¿Por qué aún hay quien niega el cambio climático?
Hace años que la ciencia resolvió el debate, pero la desinformación, los intereses económicos y la polarización política siguen alimentando los discursos que cuestionan una de las mayores amenazas del siglo XXI.

El consenso científico respecto al cambio climático es abrumador. / Anton Petrus
Tras la última oleada de incendios que se han producido en España —entre ellos el de Ávila, que es ya el mayor de la historia del país—, los discursos negacionistas han vuelto a estar de actualidad. Mientras científicos y servicios de emergencias alertan de que el calentamiento global favorece incendios cada vez más intensos, rápidos y difíciles de controlar, en redes sociales y en determinados discursos políticos reaparecen mensajes que minimizan, relativizan o incluso niegan el problema. Pero, si la evidencia científica es tan sólida, ¿por qué sigue habiendo quien rechaza la existencia del cambio climático o su origen humano?
Lo primero que conviene dejar claro es que el cambio climático no es un debate abierto dentro de la comunidad científica. El consenso es abrumador: la inmensa mayoría de los expertos coincide en que el planeta se está calentando y que tras ello está la actividad humana, sobre todo la quema de carbón, petróleo y gas, además de otras fuentes de emisiones como la ganadería. Organismos como el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) llevan décadas recopilando miles de estudios que llegan a la misma conclusión.
Sembrar dudas suele ser mucho más eficaz que desmontar hechos
Precisamente por eso, la batalla hace tiempo que dejó de librarse en los laboratorios: hoy se libra en la opinión pública. Quienes tienen intereses económicos o ideológicos en retrasar la transición ecológica ya no intentan demostrar que la ciencia está equivocada, sino convencer a la ciudadanía de que todavía existen dudas razonables al respecto. Y sembrar dudas suele ser mucho más eficaz que desmontar hechos.
LOS40
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No es una estrategia nueva. Durante décadas, algunas de las grandes compañías de combustibles fósiles y fundaciones conservadoras, especialmente en Estados Unidos, financiaron con cuantiosas sumas de dinero organizaciones, laboratorios de ideas (think tanks) y campañas de comunicación destinadas a cuestionar el consenso científico. La lógica era sencilla: cuanto más se retrasaran las políticas para reducir las emisiones, más tiempo podrían mantenerse intactos determinados modelos de negocio. No hacía falta convencer a todo el mundo de que el cambio climático era un invento; bastaba con instalar la sensación de que "todavía no estaba tan claro".
Pescar en río revuelto
Con el paso del tiempo, esa estrategia encontró un aliado inesperado: la polarización política. El cambio climático dejó de ser únicamente un problema ambiental para convertirse en un símbolo ideológico. En buena parte de la derecha más conservadora y, sobre todo, de la ultraderecha, las políticas climáticas empezaron a presentarse como una imposición de las élites urbanas, de Bruselas o de un supuesto "globalismo" dispuesto a decir a la gente cómo debe desplazarse, qué energía consumir o cómo producir o comprar alimentos. La conversación dejó de girar en torno a los datos para centrarse en identidades, emociones y agravios. En libertades individuales supuestamente amenazadas por una idea impuesta por un grupo de burócratas.
Aceptar el diagnóstico científico implica asumir que el mercado, por sí solo, no resolverá la crisis climática
Esa narrativa también conecta con otra cuestión de fondo: aceptar el diagnóstico científico implica asumir que el mercado, por sí solo, no resolverá la crisis climática. Reducir las emisiones exige normas, inversiones públicas, límites a determinadas actividades e incentivos para transformar el modelo energético en uno más sostenible. Para quienes consideran que cualquier regulación es un ataque a la libertad económica, resulta mucho más cómodo negar o minimizar el problema que aceptar soluciones que chocan con su forma de entender el mundo.

Los últimos incendios en España han dado paso al negacionismo climático de algunos. / Pablo Blazquez Dominguez

Los últimos incendios en España han dado paso al negacionismo climático de algunos. / Pablo Blazquez Dominguez
A todo ello se suma un factor que va más allá de las ideologías: el cortoplacismo. La transición ecológica exige decisiones cuyos beneficios se apreciarán dentro de años o incluso décadas. Sin embargo, la política suele moverse al ritmo de los ciclos electorales. Prometer que nada cambiará siempre resulta más rentable que explicar por qué determinados cambios son necesarios aunque sus frutos los recoja el siguiente gobierno.
Sï: es perfectamente legítimo debatir qué medidas son las más eficaces, cómo repartir sus costes o qué ritmo debe tener la transición energética. Lo que ya no sostienen las pruebas es que el cambio climático no exista o que no esté provocado por la actividad humana. Cuando incendios, olas de calor, sequías o inundaciones extremas se convierten en parte habitual de la actualidad, el verdadero debate no debería ser si el problema existe, sino cuánto tiempo más estamos dispuestos a perder discutiendo una evidencia científica mientras sus consecuencias siguen creciendo y poniéndonos en serio peligro.













