Cuando Bruce Springsteen demandó a su mánager y se quedó casi tres años sin publicar un disco
El 27 de julio de 1976 comenzó una batalla judicial que paralizó su carrera en el momento de mayor éxito

Bruce Springsteen, en concierto en Santa Barbara, California, en octubre de 1976. (Photo by Lester Cohen/Getty Images) / Lester Cohen
La fotografía parecía anunciar una coronación: Bruce Springsteen, inclinado sobre Clarence Clemons en la portada de Born to Run, acababa de convertirse en la gran promesa del rock estadounidense. En octubre de 1975 apareció en las cubiertas de Time y Newsweek durante la misma semana; las entradas se agotaban, las canciones crecían sobre el escenario y Columbia tenía por fin la estrella que llevaba años esperando. Sin embargo, detrás de aquel ascenso había unos contratos firmados cuando Springsteen todavía era un músico desconocido, con escasa experiencia empresarial y muchas más canciones que conocimientos jurídicos. El 27 de julio de 1976, hace ahora medio siglo, demandó a su mánager y productor Mike Appel por fraude, abuso de confianza e influencia indebida. Dos días después, Appel respondió en los tribunales. Comenzaba una guerra que mantendría a Springsteen casi un año fuera del estudio y dejaría pasar cerca de tres años entre la publicación de Born to Run y la llegada de Darkness on the edge of town.
Conviene precisar la célebre frase según la cual el pleito le impidió publicar canciones nuevas durante tres años. La prohibición judicial de grabar no duró todo ese tiempo: la medida cautelar lo apartó del estudio hasta que las partes alcanzaron un acuerdo en mayo de 1977. Lo que sí se prolongó durante casi tres años fue el silencio discográfico entre sus dos álbumes, desde agosto de 1975 hasta junio de 1978. Una diferencia jurídica importante y, para un artista que acababa de irrumpir en el gran mercado, una eternidad comercial.
Mike Appel no había sido un simple aprovechado llegado después del éxito. Había creído en Springsteen cuando casi nadie sabía quién era, le consiguió una audición ante John Hammond en Columbia, produjo sus dos primeros discos y coprodujo Born to run. Poseía agresividad negociadora, entusiasmo y una fe desmesurada en su representado; también había construido alrededor de él una red contractual que le otorgaba un control considerable sobre la producción, la gestión y los derechos editoriales de sus canciones. Springsteen había firmado aquellos documentos en 1972 sin asesoramiento jurídico independiente, apremiado por la oportunidad de grabar y confiando en el hombre que parecía capaz de abrir todas las puertas.
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La relación empezó a agrietarse durante la agotadora grabación de Born to run. Springsteen tardó meses en terminar el álbum, obsesionado con un sonido que combinara la amplitud de Phil Spector con la urgencia de una banda tocando en un club de Nueva Jersey. En aquel proceso entró Jon Landau, el crítico que había escrito que había visto el futuro del rock and roll y se llamaba Bruce Springsteen. Landau acabó convirtiéndose en confidente, asesor y coproductor; Appel interpretó su presencia como una invasión de sus competencias y Springsteen comenzó a comprender que necesitaba una estructura profesional distinta.
El éxito, en vez de calmar la situación, la volvió insoportable. Appel quería aprovechar el momento y defendía, entre otras posibilidades, la publicación de un disco en directo. Springsteen deseaba regresar al estudio con Landau para grabar el álbum siguiente. El problema era que el contrato concedía a Appel capacidad para decidir o aprobar quién podía producir aquellas sesiones. Cuando Springsteen intentó romper la relación, su antiguo mánager recurrió a los tribunales y consiguió una orden que le impedía grabar con Landau. El músico que acababa de titular su obra decisiva Born to run descubrió que no podía correr hacia ninguna parte.
No dejó de escribir ni de tocar. Durante los meses de bloqueo, Springsteen y E Street Band intensificaron las actuaciones en Estados Unidos y Europa. El escenario se convirtió en su estudio provisional, el lugar donde las canciones podían crecer sin pedir permiso a abogados ni consultar cláusulas. Fue acumulando material en la carretera y en su casa de Holmdel, Nueva Jersey; algunas estimaciones sitúan entre cuarenta y setenta las composiciones trabajadas antes y durante las sesiones posteriores de Darkness on the edge of town. Entre ellas estaban “Badlands”, “The promised land”, “Racing in the street”, “Because the night”, “Fire” y “The promise”, aunque muchas quedarían fuera del álbum definitivo.
Aquel tiempo alteró su escritura. Born to run había presentado personajes que soñaban con escapar en coches veloces, atravesar la noche y encontrar una vida mejor al otro lado de la autopista. El pleito enseñó a Springsteen que la libertad también podía perderse en una oficina, ante un contrato que casi nadie había leído con atención. Cuando volvió a grabar, sus protagonistas ya no confiaban tanto en la huida; trabajaban en fábricas, cargaban con las derrotas de sus padres y descubrían que las promesas podían tener letra pequeña.

El conflicto terminó mediante un acuerdo extrajudicial el 28 de mayo de 1977. Appel renunció a buena parte de su control a cambio de una compensación económica y de conservar temporalmente determinados intereses sobre los primeros trabajos. El 1 de junio, Springsteen entró de nuevo en un estudio de Nueva York. Había recuperado la posibilidad de grabar, aunque necesitó otros nueve meses para decidir qué clase de disco quería entregar.
Esa demora adicional ya no pertenecía a los jueces, sino a su perfeccionismo. Grabó y descartó canciones excelentes, reescribió letras, endureció los arreglos y eliminó parte del material más inmediato porque buscaba una obra coherente, austera y moralmente distinta de su predecesora. “Because the night” terminó en manos de Patti Smith; “Fire” alcanzaría el éxito con The Pointer Sisters; “The promise”, quizá la descripción más transparente del daño provocado por aquellos años, permaneció inédita oficialmente durante mucho tiempo.
Darkness on the edge of town apareció el 2 de junio de 1978. Su sonido era más seco que el de Born to run, sus personajes parecían haber envejecido una década y Springsteen ya no se limitaba a cantar sobre la libertad: examinaba cuánto costaba conservarla. El pleito había frenado su impulso cuando la industria esperaba una continuación inmediata, pero también lo obligó a decidir quién controlaría su obra y qué clase de carrera pretendía construir.
La victoria no consistió en derrotar por completo a Mike Appel, con quien acabaría reconciliándose años más tarde, ni en salir indemne de una relación que también había sido decisiva para su despegue. Consistió en comprender, antes de que fuera demasiado tarde, que una canción podía pertenecer emocionalmente a quien la escribía ycomercialmente a otra persona. Springsteen perdió meses de estudio y tres años de continuidad discográfica; a cambio, recuperó el derecho a dirigir su música. Darkness on the edge of town nació de esa interrupción, con el sonido de alguien que había descubierto que los contratos también pueden cerrar carreteras.













