Mediocridad y grandes nombres que no fallan

En comparación con otros festivales musicales que han optado por la especialización con una programación coherente, Festimad utiliza como reclamo el festival en si mismo. Con cuatro cabezas de cartel que sirven de gancho, el resto de cartel lo componen propuestas heterogéneas dirigidas a un público adolescente sin mucha exigencia y con la idea de complacer todo tipo de gustos musicales.

Pero Festimad es también una oportunidad de conocer bandas nuevas. Este año, al margen de los dos escenarios principales, la carpa que agrupaba a gran parte del catálogo actual del sello Bcore cumplia con esa función. Referencia de la escena hardcore en España desde hace nueve años, Bcore ha pasado de unos inicios puristas a un abanico de grupos que, sin perder la integridad y el sello de identidad, abarcan una interesante variedad de estilos. Los más sorprendentes a lo largo de los dos días fueron Nueva Vulcano, nuevo proyecto surgido de las cenizas de Aina que, pese a sus obvias referencias (Superchunk en las guitarras y Los Planetas en la voz), dejaron al público con la boca abierta con un directo sencillo e intenso; y Unfinished Sympathy, que demostraron las tablas obtenidas tras numerosas giras por España y Europa.

En los escenarios principales Atom Rhumba tuvieron la difícil tarea de calentar motores el viernes con su explosivo cóctel de árido rock and roll y ritmos souleros. Pero su energía no cayó en saco roto, pues sus buenas canciones y su actitud rock conectaron con el escaso público que se dejaba caer a primera hora por Festimad.

The Rasmus decepcionaron con un directo flojo y previsible que solo dejó satisfechos a los más fans. Por el contrario Jet, que arrastran el lastre de ser unos one hit wonder por su canción Are you gonna be my girl?, sonaron poderosos emulando a sus compatriotas AC/DC a base de riffs pesados y un volumen demoledor. Pero les sigue faltando personalidad y es imposible no pensar en bandas clásicas como Pink Floyd o Iggy Pop en cada uno de sus temas.

El sábado los programadores gastaron una broma al colocar seguidos, tras la interesante actuación de los instrumentales Los Coronas, los conciertos de los barceloneses Tokio Sex Destruction y los suecos (International) Noise Conspiracy. Ambos con discursos políticos igual de sonrojantes, similar puesta en escena y los mismos referentes musicales del pasado, se batieron a duelo ganando por puntos los suecos, que demostraron lo trabajado que tienen el directo y lo bien que se les da convencer en grandes espacios. TSD, un caos sonoro controlado, como un castillo de naipes a punto de derrumbarse, presentaban temas nuevos, pero siguen sin tener estribillos memorables que les pudiera hacer trascender más allá de su posición actual, a medio camino del underground musical y un público mayor.

La leyenda de los Pixies

La máxima atracción del festival y la razón por la cual mucha gente se había acercado hasta Móstoles era para asistir a la reunión de los Pixies. Paradigma del pop y rock independiente de finales de los años ochenta y espejo en la cual se han mirado miles de grupos desde que sacaran sus primeros singles, los norteamericanos se han reunido para girar por todo el mundo, apoyar la salida de un grandes éxitos y, se rumorea, publicar un nuevo LP. La banda se disolvió en el punto más alto de popularidad y en medio de una lucha de egos entre Black Francis y Kim Deal, pero el paso del tiempo ha hecho que el grupo se convierta en leyenda y que las canciones hayan trascendido más allá de los creadores. Una carrera impecable estaba puesta en peligro por el motivo de esta gira, ya que las ansias de conseguir su merecido trozo del pastel ahora que el grupo es un mito, podía suponer un borrón en su historial.

Se acercaban las diez de la noche y la espera se hacía larga para los fans del grupo. Cuando Black Francis, Kim Deal, Joey Santiago y David Lovering pisaron el escenario y comenzaron los acordes de Where is my mind? pudimos comprender por qué la magia no continuó con la carrera de Frank Black en solitario. Aun siendo él el principal compositor de las canciones, son los cuatro quienes forman el puzzle Pixies y los que consiguen ese sonido tan especial y característico, mitad agrestre e incómodo mitad cristalino y melódico. Ejecución perfecta, sin fisuras y con un repertorio con el que es imposible fallar, los Pixies convencieron y emocionaron sobre todo a partir de Veluria, cuando el público se calmó y disfruto con el repaso que hicieron de toda su discografía, versión de Jesus and Mary Chain incluida.

Al final, los cincuenta minutos supieron a poco, ya que se dejaron en el tintero muchos temas míticos, pero es el problema de ver en el marco de un festival un grupo que se merecía tocar solos en un recinto o al menos ser cabezas de cartel.

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