Calmas necesarias

El zaragozano realizó en Salamanca el segundo concierto de su gira de presentación de El viaje a ninguna parte, su nuevo disco

Salamanca acogió el segundo concierto del nuevo viaje discográfico de Bunbury. Aunque la expectación era máxima, la sala no registró el lleno que se preveía y finalmente fueron unas 800 personas las que se dieron cita en el Palacio de Congresos para ver la puesta en escena de El viaje a ninguna parte. Seguramente los 30 euros que costaba la entrada pesaron en los bolsillos de muchos jóvenes seguidores, que sí acudieron al pabellón de Würzburg con motivo de la presentación de Flamingos en mayo de 2002.

Con los primeros compases de El anzuelo, el público no se pudo resistir, abandonó los asientos y se agolpó junto al escenario. Para Bunbury, que apareció embutido en un mesiánico traje blanco y con guitarra en ristre, la sorpresa fue mayúscula. Y entre la algarabía, el zaragozano lanzó una misiva a sus excitados seguidores: "Calma, calma, que no se escucha la música". Fue inútil. Las horas de espera -muchos seguidores llevaban desde primeras horas de la mañana haciendo cola- habían hecho saltar la adrenalida contenida por los aires. Y ya no hubo marcha atrás.

Fueron dos horas y media de concierto en las que Bunbury presentó algunas de las nuevas canciones -10 para ser exactos- y una equilibrada selección de trabajos anteriores. No faltaron De mayor, una excelente versión semiacústica de Lady Blue, el blues ranchero de Infinito o la ya clásica Alicia. También hubo ocasión de escuchar Desmejorado, de Bushido, pero en una clave sonora muy diferente. Circense, me atrevo a decir.

La señorita hermafrodita y Los restos del naufragio aumentaron la temperatura de la sala y demostraron que cualquiera de las dos puede ser single. Ambas canciones funcionaron muy bien en directo y se notó que han calado en los seguidores tras unas cuantas escuchas, porque fueron de las más coreadas.

El montaje de luces y de proyecciones creó una atmósfera proclive para la conexión del artista con su público. Uno de esos momentos álgidos se vivió en los bises cuando Enrique interpretó El rescate. Esta pieza, de eco beatle y bella melodía, emocionó a una audiencia que se arrancó en aplausos en los tramos instrumentales de la canción.

El concierto acabó con otras dos composiciones de esas que ponen el vello de punta: Una canción triste y Canto (el mismo dolor). En ellas, Bunbury se acerca una vez más a la vertiente dramática de la canción popular latina. Se gusta en esa suerte y lo borda, las cosas como son.

El Huracán Ambulante, la casi big band que acompaña a Bunbury desde la gira de Pequeño, volvió a rayar a gran altura. Estéticamente se ganaron la simpatía de todos. Copi -el teclista- apareció maquillado como los payasos, y Javier García Vega -trombón y guitarra- y Javier Iñigo -trompeta- lucieron trajes del circo. Musicalmente volvieron a demostrar que con los años, como los buenos vinos, mejoran. Y, en efecto, su acople ya no es que sea mejor; es sencillamente perfecto.

Pero hubo una nota negativa e incomprensiblemente que tuvo como protagonista al propio Bunbury. En los últimos acordes de El jinete, lanzó una patada contra un joven espectador de las primeras filas. ¿La causa? Por lo visto, los tirones de pantalón que el seguidor le propinó durante el concierto, haciendo caso omiso de las advertencias del cantante. El personal quedó estupefacto. Y así se debió de quedar Bunbury cuando entró en camerinos, porque al volver se fundía de inmediato en un abrazo con el otrora agredido, haciendo las paces y restableciendo la calma necesaria en lo que siempre debe ser un concierto: una celebración. Un episodio para olvidar. Y para no repetir, maestro Bunbury.

LOS40

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