El experimento ruso que logró domesticar a los zorros (y que aún sigue en marcha)
Un peculiar proyecto científico iniciado en los años 50 consiguió que varias generaciones de zorros salvajes desarrollaran comportamientos propios de los perros.
Dmitri K. Belyaev se hizo una pregunta: ¿pueden domesticarse los zorros? / Focus
¿Puede un zorro llegar a comportarse como un perro? Aunque parezca una historia de ciencia ficción, eso es precisamente lo que lleva décadas estudiando un grupo de investigadores rusos. Todo comenzó a finales de los años 50, cuando el genetista Dmitri K. Belyaev puso en marcha un experimento que pretendía responder a una de las grandes preguntas de la biología: cómo algunos animales salvajes acabaron convirtiéndose, miles de años atrás, en compañeros inseparables del ser humano.
Los primeros resultados sorprendieron incluso a los propios científicos
Belyaev no quería domesticar zorros para convertirlos en mascotas. Su objetivo era comprender el proceso que dio origen a animales domésticos como el perro. Para ello reunió cientos de zorros plateados en el Instituto de Citología y Genética de Novosibirsk, en Siberia, y comenzó un programa de cría basado en un único criterio: solo se reproducían los ejemplares que mostraban menos miedo y menos agresividad hacia las personas. No había entrenamiento, premios ni castigos; únicamente selección genética generación tras generación.
Los primeros resultados sorprendieron incluso a los propios científicos. Apenas cuatro generaciones después, algunos cachorros comenzaron a comportarse de una forma muy distinta a la de sus antepasados. En lugar de esconderse o mostrar una actitud defensiva, recibían a los investigadores moviendo la cola, buscaban el contacto con ellos, emitían ladridos y gemidos similares a los de un perro e incluso llegaban a lamerles las manos. En pocas décadas, los investigadores habían conseguido acelerar un proceso evolutivo que, en condiciones naturales, suele tardar miles de años.
El cambio no afectó únicamente al comportamiento. A medida que avanzaba el experimento, también aparecieron modificaciones físicas que suelen asociarse a muchos animales domésticos. Algunos zorros desarrollaron orejas caídas, colas curvadas, hocicos más cortos y manchas blancas en el pelaje. También se observaron cambios en el tamaño del cráneo, las patas y los ciclos reproductivos, ya que algunos ejemplares podían reproducirse con mayor frecuencia que los zorros salvajes.
Cambios en el cerebro
Los investigadores creen que detrás de estas transformaciones hay cambios en el funcionamiento del cerebro y del sistema hormonal. Los zorros domesticados presentaban niveles más elevados de serotonina, un neurotransmisor relacionado con la reducción de la agresividad y una mayor tolerancia al contacto social. Esto reforzó la hipótesis de Belyaev: seleccionar únicamente la docilidad podía desencadenar toda una cascada de cambios físicos, fisiológicos y de comportamiento.
Un gato y un zorro, compartiendo casa. / Mirrorpix
Tras la muerte de Belyaev en 1985, el proyecto continuó bajo la dirección de la investigadora Lyudmila Trut, que había participado en el experimento desde sus comienzos. Hoy, más de seis décadas después, el programa sigue activo y continúa siendo una referencia internacional para estudiar la genética de la domesticación. Gracias a este trabajo, los científicos han podido identificar algunas de las claves biológicas que permitieron que especies como el lobo acabaran dando lugar al perro doméstico que hoy conocemos.
Los resultados no deben interpretarse como una invitación a tener zorros como mascotas
Sin embargo, los propios responsables del experimento lanzan un mensaje claro: sus resultados no deben interpretarse como una invitación a tener zorros como mascotas. Aunque algunos ejemplares criados dentro del proyecto llegaron a venderse de forma limitada, la inmensa mayoría de los zorros siguen siendo animales salvajes con necesidades muy diferentes a las de un perro o un gato. El verdadero valor de esta investigación no está en crear una nueva mascota, sino en haber desvelado, como pocos estudios antes lo habían hecho, cómo la selección de un único rasgo (la docilidad) puede transformar profundamente a toda una especie a lo largo de las generaciones.
