La Antártida también es verde: descubren 92 lugares clave para proteger su vegetación
Aunque apenas ocupa 44 kilómetros cuadrados, la flora del continente helado desempeña un papel fundamental en sus ecosistemas. Un estudio internacional advierte de que casi el 80% de esta vegetación carece de protección.
La Antártida tiene una superficie de 14 millones de kilómetros cuadrados. / Anadolu
A menudo, cuando pensamos en la Antártida, lo primero que nos viene a la cabeza son gigantescas extensiones de hielo, glaciares, pingüinos y frío. Mucho frío. Sin embargo, el continente helado también tiene su pequeño mundo vegetal. Musgos, líquenes y algunas plantas especialmente resistentes a las temperaturas extremas consiguen sobrevivir. Y ahora, una investigación internacional ha identificado 92 lugares cuya protección resulta prioritaria para garantizar su futuro.
El estudio, publicado en la revista científica Biological Conservation y liderado por la Universidad de Edimburgo, ofrece un dato revelador: la vegetación antártica ocupa apenas 44 kilómetros cuadrados, lo que representa el 0,00031% de la superficie continental. Una extensión diminuta que, pese a su tamaño, alberga una biodiversidad de enorme valor ecológico.
De hecho, en toda la Antártida únicamente crecen de forma natural dos especies de plantas con flor: el clavel antártico (Colobanthus quitensis) y el pasto antártico (Deschampsia antarctica). A ellas se suman unas 150 especies de musgos y hepáticas y cerca de 400 de líquenes. Todos estos organismos han desarrollado sorprendentes mecanismos de supervivencia para resistir el frío, la escasez de agua y las durísimas condiciones ambientales.
Especies vegetales como el musgo están presentes en la Antártida. / Alessandro Dahan
Los musgos, por ejemplo, pueden deshidratarse cuando las condiciones son desfavorables y recuperar su actividad cuando vuelve a haber agua disponible. Pero su importancia va mucho más allá de esta extraordinaria capacidad: contribuyen a regular los ciclos del agua y del carbono y proporcionan alimento y refugio a pequeños invertebrados y microorganismos.
Un ecosistema diminuto y amenazado
El problema es que buena parte de este patrimonio natural se encuentra desprotegido. Según los investigadores, solo el 21,4% de la cubierta vegetal antártica está incluido en áreas protegidas. En algunas regiones, el porcentaje ni siquiera alcanza el 10%, lo que deja a comunidades biológicas únicas expuestas a distintas amenazas.
Para identificar dónde resulta más urgente actuar, el equipo científico ha combinado imágenes de satélite de alta resolución con modelos de biodiversidad. El resultado es un mapa de 92 enclaves prioritarios para la conservación, entre los que figuran la península de Fildes, el valle de Taylor y las colinas de Vestfold. La selección tiene en cuenta tanto el valor ecológico de cada zona como las amenazas que soporta.
La actividad humana aumenta el riesgo de alterar estos ecosistemas
Y esas amenazas son cada vez mayores. El calentamiento global está transformando rápidamente algunas regiones antárticas, mientras que la actividad humana, especialmente la presencia de bases científicas y el turismo, aumenta el riesgo de alterar unos ecosistemas extremadamente delicados. La llegada de especies invasoras constituye uno de los peligros más preocupantes: plantas transportadas accidentalmente por los visitantes pueden establecerse y competir con la vegetación autóctona.
A todo ello se añade un fenómeno aparentemente contradictorio: la Antártida se está volviendo más verde por culpa del cambio climático. En la península Antártica, la superficie cubierta de vegetación pasó de 0,86 kilómetros cuadrados en 1986 a casi 12 en 2021, multiplicándose aproximadamente por catorce.
Pero que haya más plantas no significa necesariamente que la naturaleza esté mejor. El aumento de las temperaturas modifica las condiciones ambientales, transforma los ecosistemas y puede favorecer la expansión de especies que antes no conseguían sobrevivir allí. El reverdecimiento antártico es, por tanto, una señal de transformación climática, no una prueba de recuperación ambiental.
Los investigadores ya han presentado su propuesta de protección ante el Comité para la Protección del Medio Ambiente del Tratado Antártico. Su mensaje es claro: proteger la Antártida no consiste únicamente en conservar sus glaciares y sus animales más emblemáticos. También implica cuidar esos pequeños oasis verdes que, aunque apenas ocupan una mínima fracción del continente, forman parte de un equilibrio ecológico tan excepcional como vulnerable.
