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Treinta años de la gira de Joaquín Sabina y Los Rodríguez: cuando el cantautor y la banda más canalla decidieron compartir carretera

El 18 de julio de 1996 arrancó en Gijón una gira irrepetible que acabó convirtiéndose en la despedida de Los Rodríguez

Joaquín Sabina, en una imagen de 2002. / Quim Llenas

La idea sonaba tan improbable que precisamente por eso funcionó. Sobre el papel, Joaquín Sabina y Los Rodríguez parecían habitar mundos distintos. Uno era el cronista de bares, hoteles y madrugadas que había convertido la canción de autor en un territorio eléctrico y urbano. Los otros representaban el rock mestizo más desacomplejado del momento, una banda que mezclaba guitarras, rumba, blues, tango y actitud con una naturalidad envidiable. Sin embargo, bastó una conversación entre amigos para que aquella combinación dejara de parecer una ocurrencia y se transformara en una de las giras más recordadas de los años noventa.

El primer concierto tuvo lugar el 18 de julio de 1996 en la plaza de toros de El Bibio, en Gijón. A partir de ahí comenzó un recorrido de más de treinta conciertos por España que, posteriormente, continuaría por varios países latinoamericanos.

El momento no podía ser más propicio. Sabina acababa de publicar Yo, mi, me, contigo, uno de los discos más inspirados de su carrera. Canciones como “Y sin embargo”, “Contigo” o “Tan joven y tan viejo” demostraban que atravesaba un momento creativo extraordinario. Había dejado de ser únicamente el cantautor de culto admirado por una minoría para convertirse en un artista capaz de llenar grandes recintos sin perder un ápice de personalidad.

Los Rodríguez vivían una situación parecida, aunque con matices. Desde la publicación de Sin documentos y, más tarde, Palabras más, palabras menos, el grupo formado por Andrés Calamaro, Ariel Rot, Julián Infante y Germán Vilella se había consolidado como una de las bandas imprescindibles del rock en español. Su mezcla de rock and roll clásico, ritmos latinoamericanos y letras cargadas de ironía los había situado en un lugar muy particular dentro de la música española.

Además, existía una afinidad evidente entre ambos proyectos. Sabina admiraba profundamente a Andrés Calamaro y Ariel Rot, mientras que los músicos argentinos compartían con el cantante de Úbeda una forma parecida de entender las canciones: personajes imperfectos, noches demasiado largas, humor, derrotas sentimentales y una querencia casi literaria por los perdedores con encanto. Más que una operación comercial, la gira nacía de una complicidad artística bastante real.

El formato también resultó una de sus grandes virtudes. No se trataba de que Sabina actuara y después apareciera Los Rodríguez, o al revés. Las actuaciones funcionaban como un espectáculo compartido, donde ambos repertorios se iban alternando y mezclando hasta desembocar en colaboraciones constantes. Aquello permitía ver a Sabina interpretando canciones junto a la banda y a Calamaro integrándose con naturalidad en el universo sabinero.

La química era evidente: los conciertos transmitían una sensación de improvisación controlada que encajaba perfectamente con la personalidad de todos los implicados. Había espacio para las bromas, para los cambios de última hora y para esa manera aparentemente caótica de hacer música que, en realidad, solo resulta posible cuando los músicos se entienden sin demasiadas explicaciones.

El público respondió desde el primer día. La gira fue uno de los grandes acontecimientos musicales del verano de 1996. Las plazas de toros y pabellones se llenaban concierto tras concierto, demostrando que aquella alianza reunía a públicos que hasta entonces no siempre coincidían. Los seguidores de Sabina descubrieron la fuerza escénica de Los Rodríguez; muchos admiradores de la banda encontraron en Sabina un repertorio que dialogaba perfectamente con el suyo.

Los Rodriguez y Joaquin Sabina -Todavia una cancion de amor (Directo TV2 5º Aniversario)

La prensa de la época hablaba de una combinación inesperada, pero enormemente eficaz. En una crónica publicada durante la gira, El País describía a Sabina como "el cantautor eléctrico de los noventa" y a Los Rodríguez como "el grupo roquero por excelencia", subrayando que la unión funcionaba precisamente porque ninguno necesitaba apoyarse en el otro para llenar recintos.

Había otro elemento que convertía aquellos conciertos en algo especial. Los Rodríguez atravesaban un momento delicado, aunque buena parte del público todavía no lo sabía. Las tensiones internas llevaban tiempo acumulándose. Andrés Calamaro empezaba a sentir la necesidad de desarrollar plenamente su carrera en solitario y las diferencias personales dentro del grupo eran cada vez más difíciles de ocultar.

Por eso la gira adquirió, con el paso del tiempo, un valor inesperado: apenas unos meses después, en noviembre de 1996, Los Rodríguez anunciaban oficialmente su separación y publicaban Hasta luego, un recopilatorio que actuaba como despedida. El propio Calamaro recordaría entonces con enorme cariño la gira compartida con Sabina, definiéndola como "un encuentro fabuloso con la gente", aunque reconocía que necesitaba emprender nuevos caminos musicales.

Aquella gira terminó siendo la última gran aventura escénica de Los Rodríguez como grupo. Naturalmente, Ariel Rot y Andrés Calamaro seguirían encontrándose muchas veces sobre un escenario y desarrollarían brillantes carreras individuales. Pero el cuarteto que había revolucionado el rock en español durante la primera mitad de los noventa no volvería a recorrer las carreteras de aquella manera.

También dejó huella en la trayectoria de Sabina. Aquella experiencia reforzó todavía más su gusto por las colaboraciones y confirmó que sus canciones podían convivir perfectamente con una banda de rock sin perder identidad. No sería la última vez que compartiera escenario con otros artistas, pero pocas alianzas resultaron tan naturales como aquella.

Quizá el secreto consistía en que ninguno intentó parecerse al otro. Sabina siguió siendo Sabina, con su ironía, sus historias de madrugada y sus personajes derrotados. Los Rodríguez continuaron desplegando su rock mestizo, su desenfado y esa elegancia canalla que siempre los distinguió. En lugar de diluirse, ambas personalidades se potenciaban mutuamente. Aquella gira permanece en la memoria por una razón bastante más sencilla: reunió sobre un mismo escenario a músicos que parecían disfrutar de verdad tocando juntos. Esa sensación, tan difícil de fabricar, terminó convirtiendo aquellos conciertos en uno de los episodios más felices del rock español de los noventa.