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La COP sobre desertificación de Mongolia en la que España también se la juega

La cumbre de la ONU contra la desertificación reúne en Ulán Bator a 197 países para intentar alcanzar un acuerdo mundial contra la sequía. Mongolia llega a la cita con el 81,9 % de su territorio degradado, pero el problema también amenaza a nuestro país.

Una camada de camellos bactrianos en el desierto del Gobi, en Mongolia. / Timothy Allen

Cuando pensamos en un desierto, probablemente imaginamos dunas, camellos y temperaturas extremas. Mongolia, por ejemplo. Pero la desertificación no consiste simplemente en que un desierto vaya avanzando hasta ocupar nuevos territorios. Es algo más silencioso: la pérdida progresiva de la capacidad de un suelo para sostener vegetación, cultivos y ecosistemas. Y puede ocurrir mucho más cerca de casa.

Ese es precisamente el problema que se aborda estos días en Ulán Bator, la capital de Mongolia. Hasta el 28 de agosto, representantes de 197 países participan en la COP17 de la Convención de Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación. Y resulta especialmente simbólico que la cumbre se celebre en un país donde el 81,9 % del territorio está afectado por la desertificación.

Mongolia soporta cada vez más episodios de sequía

Mongolia es uno de los ejemplos más extremos de lo que puede ocurrir cuando se juntan varios factores. El país se ha calentado unos 2,5 grados desde 1941 y soporta cada vez más episodios de sequía. Al mismo tiempo, su enorme cabaña ganadera, cercana a los 60 millones de animales, ejerce una enorme presión sobre los pastizales. El cambio climático y el sobrepastoreo terminan formando una combinación difícil de romper: menos agua, menos vegetación, suelos más frágiles y todavía menos capacidad para recuperarse.

¿Hacia un acuerdo global?

La COP17 intentará conseguir algo que no se logró en la anterior cumbre, celebrada en 2024 en Arabia Saudí: un acuerdo mundial y vinculante para prepararse mejor frente a las sequías. También se hablará de agua, alimentación, financiación y restauración de suelos, con especial atención a las comunidades rurales que dependen directamente de la tierra.

La sequía es una seria amenaza para España. / Daniel Garrido

Pero hay una razón para que todo esto nos importe especialmente en España. La desertificación no es un problema lejano ni exclusivamente africano o asiático. Ya está ocurriendo aquí. España es uno de los países europeos más vulnerables en este sentido: una gran parte de nuestro territorio presenta condiciones áridas, semiáridas o subhúmedas secas. Eso no significa que esas zonas estén desertificadas, pero sí que son especialmente sensibles a la falta de agua, la erosión y el aumento de las temperaturas.

El cambio climático está complicando todavía más las cosas. Las sequías son más frecuentes e intensas, las temperaturas son cada vez mayores y las lluvias tienden a ser más irregulares. A esto se suman factores como la pérdida de vegetación, determinados usos agrícolas y ganaderos, la sobreexplotación de los acuíferos y los incendios forestales. Todo ello puede dejar los suelos más expuestos a la erosión y dificultar su recuperación.

La imagen de Mongolia puede servirnos como advertencia

Hay además una diferencia importante: aridez y desertificación no son lo mismo. Un territorio puede ser seco de manera natural y mantener unos ecosistemas perfectamente saludables. La desertificación aparece cuando esa fragilidad se combina con factores ambientales y humanos que terminan degradando el suelo.

Por eso, la imagen de Mongolia puede servirnos también como advertencia. Allí, la degradación de la tierra ya afecta a ocho de cada diez partes del país. En España todavía estamos lejos de una situación así, pero algunas de las piezas que contribuyen al problema ya están presentes. Y el suelo importa mucho más de lo que parece. De él dependen nuestros cultivos, buena parte de nuestra capacidad para almacenar agua, la salud de los bosques y la biodiversidad. Cuando se degrada, recuperar su productividad puede llevar décadas o incluso más tiempo.