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Un año sin Ozzy Osbourne, el hombre que llegó vivo a su propio funeral

El último milagro del cantante de heavy metal fue elegir el adiós

Ozzy Osbourne, en 1982 en el jacuzzi de su casa en Beverly Hills, California, mordiendo un pollo de plástico. (Photo by Eddie Sanderson/Getty Images). / eddie sanderson

Sentado en un trono negro, con las manos aferradas a los reposabrazos y el cuerpo incapaz de obedecer como antes, Ozzy Osbourne contempló Villa Park el 5 de julio de 2025 y recibió el rugido de Birmingham. No podía caminar, apenas podía sostenerse sin ayuda y llevaba años encadenando operaciones, dolores nerviosos y despedidas aplazadas; la voz, sin embargo, seguía allí. Diecisiete días más tarde, el 22 de julio, murió a los 76 años rodeado por su familia. En el primer aniversario de aquella muerte queda una pregunta que acompañó durante décadas al cantante de Black Sabbath: cómo consiguió sobrevivir tanto tiempo alguien que pareció dedicar buena parte de su vida a destruirse.

La respuesta fácil consistiría en invocar al Príncipe de las Tinieblas, recordar el murciélago, las montañas de cocaína, las botellas vacías y las anécdotas que la industria del rock convirtió en material promocional. Ozzy colaboró con entusiasmo en la construcción de esa caricatura, aunque detrás de ella hubo una adicción devastadora, ingresos en centros de rehabilitación, recaídas, episodios violentos y una familia obligada a convivir con su enfermedad. Convertir aquello en una alegre colección de excesos sería repetir una de las trampas más persistentes de la cultura popular: presentar como libertad lo que muchas veces fue dependencia, miedo y pérdida de control.

Su resistencia física fue asombrosa, pero nunca gratuita. El alcohol y las drogas deterioraron relaciones, afectaron a su trabajo y estuvieron cerca de matarlo en incontables ocasiones. Cuando Black Sabbath lo expulsó en 1979, su consumo se había vuelto incompatible con el funcionamiento del grupo; la carrera en solitario que comenzó con Blizzard of Ozz pareció una resurrección artística, aunque la enfermedad continuó avanzando bajo el espectáculo. Años después reconocería que había llegado a pensar que bebería hasta el día de su muerte. La sobriedad no apareció como una iluminación cinematográfica, sino como un proceso largo, irregular y lleno de recaídas.

También sobrevivió a accidentes que habrían detenido a cualquiera. En diciembre de 2003 sufrió una caída casi mortal con un quad en su finca inglesa: se fracturó vértebras cervicales, varias costillas y una clavícula, y tuvo que ser operado de urgencia. Aquellas lesiones regresarían muchos años después. Una caída en su casa en 2019 desplazó el material colocado en su cuello y desencadenó una sucesión de intervenciones en la columna, rehabilitación y dolor crónico. Desde entonces, cada intento de volver a los escenarios quedó condicionado por un cuerpo que ya no permitía viajes largos ni movimientos básicos.

Ese mismo periodo trajo el diagnóstico de Parkinson, comunicado públicamente en enero de 2020. Ozzy habló de entumecimiento, debilidad, depresión y un dolor nervioso que llegó a resultarle insoportable. Durante años se anunció una nueva gira, se pospuso, se reorganizó y finalmente se canceló. En 2023 admitió que su voz seguía funcionando, pero su organismo no soportaba el desplazamiento necesario para una gran producción. La frustración era especialmente cruel para alguien cuya identidad había dependido siempre del escenario: el hombre que había pasado medio siglo corriendo, saltando y pidiendo al público que levantara las manos ya necesitaba ayuda para ponerse en pie.

Así fue la última actuación de Ozzy Osbourne en el estadio de Aston Villa | LOS40

Ozzy se convirtió entonces en un superviviente en el sentido menos glamuroso de la palabra. Sobrevivir significaba fisioterapia cinco días por semana, bastones, operaciones que no resolvían del todo el problema, miedo a ser una carga para Sharon y la humillación íntima de depender de otros. Su humor continuó funcionando como escudo —aquella flema de Aston que podía convertir una desgracia en un chiste obsceno—, aunque en sus últimas entrevistas ya no ocultaba el cansancio. Cuando definió la supervivencia como su legado, no hablaba únicamente de haber burlado a la muerte; hablaba de seguir reconociéndose dentro de un cuerpo cada vez más limitado.

Por eso Back to the Beginning fue mucho más que un concierto de despedida. Ozzy no podía ofrecer una actuación convencional y nadie fingió lo contrario. Cantó sentado, primero un breve repertorio de su carrera en solitario y después junto a Tony Iommi, Geezer Butler y Bill Ward, reunidos de nuevo como la formación original de Black Sabbath. Metallica, Guns N’ Roses, Slayer, Pantera y otros músicos acudieron a rendir tributo al grupo que había cambiado el vocabulario del rock. Las ganancias se destinaron a Cure Parkinson’s, el Hospital Infantil de Birmingham y el hospicio infantil Acorns; el espectáculo regresaba así al barrio industrial donde cuatro jóvenes habían empezado a ensayar a finales de los sesenta.

Hubo una dignidad extraña en aquella imagen. El trono podía parecer un accesorio teatral, muy apropiado para quien había hecho carrera entre cruces, demonios y cementerios, pero era sobre todo una adaptación médica: la única forma de que pudiera cantar ante su ciudad. Ozzy aceptó mostrarse frágil sin renunciar a la puesta en escena. No escondió el temblor, la inmovilidad ni el esfuerzo. Tampoco permitió que la enfermedad escribiera por completo el último capítulo.

Murió menos de tres semanas después. Resulta tentador ver el concierto como una premonición cuidadosamente organizada, aunque la realidad probablemente fue más sencilla y más conmovedora: llevaba años intentando llegar hasta allí. La fecha había sido fijada, sus compañeros habían regresado y Birmingham lo esperaba. Su cuerpo, que tantas veces había soportado lo insoportable y tantas otras había pagado por ello, resistió lo suficiente.

El milagro de Ozzy Osbourne no consistió en salir indemne. Llegó al final herido, medicado, exhausto y dependiente de quienes lo cuidaban. Consistió en conservar una voluntad obstinada cuando casi todo lo demás comenzaba a fallar; en regresar a casa, mirar a sus compañeros y cantar una última vez antes de que el silencio tomara la decisión por él.