50 años de la llegada de David Bowie a Berlín: la ciudad donde tuvo que desaparecer para volver a encontrarse
Compartió vida cotidiana con Iggy Pop y abrió una de las etapas más audaces de su carrera

David Bowie, en concierto en Berlín en 1978. / ullstein bild
En el número 155 de Hauptstrasse no había demasiado que recordara a una estrella internacional del rock. Un edificio de apartamentos en Schöneberg, una calle bastante corriente del Berlín Oeste y, a escasos metros, un café donde era posible sentarse sin provocar una estampida: exactamente lo que necesitaba David Bowie. El 1 de octubre de 1976 comenzó la etapa berlinesa de un hombre que llegaba después de vivir demasiado deprisa; durante los dos años siguientes compartiría allí buena parte de su vida cotidiana con Iggy Pop y encontraría en aquella ciudad dividida el anonimato suficiente para reconstruirse.
Venía de Los Ángeles, donde su existencia se había vuelto difícilmente sostenible. Station to station, publicado en enero de 1976, era un disco formidable, pero Bowie atravesaba uno de sus periodos más oscuros: apenas comía, consumía cocaína compulsivamente y había creado un personaje, el Thin White Duke, cuya frialdad empezaba a confundirse peligrosamente con la del hombre que lo interpretaba. Después de la gira Isolar necesitaba cambiar de escenario antes de que aquel escenario terminara con él.
Berlín ofrecía justamente lo contrario de California: era una isla occidental rodeada por la RDA, atravesada por el Muro y todavía marcada físicamente por la guerra, pero también una ciudad barata, culturalmente inquieta y suficientemente indiferente a la celebridad como para que Bowie pudiera caminar por la calle, visitar museos, ir en bicicleta o entrar en un bar sin comportarse continuamente como David Bowie. Él mismo quedó sorprendido por la sensación de libertad que encontró en una ciudad que, paradójicamente, estaba cercada.
LOS40 Classic
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En aquella nueva vida desempeñó un papel fundamental Iggy Pop, que atravesaba también una situación personal delicada después de la desaparición de The Stooges y sus propios problemas con las drogas. Bowie admiraba profundamente su talento y decidió ayudarlo a reconstruir una carrera; Iggy, por su parte, le proporcionaba una compañía que nada tenía que ver con el séquito que lo había rodeado en Estados Unidos.
Compartieron inicialmente el apartamento de Hauptstrasse 155, aunque Iggy terminaría instalándose en otro piso del mismo edificio. Compraban comida, frecuentaban el café de al lado —entonces llamado Anderes Ufer—, salían por la noche y descubrían una ciudad donde podían permitirse algo insólito: cierta normalidad.
La convivencia produjo además una cantidad extraordinaria de música. Bowie había empezado a trabajar con Iggy en The idiot antes de instalarse definitivamente en Berlín y después llegaría Lust for life, publicado en 1977, con canciones como “The passenger”, “Tonight” o “Lust for life”. Bowie compuso, produjo y tocó varios instrumentos, e incluso acompañó discretamente a Iggy como teclista durante su gira; resultaba curioso verlo voluntariamente en segundo plano después de haber pasado años construyendo algunos de los personajes más llamativos del rock.

Mientras ayudaba a reconstruir la carrera de Iggy, Bowie estaba transformando también su propia música. Low, publicado en enero de 1977, desconcertó a buena parte de quienes esperaban una continuación reconocible de Station to station: una cara contenía canciones breves, fragmentarias y extrañas, mientras la otra se adentraba en territorios instrumentales y ambientales. Brian Eno fue fundamental como colaborador y Tony Visconti coprodujo el álbum junto a Bowie; la influencia de la música alemana de Kraftwerk, Neu!o Harmonia convivía con la experimentación electrónica y una nueva manera de componer.
Conviene aclarar aquí una confusión histórica que se ha repetido durante décadas. Aunque Low, Heroes y Lodger son conocidos universalmente como la trilogía de Berlín, los tres discos no fueron grabados íntegramente allí. Low se registró principalmente en el Château d'Hérouville, en Francia, y se completó en Hansa, mientras que Lodger se grabó entre Suiza y Nueva York. La denominación describe mejoruna etapa creativaque una localización estrictamente geográfica.
El disco verdaderamente berlinés fue Heroes, grabado durante el verano de 1977 en Hansa, muy cerca del Muro, con Bowie, Visconti y Eno nuevamente en el centro del experimento y Robert Fripp aportando aquellas guitarras que parecían flotar sobre las canciones. Allí nació “Heroes”, inspirada en parte por la visión de una pareja besándose junto al Muro; Bowie revelaría posteriormente que aquellos amantes eran Tony Visconti y la cantante Antonia Maass.
La estancia afectó también profundamente al hombre que hacía aquellos discos. Bowie pintaba, leía, visitaba galerías y se interesaba especialmente por el expresionismo alemán, al tiempo que comenzó a llevar una vida bastante más disciplinada y redujo drásticamente el consumo de cocaína que lo había llevado al límite. Sería exagerado convertir Berlín en una especie de gigantesca clínica de rehabilitación —siguieron existiendo noches largas y excesos—, pero la ciudad le permitió romper con la dinámica autodestructiva de Los Ángeles y recuperar parcelas de vida cotidiana que prácticamente habían desaparecido.
Cuando aquella etapa terminó, el músico que salió de Berlín era considerablemente distinto del que había llegado. Había ayudado a devolver a Iggy Pop una carrera, incorporado la electrónica y la vanguardia europea a su propio lenguaje y producido una música cuya influencia se extendería inmediatamente hacia el post-punk, la new wave y buena parte del rock electrónico de los años siguientes. La llamada trilogía berlinesa acabaría convirtiéndose en referencia para músicos que todavía ni siquiera habían formado sus grupos.
Bowie había pasado buena parte de su carrera inventando personajes para llamar la atención y en Berlín hizo algo mucho más extraño: intentó dejar de llamar la atención durante un rato. Entre un apartamento corriente, los estudios Hansa, el Muro y aquella convivencia peculiar con Iggy Pop encontró la posibilidad de volver a ser una persona antes que un personaje; precisamente de esa retirada, casi doméstica por momentos, nació una de las transformaciones artísticas más fértiles e influyentes de toda su carrera.













