La "muerte silenciosa" del suelo: el recurso que estamos agotando sin verlo
El suelo es la base de casi todo lo que comemos, pero está perdiendo vida a un ritmo alarmante sin que apenas nos demos cuenta.
El suelo se degrada a pasos agigantados. / cinoby
El suelo es uno de esos elementos que rara vez ocupan titulares, pero sin el que no existiría prácticamente nada de lo que comemos. Es el soporte de la agricultura, el hogar de miles de organismos y una pieza clave en el equilibrio climático del planeta. Y, sin embargo, está sufriendo un proceso de degradación silencioso a escala global.
Según la FAO, alrededor del 33% de los suelos del mundo ya están degradados. Esto incluye pérdida de nutrientes, erosión, compactación y contaminación. No es un fenómeno puntual, sino una tendencia global vinculada a décadas de agricultura intensiva, deforestación y urbanización acelerada.
El problema es que el suelo no se regenera al mismo ritmo al que lo explotamos
El problema es que el suelo no se regenera al mismo ritmo al que lo explotamos. La formación de apenas unos centímetros de tierra fértil puede tardar cientos de años. Eso convierte la degradación actual en algo prácticamente irreversible a escala humana si no se toman medidas.
Veneno para todos
Uno de los factores más importantes es el uso intensivo de fertilizantes y pesticidas. Aunque permiten aumentar la producción a corto plazo, alteran el equilibrio biológico del suelo, reduciendo su biodiversidad microbiana. Sin esos microorganismos, el suelo pierde fertilidad natural y depende cada vez más de insumos externos.
El ser humano está alterando el equilibrio biológico del suelo. / Alberto Marrupe Gutierrez
También influye la erosión provocada por malas prácticas agrícolas y la deforestación. Cuando desaparece la cubierta vegetal, el suelo queda expuesto al viento y la lluvia, lo que acelera su pérdida. El IPCC ha alertado de que esta degradación reduce también la capacidad del suelo para almacenar carbono.
Y aquí está uno de los puntos clave: el suelo es un gran sumidero de carbono natural. Cuando está sano, ayuda a capturar CO2 de la atmósfera. Cuando se degrada, ocurre lo contrario y libera carbono, contribuyendo al cambio climático. El resultado es un círculo vicioso: suelos más pobres necesitan más fertilizantes, lo que aumenta las emisiones y acelera aún más su degradación. Un proceso silencioso, pero con consecuencias globales en la seguridad alimentaria y el clima.
