Van Morrinson, un gánster en las Noches del Botánico
El irlandés le ganó la mano al termómetro en sus dos noches consecutivas en el Jardín Botánico de la Universidad Complutense de Madrid

Fer Gonzalez
No sé si los ángeles tienen sexo, pero si tienen voz, desde luego se parece mucho a la de las mujeres que acompañan a Van Morrison. Y efectivamente, en medio de la ola de calor, Madrid cuenta con las Noches del Botánico, trozo de cielo en la ciudad, asfixiada por el asedio de las altas temperaturas, pero con un paraíso luminoso y verde acariciado estas noches por el susurro apasionado de Van Morrison.
¿Qué tiene este caballero en la voz que, con un golpe de ritmo, apenas un sonido gutural un poco ronco, te arrastra a tus propios paraísos, o infiernos?
Tal vez ya te has reconciliado con todos ellos, pero reaparecen si Van Morrison juega con una palabra, el silencio, y después el borbotón del resto de la historia...
LOS40 Classic
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Siempre me pareció que Van Morrison habla de reconciliaciones, de reencuentros, del final del día y atardeceres, de días de lluvia tras una ventana, de nuevos inicios, del amor que te sorprende en medio de una curva del camino cuando ya no lo esperas.
No por nada, hace mucho, estuve semanas tarareando el estribillo de Celtic New Year, hipnotizada, atrapada por su melodía. ¡Lástima! No la cantó. Tampoco tenía muchas esperanzas de que así fuese. ¡Un artista con tantas canciones mágicas! Me emocioné igual. Su quejío (si, quejío irlandés si queréis); sus momentos disfrutones junto a la espectacular banda que le acompaña; su swin, el blues, emoción, mucho soul...
Puntualísimo Van apareció enfundado en un traje azul impecable, enjuto, con aspecto de gángster bajo un sombrero con una cinta azul. Armado con una armónica (¿hay sonido más bonito que el de una armónica bien tocada?) que Van dispara a matar cuando la toca... con rabia. Saborea las palabras antes de soltarlas mordidas, masticadas, heridas porque tal vez nacen de heridas que todos conocemos, porque nos han herido a todos, pero nadie lo cuenta como Van. Y, de repente, el gángster guarda pudoroso silencio, y continúan la narración el piano, o la guitarra roja tocada por manos expertas, o la flauta traversa con brisa de folk para deleite de todos, o esa voz de mujer que se despliega luminosa como cuando te toca un sol suave...
Es normal la entrega del público. Ahí estamos. En el jardín Botánico de la Universidad Complutense. Atrapados en ese trozo de cielo en mitad de una ciudad que arde. O mejor, en un jardín de las delicias que representa el paraíso y su frondosidad, fuentes, flores, nubes rosas en la puesta de sol, las melodías de Madammme Buterfly Blues o las voces de mujer que gritan sin descanso "Cielo" en Las noches del Botánico.
Abandonados todos en el rincón de recordar al ritmo de la voz de Van Morrison. En una danza ancestral bajo la luna llena de fresa con Moondance. A veces, un llanto. A veces, el saxo, que también dispara a matar. Van Morrison tiene, como todos los gánsteres de película, corazón, elegancia, swin.
Acudió puntual a su cita y se marchó puntual, pero en medio, la entrega. Gracias Van.













