qué son los lightsticks y por qué pueden mejorar la experiencia en los conciertos de Aitana
Del fenómeno del K‑pop a una nueva forma de vivir (y sentir) la música en directo

Aitana performs in concert at Riyadh Air Metropolitano on July 31, 2025 in Madrid, Spain. Aldara Zarraoa/Redferns / Aldara Zarraoa
En los últimos años, los conciertos han dejado de ser simples actuaciones en directo para convertirse en experiencias inmersivas en las que el público desempeña un papel protagonista. Quizá ahí resida, en parte, la razón de que se hayan consolidado como un evento imprescindible para una gran parte de la población. En este cambio de paradigma, un objeto ha empezado a ganar visibilidad más allá de Asia: los lightsticks. Emblema del K‑pop, estos dispositivos luminosos podrían dar el salto definitivo al pop español de la mano de artistas como Aitana, transformando la forma en que se vive un concierto.
Por ejemplo, en los últimos tiempos hemos visto dinámicas similares en otros grandes espectáculos: desde los juegos de iluminación que generan las cámaras en los conciertos de Bad Bunny hasta las ya icónicas pulseras luminosas de artistas como Coldplay, Taylor Swift o Karol G, que convierten al público en parte activa del show. En esa misma línea, los lightsticks no solo cumplen una función estética o de tendencia, sino que se integran plenamente en la narrativa del directo.
Pero su relevancia va más allá de lo visual. Detrás de los lightsticks hay historia, innovación tecnológica y, cada vez más, una dimensión inclusiva que puede marcar la diferencia en la experiencia de muchos asistentes.
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De los globos de colores a una tecnología sincronizada
El origen de los lightsticks se remonta a los años noventa en Corea del Sur, cuando los fans utilizaban globos de colores para identificar a sus artistas favoritos en conciertos multitudinarios. Cada grupo contaba con su propia tonalidad, lo que dio lugar a una primera forma de identidad colectiva dentro del público y sentó las bases de una conexión más visible y organizada entre artistas y seguidores.
La verdadera evolución llegó en 2006, cuando el grupo BIGBANG presentó el primer lightstick oficial: el Bang Bong, diseñado por su propio líder, G‑Dragon. Este dispositivo luminoso, con forma de corona y color amarillo, no solo acompañaba sus conciertos, sino que reforzaba el vínculo emocional con sus fans. A partir de entonces, cada artista o grupo surcoreano comenzó a desarrollar el suyo propio, convirtiéndolos en símbolos distintivos y fácilmente reconocibles de cada fandom.
Hoy, esos dispositivos han evolucionado hasta incorporar tecnología que permite sincronizarlos con el espectáculo. En los conciertos de K‑pop, miles de lightsticks pueden cambiar de color al mismo tiempo, siguiendo el ritmo de cada canción y creando un auténtico "océano de luz" coordinado.
Cuando el público también forma parte del espectáculo
Esa es, en el fondo, la gran revolución: el público deja de ser un mero espectador para convertirse en parte activa del espectáculo. Más allá del aplauso o del móvil en alto, los lightsticks permiten crear auténticas coreografías en grupo con la luz que acompañan a la música y refuerzan la narrativa de cada concierto. Se trata de una forma distinta de vivir el directo, más visual, más emocional y, sobre todo, más participativa.
En el contexto del pop occidental, esta tendencia comienza a abrirse paso. Artistas internacionales como Olivia Rodrigo ya han empezado a incorporarlos en sus giras, señal de que este formato trasciende el fenómeno del K‑pop. En España, Aitana se perfila como una de las figuras clave para impulsar su adopción. En su última gira, Cuarto Azul World Tour, la artista ha introducido estos dispositivos en sus conciertos, dando un primer paso hacia nuevas formas de espectáculo en las que el público no solo asiste, sino que también construye la experiencia.
Luces que también incluyen: el potencial de los lightsticks
Sin embargo, el potencial de los lightsticks no se limita a su impacto estético. Estos dispositivos también pueden contribuir a mejorar la experiencia de ciertos perfiles del público que, hasta ahora, no siempre han podido disfrutar plenamente de los conciertos.
En este sentido, la psicóloga Esther Vallejo pone el foco en un aspecto clave: la sensibilidad sensorial. "Para la mayoría de personas, un concierto es sinónimo de euforia, luces y música a todo volumen. Sin embargo, para la comunidad neurodivergente —que incluye personas con autismo, altas capacidades o TDAH— la experiencia puede ser un desafío extremo debido a la sensibilidad sensorial", explica.
En el caso de personas con Trastorno del Espectro Autista (TEA), el cerebro procesa los estímulos de forma distinta. "Los filtros que descartan los estímulos innecesarios funcionan de una manera diferente, procesando todo con una intensidad multiplicada. Esto les lleva a una sobrecarga sensorial, que puede manifestarse en abrumamiento, sensación de agobio o ansiedad”. En este contexto, los conciertos tradicionales —marcados por luces impredecibles, flashes y estímulos constantes— pueden resultar difíciles de gestionar.
Los lightsticks como herramienta de regulación
Aquí es donde los lightsticks pueden aportar un valor añadido. A diferencia de otras fuentes de iluminación más caóticas, estos dispositivos suelen estar sincronizados con el espectáculo. "En los conciertos de K‑pop, están controlados de forma centralizada y siguen patrones rítmicos predecibles. Esta iluminación puede resultar menos abrumadora que las luces estroboscópicas aleatorias", señala Vallejo.
Además, su uso puede tener un efecto regulador en ciertas personas. "Al agitarlo y ver su luz constante, puede servir como una herramienta visual y de movimiento rítmico que ayuda a la calma y a liberar el estrés". Este componente convierte a los lightsticks en algo más que un accesorio escénico: en una posible herramienta para gestionar la experiencia sensorial dentro de un entorno complejo como es un concierto.
También puede suponer un reto: la importancia del equilibrio
No obstante, la experta advierte de que su uso debe estar cuidadosamente planteado. "Hasta el 75% de las personas neurodivergentes son hiperreactivas a luces brillantes o parpadeantes. Los cambios bruscos de color o intensidad pueden causar fatiga, dolor de cabeza o sobrecarga sensorial", señala.
A esto se suma otro factor: el contraste entre la oscuridad del recinto y la intensidad de la iluminación, que puede generar incomodidad visual. Por ello, insiste en que el impacto de los lightsticks depende directamente de cómo se integren en el espectáculo y que se deben usar con de la mejor forma posible. "Puede tener cosas positivas si se adapta el entorno, pero también resultar perjudicial si se abusa de luces parpadeantes y contrastes".
Una alternativa al aplauso
Otro de los puntos clave es la forma de participación. No todas las personas pueden o quieren aplaudir: ya sea por condiciones físicas, por sensibilidad al ruido o por cuestiones relacionadas con la neurodivergencia, el aplauso no siempre es una opción cómoda.
En este contexto, los lightsticks ofrecen una alternativa accesible. Permiten expresar emoción, seguir el ritmo y formar parte del espectáculo sin necesidad de generar ruido. Se trata de una forma de participación silenciosa que, además, encaja de manera natural con la dimensión visual que han adquirido los conciertos en los últimos años.
El futuro de los conciertos: más participativo, más inclusivo
La llegada de los lightsticks al pop español no es solo una cuestión estética o de tendencia. Representa una nueva forma de entender los conciertos: más inmersiva, más conectada y, potencialmente, más inclusiva.
Para artistas como Aitana, incorporarlos a sus directos no solo supone sumar espectacularidad, sino también abrir nuevas vías de interacción con su público. Desde coreografías luminosas hasta experiencias más adaptadas a diferentes sensibilidades, las posibilidades son amplias.
En un momento en el que la música en directo no para de buscar nuevas formas de reinventarse, los lightsticks demuestran que, a veces, un pequeño cambio puede transformar por completo la experiencia. Porque el público ya no solo escucha el concierto: también lo construye y, ahora, también lo ilumina.













