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La carta de Shakira en El País que ha revolucionado su residencia: "Aquí ocurre algo que el mundo merece ver"

La colombiana habla del poder de la música, la inmigración, la sociedad dividida, el odio...

Shakira, preparada para la inauguración del Mundial de Fútbol 2026

La publicación de una carta abierta de Shakira en El País ha sacudido el panorama mediático y cultural en España y Latinoamérica, convirtiéndose en uno de los gestos más comentados de la artista en los últimos años. La cantante colombiana, acostumbrada a expresarse a través de su música ha optado esta vez por un formato directo y reflexivo para abordar un asunto que considera urgente y profundamente personal: el poder de la música, la inmigración, la sociedad dividida, el odio...

Su texto llega en un momento de especial sensibilidad social y política, y se presenta como una llamada de atención que busca trascender el ruido habitual que rodea a cualquier figura de su dimensión pública. La carta no solo revela la preocupación de la de Barranquilla sino también una voluntad clara de influir en el debate público desde un lugar íntimo: "Dentro de 18 días comienzo en Madrid una residencia de 12 conciertos. Los números me abruman: más de 600.000 entradas, la residencia más grande de la historia de Europa, un estadio para 55.000 personas que se levanta en Villaverde, construido para la música y no para el fútbol. Pero no escribo para hablar de números, sino para contar por qué (...). Elegí responder con una celebración: la más grande que fuéramos capaces de imaginar. Porque la respuesta más poderosa al miedo es existir con toda la fuerza, toda la alegría y toda la dignidad del mundo".

La colombiana no quiere solo ofrecer una residencia musical sino también unir a todo un planeta que late al ritmo de sus canciones. Este es el texto completo de la carta que Shakira ha enviado a El País:

Hay una frase que me acompaña desde niña, aunque tardé años en entenderla del todo. Es de Gabriel García Márquez, y dice que las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra. Siempre la leí como una advertencia. Hoy la leo como un desafío: ¿y si la segunda oportunidad existiera? ¿Y si estuviera donde siempre estuvo en el vínculo, en el abrazo, en no dejarnos solos?

Dentro de 18 días comienzo en Madrid una residencia de 12 conciertos. Los números me abruman: más de 600.000 entradas, la residencia más grande de la historia de Europa, un estadio para 55.000 personas que se levanta en Villaverde, construido para la música y no para el fútbol. Pero no escribo para hablar de números, sino para contar por qué.

Esto empezó con dolor. Empezó cuando vi a nuestra gente perseguida por el solo hecho de ser latina, familias obligadas a vivir con miedo. Frente a eso, la rabia es legítima. Pero yo elegí responder con una celebración: la más grande que fuéramos capaces de imaginar. Porque la respuesta más poderosa al miedo es existir con toda la fuerza, toda la alegría y toda la dignidad del mundo.

Así es la ciudad efímera de Shakira: el Makondo Park

Y para esa celebración elegí Madrid. Porque aquí ocurre algo que el mundo merece ver: la inmigración latina no es tolerada, es celebrada. España la ha abrazado, y ese abrazo la ha hecho más joven, más pujante, más creativa. La integración conmueve por su naturalidad, quizás porque hace cinco siglos fueron los españoles quienes cruzaron el océano. Compartimos lengua, memoria, gestos, sobremesas. El Atlántico, entre nosotros, dejó de ser un océano hace mucho tiempo. Es un lazo. De Madrid se dice que quien no es de ningún lado es de aquí.

Por eso, junto al estadio, estamos construyendo algo más: una ciudad. Treinta hectáreas para celebrar y entender nuestra cultura, con más de cien artistas amigos, donde cada visitante podrá atravesar lo latino por el camino que elija: literatura, danza, música, moda, gastronomía, cine, arte. Una ciudad para encontrarnos, atravesada por un concepto que es el corazón de todo esto: el vínculo latino en la era de la soledad digital.

Vivimos una época extraordinaria y peligrosa a la vez. No soy de las que reniegan del futuro, pero ya sabemos algo con certeza: esta época tiene una capacidad inédita de aislarnos. Millones de personas miran la vida de otros a través de una pantalla, cada vez más solas, más ansiosas, más enfermas. La soledad se ha convertido en una epidemia silenciosa que los médicos ya miden como cualquier otra enfermedad. Yo lo he sentido. Tú lo has sentido.

Frente a esa epidemia, los latinos tenemos algo que ofrecer. No es ciencia, es algo anterior a la ciencia. Está en nuestro ADN cultural: el abrazo, el baile, la mesa compartida, el vínculo como forma de sobrevivir. Somos una cultura que convirtió el dolor en ritmo, que aprendió en cinco siglos de mezcla que nadie se salva solo. El mundo entero lo intuye: por eso nuestra música y nuestro baile cruzan todas las fronteras. El mundo no consume lo latino por moda: lo busca porque reconoce en él las herramientas que va a necesitar. La receta contra la soledad digital ya existe. La escribimos nosotros, sin saberlo, durante quinientos años.

Y si hablo de mezcla, hablo de mí. Nací en un continente que lleva el nombre de un italiano, Américo Vespucio. En un país que lleva el de otro, Colón, que cruzó el océano financiado por la Corona española. Me crie en Barranquilla, donde el corazón aprende a latir al ritmo del tambor africano antes de aprender a hablar. En mi Colombia hay un pueblo, San Basilio de Palenque, donde todavía se habla una lengua nacida de África —y fue el primer pueblo libre de América—. Llevo en la sangre a los españoles que vinieron a América, en las caderas el ritmo del Medio Oriente de mi padre, y la resiliencia de los pueblos originarios de esta tierra. Y tengo dos hijos españoles, la mezcla no terminó hace cinco siglos: sigue ocurriendo, ahora, en ellos. Yo no hablo de la mezcla: yo soy esa mezcla. Mi música es esa mezcla. Y lo que quiero celebrar en Madrid es, sencillamente, qué bien nos quedó estar tan mezclados.

Shakira, en el medio tiempo de la final del Mundial 2026. / Erick W. Rasco

García Márquez fue el gran explorador de ese territorio. Nadie entendió como él los vínculos, la imaginación, la felicidad, la mezcla que somos. Macondo no es un pueblo: es un espejo. Por eso él inspira todo lo que estamos construyendo: nos enseñó que en nuestra cultura lo real y lo mágico conviven sin conflicto, y que eso no es ingenuidad, sino sabiduría.

Y quiero proponer algo más, con todo el respeto y todo el cariño. No hablemos solo de hispanidad: hablemos de latinidad, un abrazo todavía más amplio. La hispanidad es hermosa, pero se queda corta para todo lo que somos. El español es latino; el portugués, el italiano y el francés también. Y todos los latinoamericanos somos latinos. Brasil, el país más grande de América Latina, no habla español, habla portugués. La hispanidad no alcanza a abrazarlo; la latinidad sí. Somos una nación sin fronteras que lleva cinco siglos construyéndose: la mezcla de África, América y el sur de Europa. No juzgo con la mirada de hoy a los humanos de hace quinientos años; me quedo con lo que somos: una fusión que es nuestra riqueza.

Y ahí es donde entra la música, mi oficio, mi vida entera. Porque la música hace exactamente lo contrario que la pantalla. La pantalla te separa; la música te junta. Una canción no te pregunta de dónde vienes ni qué pasaporte tienes. Te dice: canta conmigo, baila conmigo, llora conmigo si hace falta. Y de repente, ya no estás solo.

Por eso el cierre de cada noche será un carnaval. Porque el carnaval es la expresión máxima de un pueblo que nació de esa fusión. ¿Cómo no pasar por Cádiz y Canarias, por mi Barranquilla, por Brasil, por el Caribe, por Centroamérica? El carnaval es África, América y Europa bailando juntas, colores, talentos, abrazos, risas. Será nuestro acto psicomágico: todos juntos, diciendo en voz alta lo que este proyecto quiere demostrar.

Que en Madrid somos todos latinos.

Que la soledad no tiene por qué durar cien años.

Y que las estirpes que aprenden a abrazarse sí tienen una segunda oportunidad sobre la tierra.