Zelandia: el continente perdido bajo el océano
Ocupa casi cinco millones de kilómetros cuadrados en el Pacífico y más del 90% de su superficie permanece sumergida desde hace millones de años.
El lago Alexandrina, en Nueva Zelanda. / Napatt Nanthisantiphol
Cuando pensamos en los continentes de la Tierra, normalmente nos vienen a la cabeza Europa, Asia, África, América, Oceanía y la Antártida. Pero existe otro territorio que resulta mucho más difícil de ver en los mapas: Zelandia, una gigantesca masa de corteza continental que permanece prácticamente por completo bajo las aguas del Pacífico.
Zelandia se extiende por el suroeste del océano Pacífico y tiene una superficie de alrededor de 4,9 millones de kilómetros cuadrados, una extensión comparable a la de la India. La diferencia es que casi todo ese territorio está sumergido. Solo alrededor del 7% de su superficie queda por encima del nivel del mar, con Nueva Zelanda como su parte emergida más conocida y otras islas y territorios, como Nueva Caledonia, también vinculados geológicamente a este continente.
Pero ¿cómo puede acabar un continente entero bajo el océano? La respuesta está en la tectónica de placas. Zelandia formó parte de Gondwana, el enorme supercontinente del que también surgieron territorios que hoy conocemos como Australia, la Antártida, Sudamérica o África. Hace aproximadamente 80 millones de años comenzó a separarse de esa gran masa terrestre y, durante ese proceso, su corteza se estiró y adelgazó.
El lento hundimiento
Al hacerse más delgada, gran parte de Zelandia quedó por debajo del nivel del mar. No fue un hundimiento repentino ni un cataclismo como los que suelen aparecer en las películas sobre continentes desaparecidos. El proceso tuvo lugar a lo largo de millones de años, hasta convertir esta enorme región en uno de los territorios más peculiares del planeta.
La pregunta entonces es evidente: si casi todo está bajo el agua, ¿cómo saben los científicos que Zelandia existe? Una de las claves está en estudiar qué hay debajo del fondo marino. La corteza continental es diferente de la oceánica: suele ser más gruesa, menos densa y presenta una composición geológica característica.
Durante mucho tiempo, este territorio había pasado prácticamente desapercibido
Para reconstruir Zelandia, los investigadores han utilizado técnicas como la sísmica y la batimetría, que permite elaborar mapas detallados del relieve del fondo del océano mediante ondas sonoras. También se han extraído muestras de rocas mediante perforaciones. Entre ellas aparecen granitos y rocas metamórficas propias de la corteza continental, evidencias que ayudan a distinguir Zelandia del suelo oceánico que la rodea.
Todo ese trabajo permitió dibujar los límites de un territorio que durante mucho tiempo había pasado prácticamente desapercibido. En 2017, un grupo de geólogos propuso formalmente considerar Zelandia como un continente, basándose en criterios como su extensión, su corteza continental diferenciada y su identidad geológica. La propuesta tuvo una amplia repercusión científica, aunque no existe una institución internacional única encargada de decidir oficialmente cuántos continentes tiene la Tierra.
Placas activas
Nueva Zelanda ocupa una posición especialmente llamativa dentro de esta historia. Lo que vemos sobre el nivel del mar es solo una pequeña parte de una estructura continental mucho mayor. Sus montañas y su intensa actividad tectónica están relacionadas con la compleja interacción de las placas que atraviesan la región, una de las zonas geológicamente más activas del planeta.
Además, Zelandia ofrece a los científicos una oportunidad única para estudiar cómo nacen, se separan y cambian los continentes. Su historia demuestra que los mapas del mundo no son algo permanente, sino una fotografía momentánea de un planeta que lleva miles de millones de años transformándose.
Por eso, aunque a menudo se hable de Zelandia como "el continente perdido", en realidad nunca desapareció. Sigue ahí, bajo el Pacífico, con sus montañas, mesetas y cuencas ocultas por cientos de metros de agua. Solo una pequeña parte asoma a la superficie. El resto permanece escondido, convertido en uno de los ejemplos más sorprendentes de que todavía podemos descubrir cosas nuevas incluso sobre nuestro propio planeta.
