‘La noche cayó y ya nadie puede salvarme’, el escalofriante diario de Cristina Llanos (Dover): abuso sexual, violencia doméstica, anorexia o ideas suicidas
La cantante de Dover recupera la voz después de diez años muda para compartir sus fantasmas

Cristina Llanos en el lanzamiento del álbum de Dover, 'I Ka Kene', en 2010. / Eduardo Parra
La noche cayó y ya nadie puede salvarme. Es un título que ya nos acerca a esa oscuridad que puede formar parte de la vida de alguien. En este caso de Cristina Llanos, la cantante de Dover que después de 10 años muda, ahora habla a través del diario que publica bajo este título y que ha adelantado el diario El Mundo.
Sin filtros, sin prejuicios y con la crudeza que requieren unas circunstancias realmente duras que han marcado su vida. Aquella chica que lo petó junto a su hermana Amparo a finales de los 90 con un disco como Devil Come To Me, no ha tenido una vida de color de rosa, más bien todo lo contrario. Y aunque encontramos momentos de luz entre estas líneas e incluso una carta de amor a su hermana, casi todo el relato es un continuo sumar de momentos que nadie querría vivir.
En estas páginas recoge el relato del maltrato que sufrió en casa, la anorexia, el abuso sexual, las depresiones, la fibromialgia, la pérdida de voz, la muerte de su hermano, las adicciones, el consumo de tranquilizantes… una lista de sombras en su vida que vuelca en estas páginas con rabia y sin buscar el victimismo. Habla de ella y habla de algunas situaciones que se viven a día de hoy en el mundo para dejar clara su postura.
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Violencia doméstica
“Igual que la muerte de una madre, el miedo a un padre tampoco se olvida nunca. Sigo teniendo la necesidad de alejarme de él, pese al cargo de conciencia que ello me genera”. Así de dura es la relación con un padre que no se portó bien.
“Se le iba la olla, ya lo he dicho muchas veces, pero es importante que esto quede claro. No comprendía la realidad que le rodeaba o creaba él mismo. Loco perdido nació, loco perdido se irá a la tumba”, asegura sobre su progenitor con el que ha vivido momentos espeluznantes como aquel en el que le metió la cabeza en un lavavajillas.
Tras sufrir una agresión sexual por parte de un hombre que la persiguió al bajar del autobús, llegó a casa a medianoche y se encontró a su padre, “ciego de cólera, como se ponía cuando se sentía desafiado. Ni siquiera se dio cuenta de que estaba llorando. Me agarró por el cuello de lo que fuera que llevaba puesto, el abrigo, supongo, no recuerdo si me dio tiempo a quitármelo, me estampó contra la esquina que hacían la pared de la cama y el armario empotrado, y a un centímetro de mi cara, con la voz llena de resentimiento y de un algo enfermizo, dijo: 'Ándate con cuidado, Cristinita, que ahora no están tu madre ni tu hermana para defenderte' [...] ¿Nos maltrataba? Sí, lo hacía. Pero creo estar segura de que no era un sádico”.
Agresión sexual
Entre tanta oscuridad, relata esa agresión sexual y lo que sintió después y las consecuencias que dejó en su vida. “Con el cuerpo dolorido y trastornado me levanté de la cama, me duché con mucho asco de tener que tocar lo que había tocado ese (me pasó durante mucho tiempo después, años, siempre que me duchaba) y acto seguido comencé el proceso de, por un lado, cerrar mi puerta al exterior bajo siete llaves, y, por el otro, hacer como que aquello no había sucedido, de cara a los demás y a mí misma. Probablemente, la peor reacción posible”, relata.
“A partir de ese momento, las noches se volvieron aterradoras e interminables, los días agotadores e interminables igualmente. No sabía qué sentir. No entendía qué sentía. No lo podía demostrar abiertamente. Solo quería morirme. Lloraba y lloraba en silencio hasta que me dormía exhausta y un par de horas después llegaba el día siguiente”, continua.
“En casa dejé de hablar más que cuando era imprescindible hacerlo, lo que, inevitablemente, redujo la comunicación con mi familia al mínimo, y en el instituto, con Marta, más adelante con mis amigas de Londres, e incluso con mi primer amor, Jose, tres años después de esa noche, a los veintiuno, disimulé todo lo que pude para conseguir pasar por una chica 'normal y corriente', sin demonios escondidos dentro, especialmente de ese calibre. Sí, me avergonzaba. Jose no se lo tragó. Intuyó algo. Me lo preguntó de forma directa una vez, de hecho, con mucho respeto y tacto, como hacía él las cosas. Dije que no tajantemente. Todavía me estoy arrepintiendo”, confiesa sobre lo oculto que llevó todo lo que sentía.
Anorexia
Cuando uno no comparte toda esa oscuridad que lleva dentro, al final, tiene consecuencias y ella sufrió anorexia. “Dejé de comer durante diez años. En consecuencia, como digo, era incapaz de generar la temperatura mínima necesaria. Me mantuve en esta condena autoimpuesta desde los 30 hasta los 40. Ole mis ovarios resecos. Y lo que me arrepiento ahora, mamaíta. Qué hambre. Qué frío. Qué cansancio. Qué truño de existencia. La anorexia es un aspirador de vida. Te la roba, y sin pedir permiso, encima”, reconoce.
“En las noches especialmente crudas de aquella década demencial en que dejé de alimentarme, llegaban a azulárseme los labios. Regresaba a casa desde el local de ensayo, después de toda la tarde allí, también jodida de frío, y me apalancaba sobre el radiador más cómodo del salón, el más grande, durante, mínimo, tres cuartos de hora. Solo entonces dejaban de castañetearme los dientes. Me abrigaba para ir a la cama como si fuese a dormir a la intemperie”, recuerda sobre aquellos momentos en los que se quedó consumida.
Hermano asesinado
Otro de los momentos duros que tuvo que vivir fue el asesinato de su hermano Mariano que fue el chofer de Dover durante sus mejores momentos. Murió tras recibir una paliza en la Cañada Real de Madrid.
“Nos tocó ver a Mariano en el tanatorio con la cara rota a hostias. Su nariz preciosa, recta, noble, encajada contra su pómulo derecho. Estaba tan delgado que, sumado a sus rasgos distorsionados por los golpes, me costó reconocerle. El dolor del día anterior se multiplicó por millones”, cuenta sobre el día siguiente de recibir la noticia de boca de la Policía Nacional.
Cuenta cómo antes de marcharse del tanatorio entró a la cámara donde estaba el cuerpo de su hermano junto a una corona que le había comprado otra de sus hermanas. “Le besé. Le abracé. Le juré una y otra vez que nunca había dejado de quererle. Cuando ya salía pude ver otras heridas en su cabeza que desde el otro lado del cristal no se apreciaban. Le habían pegado sin misericordia”, relata.
“Ahora, por más pastillas que tome y más terapia que haga y haya hecho, mi hermano seguirá muerto y yo seguiré sin poder olvidarlo, ni ahora ni en cualquier futuro que venga, porque ni quiero ni querré, porque es sencillamente inviable. ¿Cómo se perdona y olvida una cosa como esa? De momento, no puedo verlo”, admite.
Adicciones
Tantos episodios horribles provocaron episodios de depresión que hicieron que las pastillas formaran parte de su día a día y llegó la adicción. “Es evidente que mi nueva afición a las sustancias tóxicas, impensable en mí hace todavía pocos años, más que una necesidad de mitigar el dolor físico, que también, se debe al efecto que estos ejercen sobre mis fantasmas”, relata.
Y hablar de El Marasmo, la depresión, asegura que es “quien me incita a consumir estupefacientes compulsiva a irresponsablemente. Quien me mantiene dolorida para convertirme en una yonki kamikaze. La trampa perfecta”.
Fuma mucho y bebe vodka sin control. “El alcohol, más allá de consumirlo para pasar el muermo de las salidas nocturnas, o por diversión estando de gira, más allá de eso me resbalaba absolutamente. Ahora, sin embargo, no puedo pasar sin ello. Si lo bebo me río. Soy feliz. Ajena a todo. Inconsciente. Ebria. Embriagada. Borracha perdida. Si lo dejo me vengo abajo como un castillo de naipes. Vivir para ver y ver para no creer lo que ves ni yendo puesta hasta el culo de todo. Ni siquiera lo había probado hasta la primavera pasada (el vodka, el alcohol sí, como ya he dicho). Pero es que la menopausia me está jodiendo viva en toda su gloria", comparte sobre su situación actual.
Fibromialgia
Las cartas que le ha repartido la vida no han sido las mejores. A todo lo que cuenta, se une un diagnóstico de fibromialgia. “En realidad tuve la buenísima suerte de sentir los primeros signos preocupantes tarde, a los 33, si no me equivoco, y que esa chiripa me permitió cantar todo lo que quise y como quise junto a mi hermana (razón por la que nací y por la que sobreviví a la adolescencia) desde los 16 hasta entonces. Con eso debería bastarme y sobrarme y, de facto, me basta y me sobra. Podría haber sido peor. Mucho. Podría habérmelo quitado todo antes de empezar siquiera. Pero no fue así”, expresa quedándose con lo positivo.
Pensamientos suicidas
“Yo no vivo a la fuerza. Vivo porque quiero (en teoría). Porque nadie puede obligar a vivir a un adulto en sus plenas facultades (también en teoría). Pero sobre todo vivo porque, aunque me avergüence admitírmelo a mí misma, no tengo huevos para matarme. El suicidio requiere mucho valor, pese a la estúpida creencia general de que se trata de un acto de cobardía (hay que joderse) [...] Resumiendo, si yo tuviera el coraje de matarme lo habría hecho hace mucho tiempo”, confiesa de la manera más cruda que puede hacerlo.
Esperemos que este libro haya sido terapéutico para ella. Liberar los fantasmas, a veces ayuda a lidiar con ellos. Será el 2 de septiembre cuando llegue a las librerías este aterrador relato tan cargado de realidad y honestidad.















