Diez años del Nobel de Literatura a Bob Dylan: ¿cómo acabó un cantante ganando el premio de los escritores?
La Academia Sueca reconoció sus letras como poesía y provocó uno de los mayores debates culturales de nuestro tiempo

Bob Dylan tardó varios días en reaccionar a la concesión del prestigioso galardón. / Michael Kovac
La noticia tenía algo de broma imposible: el hombre que llevaba medio siglo esquivando etiquetas acababa de recibir una de las más solemnes que existen. Bob Dylan, que había pasado buena parte de su vida sobre escenarios, cantando con aquella voz áspera y cambiando de dirección cada vez que el público creía haberlo comprendido, era Premio Nobel de Literatura. El 13 de octubre de 2016, la Academia Sueca sorprendió al mundo al reconocer a un músico de 75 años cuya obra principal se encontraba en discos y canciones, y abrió una discusión que todavía resulta fascinante: ¿puede una letra concebida para ser cantada tener el mismo valor literario que un poema escrito para ser leído?
La justificación oficial fue breve: Dylan había creado «nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense». La Academia evitaba así presentar el galardón como un premio a su popularidad o a su influencia musical; lo que estaba reconociendo era su capacidad para transformar el lenguaje de las canciones y convertirlo en un vehículo de imaginación, narración y pensamiento.
Sara Danius, entonces secretaria permanente de la Academia Sueca, explicó la decisión recurriendo a Homero y Safo, cuyos textos poéticos estaban concebidos para ser escuchados e interpretados. Durante siglos, la literatura había vivido estrechamente vinculada a la oralidad y a la música, de modo que separar radicalmente la canción de la poesía era una costumbre bastante más moderna de lo que parecía.
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En el caso de Dylan, además, había argumentos de sobra para defender aquella relación. Cuando apareció en Greenwich Village a comienzos de los sesenta, la canción popular estadounidense estaba profundamente arraigada en el folk, el blues y las narraciones tradicionales. Dylan absorbió aquel patrimonio y comenzó a escribir textos de una ambición extraordinaria, capaces de mezclar imágenes bíblicas, personajes históricos, surrealismo, humor, protesta política y conflictos íntimos.
“Blowin' in the wind” y “The times they are a-changin'” se convirtieron en himnos de una generación, pero canciones como “A hard rain's a-gonna fall”, “Desolation row”, “Visions of Johanna” o “Tangled up in blue” demostraban algo todavía más interesante: una canción podía contener personajes, perspectivas narrativas cambiantes y una complejidad poética que desbordaba los límites habituales del pop.
Dylan había publicado libros, naturalmente. Tarantula, escrito en los sesenta y publicado en 1971, era una obra experimental de prosa poética; Chronicles: Volume One, aparecido en 2004, ofrecía unas memorias tan fascinantes como deliberadamente esquivas. Pero el Nobel no se lo concedieron por esos libros, sino por las letras de sus canciones, y precisamente ahí residía la audacia de la decisión.

Las reacciones fueron inmediatas y muy divididas. Salman Rushdie celebró la elección y recordó la tradición de los grandes poetas vinculados a la oralidad, mientras Joyce Carol Oates destacó el carácter literario de las letras de Dylan. Otros escritores consideraron que la Academia estaba confundiendo disciplinas y dejando sin reconocimiento a novelistas y poetas que habían dedicado toda su vida a la página impresa. Irvine Welsh, admirador de Dylan, calificó el premio de una desafortunada concesión nostálgica.
Leonard Cohen, probablemente uno de los músicos cuya obra podía compararse con la de Dylan por su ambición poética, respondió con una imagen memorable: premiarlo era como ponerle una medalla al Everest por ser la montaña más alta. Su comentario reconocía la grandeza del estadounidense y sugería, al mismo tiempo, que semejante consagración resultaba casi innecesaria.
Y mientras escritores, periodistas y lectores discutían apasionadamente, Dylan guardaba silencio. La Academia tuvo dificultades para contactar con él y pasaron varios días antes de que reaccionara públicamente. Cuando finalmente habló del premio, reconoció su sorpresa y agradecimiento, aunque después anunció que no asistiría a la ceremonia de Estocolmo por compromisos previos. El 10 de diciembre, la embajadora estadounidense Azita Raji leyó su discurso de agradecimiento y Patti Smith interpretó “A hard rain's a-gonna fall”, emocionándose hasta perder momentáneamente el hilo de la canción.
Dylan recibió finalmente la medalla y el diploma en una ceremonia privada en Estocolmo, en abril de 2017, y posteriormente entregó su conferencia Nobel. En ella habló de la influencia de Moby Dick, La odisea y Sin novedad en el frente, mostrando hasta qué punto la literatura había alimentado su manera de escribir canciones.
El premio tuvo una consecuencia cultural que iba mucho más allá de su protagonista: obligó a revisar las fronteras entre la literatura escrita y la cantada, y reconoció que millones de personas habían entrado en contacto con imágenes poéticas extraordinarias a través de un disco, una radio o un concierto.
Diez años después, el debate conserva todo su interés. Puede discutirse si aquel Nobel debía haber correspondido a un novelista o a un poeta, pero resulta difícil negar que Dylan cambió para siempre lo que podía decirse dentro de una canción. La Academia Sueca decidió que aquella revolución también pertenecía a la historia de la literatura; probablemente Dylan habría preferido ahorrarse la ceremonia y seguir haciendo lo que llevaba décadas haciendo: escribir canciones y salir a cantarlas.













