ENTRADAS A LA VENTA LOS40 Music Awards 2026. El 20 de noviembre en Barcelona

El desierto que alimenta a la selva: el increíble viaje de la arena del Sáhara hasta el Amazonas

Cada año, millones de toneladas de polvo cruzan el océano Atlántico desde África y terminan fertilizando la mayor selva tropical del planeta.

El desierto del Sáhara juega un papel clave a nivel planetario. / Francesco Riccardo Iacomino

¿Puede un desierto ayudar a mantener una selva? Sí: cada año, millones de toneladas de polvo del Sáhara abandonan África, atraviesan el océano Atlántico y terminan depositándose en la cuenca del Amazonas. Y, lejos de ser un problema para la selva, este viaje transoceánico es una de las formas que tiene el planeta de mantenerla con vida.

Las cifras son impresionantes. Se calcula que alrededor de 27,7 millones de toneladas de polvo sahariano llegan cada año hasta la cuenca del Amazonas. Con ellas viajan unas 22.000 toneladas de fósforo, un nutriente fundamental para las plantas. Pero ¿por qué necesita la selva amazónica que un desierto situado al otro lado del Atlántico le mande nutrientes?

La respuesta está bajo los árboles. Los suelos de la Amazonia son relativamente pobres en nutrientes. Aunque parezca extraño, la enorme cantidad de vegetación no significa que el suelo sea especialmente fértil. Al contrario: las lluvias tropicales son tan abundantes que arrastran continuamente los minerales del terreno, en un proceso que se conoce como lixiviación. El agua penetra en el suelo y se lleva consigo nutrientes que terminan llegando a los ríos.

La selva amazónica necesita el polvo del desierto. / Mario Silva

La selva consigue compensarlo gracias a un sistema de reciclaje extraordinariamente eficiente. Las hojas, ramas, frutos y animales muertos se descomponen rápidamente y devuelven sus nutrientes al ecosistema. Pero hay un elemento que resulta especialmente difícil de reponer: el fósforo. Y ahí entra en escena el Sáhara.

El fertilizante que cruza el Atlántico

Una parte importante del polvo que realiza este viaje procede de un lugar muy concreto: la depresión de Bodélé, en Chad. A primera vista es una enorme extensión árida en mitad del desierto, pero su historia se remonta a miles de años atrás.

Bodélé ocupa lo que fue el lecho de un gigantesco lago prehistórico, conocido como el Megalago Chad. Cuando aquel lago desapareció, dejó atrás enormes cantidades de sedimentos. Entre ellos había restos de microorganismos acuáticos llamados diatomeas, cuyas estructuras contienen minerales y nutrientes como fósforo y hierro.

El fósforo es esencial para las plantas: interviene en procesos relacionados con el crecimiento, la energía y la reproducción

Hoy, los fuertes vientos levantan ese material y lo convierten en un polvo extremadamente fino. Una parte queda en África, pero otra es transportada por las corrientes de aire hacia el oeste. El polvo puede recorrer miles de kilómetros sobre el Atlántico antes de caer sobre Sudamérica.

El viaje puede parecer improbable, pero se repite año tras año. Cuando esas partículas alcanzan la Amazonia, sus minerales pasan a formar parte del suelo y de los ecosistemas de la región. El fósforo, en particular, es esencial para las plantas: interviene en procesos relacionados con el crecimiento, la energía y la reproducción. Sin él, la vegetación no podría mantener el ritmo de crecimiento característico de la selva tropical.

De hecho, los científicos han estimado que la cantidad de fósforo que llega desde el Sáhara es del mismo orden de magnitud que la que la cuenca amazónica pierde cada año por la erosión y la escorrentía. Es como si el planeta tuviera su propio sistema de reposición de nutrientes a escala continental.

Un puente entre dos mundos

La imagen resulta casi poética: uno de los lugares más secos del planeta contribuyendo a mantener uno de los lugares más húmedos y verdes. Pero también demuestra algo mucho más importante sobre el funcionamiento de la Tierra: los ecosistemas no son compartimentos cerrados. Lo que ocurre en un continente puede terminar afectando a otro miles de kilómetros más lejos.

El transporte de polvo entre continentes ocurre constantemente. Grandes cantidades de partículas procedentes de África llegan también a Europa, el Caribe y otras regiones del planeta, aportando minerales a ecosistemas terrestres y marinos.

En el caso del Amazonas, la conexión es especialmente llamativa porque enfrenta dos paisajes que parecen completamente opuestos: el desierto y la selva. Uno es árido, extremo y prácticamente sin vegetación; el otro es exuberante y concentra una parte enorme de la biodiversidad terrestre.