25 años del día en que prohibieron a Bob Dylan entrar en su propio concierto

Tras los atentados del 11-S, el músico solicitó un refuerzo de su dispositivo de seguridad, aunque tres vigilantes llevaron sus instrucciones al extremo

Bob Dylan, en concierto en 2001. / ullstein bild

Un hombre delgado, de cabello revuelto y sin ninguna acreditación intentó cruzar un control de seguridad situado junto a los camerinos de un recinto de conciertos en Oregón. Tres vigilantes le impidieron el paso porque tenían órdenes estrictas de no dejar entrar a nadie sin el pase correspondiente. El desconocido parecía desconcertado, pero los empleados se mantuvieron firmes; al fin y al cabo, estaban cumpliendo con su trabajo. El problema era que aquel hombre era Bob Dylan y que, pocas horas después, debía actuar en el mismo escenario al que acababan de negarle el acceso.

La escena ocurrió en el Jackson County Exposition Center de Central Point, cerca de Medford, y resulta difícil entenderla sin recordar lo que estaba viviendo Estados Unidos. Apenas habían transcurrido cinco semanas desde los atentados del 11 de septiembre, el país seguía conmocionado y las medidas de seguridad se habían endurecido en aeropuertos, edificios públicos y espectáculos multitudinarios. Dylan, que estaba recorriendo Estados Unidos para presentar su nuevo álbum, Love and theft, había solicitado personalmente que se reforzara la vigilancia durante sus conciertos.

La orden transmitida por su jefe de seguridad era inequívoca: nadie podía acceder a la zona de camerinos sin una acreditación oficial, y nadie significaba absolutamente nadie. Los tres empleados contratados para controlar aquel acceso, todos ellos treintañeros, se limitaron a cumplirla cuando apareció un individuo que no llevaba el pase correspondiente.

Ni siquiera quedó claro si reconocieron al músico. Chris Borovansky, responsable del recinto, explicó posteriormente que quizá habrían identificado con mayor facilidad a una estrella del country como George Strait, bastante más familiar para una parte del público de aquella región. Dylan, con sesenta años recién cumplidos, tampoco era precisamente un artista conocido por preocuparse demasiado de mantener una imagen fácilmente reconocible.

Cuando intentó pasar, una de las vigilantes levantó las manos y lo detuvo suavemente. La situación se volvió incómoda, hubo una discusión y finalmente apareció el responsable de seguridad de la gira, que se indignó al descubrir que sus propias instrucciones habían terminado volviéndose contra su jefe. Según la información difundida entonces por Associated Press, tanto él como Dylan exigieron que los vigilantes fueran expulsados de sus puestos.

Borovansky aceptó apartarlos, aunque después prefirió explicar que habían sido trasladados a otras funciones. Y añadió un detalle que constituye probablemente lo mejor de toda la historia: les dijo que habían hecho un gran trabajo.

La anécdota contenía una gran contradicción: Dylan llevaba décadas defendiendo la independencia individual, desconfiando de la autoridad y burlándose de las convenciones, pero aquella noche se encontró con tres trabajadores que habían interpretado literalmente una norma establecida por su propio equipo. El artista acostumbrado a escapar de cualquier definición había terminado atrapado por una instrucción administrativa.

Además, atravesaba un momento profesional extraordinario. Love and theft, publicado precisamente el 11 de septiembre de 2001, había recibido críticas magníficas y confirmaba la recuperación artística iniciada con Time out of mind en 1997. Canciones como “Mississippi”, “Summer days” o “High water (for Charley Patton)” mostraban a un Dylan profundamente conectado con el blues, el swing y las raíces de la música estadounidense, capaz de seguir reinventando su repertorio después de cuarenta años de carrera.

La gira formaba parte de su interminable actividad en directo, aquella Never Ending Tour que había comenzado en 1988 y que lo mantenía permanentemente en movimiento. En una época marcada por la incertidumbre posterior al 11-S, los conciertos ofrecían también una forma de recuperar cierta normalidad, aunque los controles de acceso recordaran que muchas cosas habían cambiado.

Finalmente, Dylan pudo entrar y el concierto se celebró. Aquella noche interpretó canciones de distintas etapas de su carrera, entre ellas “Don't think twice, it's all right”, “Tangled up in blue” y “Like a rolling stone”, junto a material de su nuevo disco.

La prensa recogió el incidente unos días después y lo convirtió en una de esas pequeñas historias que parecen inventadas para explicar el carácter de un personaje. Lo curioso es que la versión más amable, según la cual Dylan habría felicitado personalmente a los vigilantes por su profesionalidad, no coincide con las crónicas contemporáneas: quien reconoció su buen trabajo fue el responsable del recinto, después de que el cantante hubiera pedido apartarlos.

El episodio conserva toda su gracia porque coloca a una leyenda de la música frente a tres empleados que desconocían, o decidieron ignorar, la jerarquía habitual de las estrellas. Dylan había pedido que nadie pudiera entrar sin acreditación y los vigilantes obedecieron. Durante unos minutos, ni siquiera Bob Dylan tuvo permiso para ser Bob Dylan.