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Bosques plantados vs. bosques naturales: por qué no son lo mismo aunque lo parezcan

Plantar árboles puede ayudar a recuperar terrenos degradados y capturar CO₂, pero una plantación forestal no tiene necesariamente la misma biodiversidad ni cumple las mismas funciones ecológicas que un bosque que se ha desarrollado de forma natural.

Los bosques juegan un papel esencial en el equilibrio del planeta. / Daniel Garrido

A primera vista, puede parecer que un bosque es simplemente un lugar lleno de árboles. Sin embargo, detrás de esa imagen hay ecosistemas extraordinariamente complejos en los que conviven plantas, animales, hongos y microorganismos que mantienen relaciones entre sí. Por eso, cuando vemos una superficie cubierta de árboles no siempre estamos ante el mismo tipo de ecosistema: la forma en la que se ha creado ese bosque importa tanto como el número de árboles que contiene.

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) distingue entre los bosques que se regeneran de manera natural y aquellos cuyos árboles han sido plantados o sembrados deliberadamente. Dentro de estos últimos existe además una categoría más concreta: las plantaciones forestales, normalmente gestionadas de forma intensiva, con una o dos especies, árboles de edades similares y una distribución regular. Pero no todos los bosques plantados son plantaciones de este tipo: algunos se crean precisamente con objetivos de restauración ecológica.

La diversidad crea una estructura mucho más compleja

La diferencia se entiende mejor cuando dejamos de fijarnos únicamente en los troncos. En un bosque natural hay árboles de distintas edades y tamaños, arbustos, plantas herbáceas, madera muerta, claros y una enorme variedad de organismos que utilizan esos elementos para alimentarse, reproducirse o refugiarse. Esa diversidad crea una estructura mucho más compleja y hace que un bosque natural sea también un hábitat para una gran cantidad de especies.

Mucho más que árboles

¿Significa eso que plantar árboles sea inútil? No, ni mucho menos. Los bosques plantados pueden desempeñar funciones ambientales importantes: proteger el suelo, ayudar a conservar el agua, recuperar terrenos degradados, almacenar carbono y proporcionar refugio o alimento a determinadas especies. También pueden servir para producir madera y otros recursos sin ejercer tanta presión sobre determinados bosques naturales.

De hecho, la FAO estima que en 2020 había alrededor de 294 millones de hectáreas de bosques plantados en todo el mundo, aproximadamente el 7% de la superficie forestal global. De toda esa extension, unos 131 millones de hectáreas correspondían específicamente a plantaciones forestales. El resto eran bosques plantados que no encajaban en esa categoría de plantaciones intensivas y que podían tener objetivos ambientales, productivos o de restauración.

Los bosques naturales y los plantados son muy diferentes. / Daniel Garrido

El problema aparece cuando se considera que plantar árboles equivale automáticamente a restaurar un bosque. Una plantación de una sola especie puede generar rápidamente una cubierta vegetal y acumular carbono, pero no reproduce necesariamente la complejidad de un ecosistema que ha evolucionado durante décadas o siglos. La propia FAO señala que los bosques plantados pueden complementar a los naturales, pero no pueden sustituir sus funciones como grandes reservorios de biodiversidad.

También importa qué se planta y dónde. Utilizar especies adecuadas para las condiciones del lugar y aumentar la diversidad de árboles puede hacer que un bosque plantado sea más resistente y aporte más beneficios ecológicos. Por el contrario, una plantación muy homogénea puede ser más vulnerable a determinadas plagas, enfermedades o perturbaciones. Por eso, no basta con contar árboles: hay que preguntarse qué árboles son, cómo están distribuidos y qué ocurre alrededor de ellos.

Los bosques plantados pueden contribuir a mitigar el calentamiento global

Hay además una cuestión fundamental cuando hablamos de cambio climático. Los árboles absorben CO₂ mientras crecen y almacenan parte de ese carbono en su biomasa, por lo que los bosques plantados pueden contribuir a mitigar el calentamiento global. Pero el resultado depende de cómo se gestione ese bosque, cuánto tiempo permanezca almacenado el carbono y qué uso tenga la madera obtenida. Si una plantación sustituye a un ecosistema natural que ya almacenaba grandes cantidades de carbono, el balance puede ser muy diferente.

Por eso, en algunos lugares la mejor estrategia para recuperar un bosque puede ser plantar árboles, mientras que en otros puede ser preferible dejar que la naturaleza se regenere por sí misma. Si todavía quedan semillas, raíces, árboles adultos o fragmentos de vegetación autóctona en las proximidades, la regeneración natural puede permitir que aparezcan progresivamente distintas especies y estructuras sin necesidad de plantar cada árbol.