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¿Cuántos cables hay bajo el océano?

La inmensa red de fibra óptica que recorre el fondo marino sostiene casi todo el tráfico mundial de Internet y, aunque pasa desapercibida, es una de las infraestructuras más estratégicas del planeta.

Cables de fibra óptica sobre el lecho marino. / Eoneren

Cuando pensamos en Internet solemos imaginar satélites orbitando la Tierra. Sin embargo, la realidad es mucho más terrenal… o, mejor dicho, mucho más submarina. Alrededor del 99 % del tráfico internacional de datos viaja por el fondo de los océanos a través de cables de fibra óptica. Los satélites desempeñan un papel importante en zonas remotas o para determinados servicios, pero la inmensa mayoría de nuestras comunicaciones digitales depende de una gigantesca red invisible tendida sobre el lecho marino.

Si pudiéramos colocarlos en línea recta, darían casi 38 vueltas completas a la Tierra

¿Cuántos cables hay? La cifra cambia constantemente porque cada año se instalan nuevos enlaces, pero en la actualidad existen más de 600 sistemas de cables submarinos activos y en construcción, que suman más de 1,5 millones de kilómetros de longitud. Si pudiéramos colocarlos en línea recta, darían casi 38 vueltas completas a la Tierra.

Estos cables no son tan gruesos como mucha gente imagina. En alta mar suelen tener un diámetro parecido al de una manguera de jardín y, en su interior, albergan finísimas fibras de vidrio, apenas del grosor de un cabello humano. A través de ellas viajan pulsos de luz que transportan cantidades ingentes de información a velocidades cercanas a la de la luz.

Bajo las aguas hay millones de kilómetros de cables.

Lejos de la costa, los cables descansan directamente sobre el fondo marino. Solo en las zonas próximas a tierra se entierran bajo el sedimento para protegerlos de anclas, redes de pesca o corrientes. Antes de instalarlos, los ingenieros estudian cuidadosamente la geología submarina para evitar volcanes, zonas sísmicas o áreas con intensa actividad pesquera.

¿Y si se rompen?

Aunque pueda parecer una infraestructura muy frágil, estos cables son sorprendentemente resistentes. Su principal enemigo no son los tiburones (un viejo mito alimentado durante años), sino las actividades humanas. La mayor parte de las averías se producen por anclas de barcos, artes de pesca o fenómenos naturales como terremotos submarinos. Cuando un cable se rompe, barcos especializados lo localizan, lo elevan hasta la superficie, sustituyen el tramo dañado y vuelven a depositarlo en el fondo.

Su importancia va mucho más allá de poder navegar por Internet. Gracias a esta red viajan transacciones financieras, llamadas internacionales, servicios en la nube, investigaciones científicas e incluso las comunicaciones de hospitales y administraciones públicas. En un mundo cada vez más digitalizado, estos cables se han convertido en una infraestructura crítica, comparable a las redes eléctricas o las grandes autopistas.