Análisis: Ryse Son of Rome
La nueva generación de Microsoft empieza con RYSE: Son of Rome. Un juego que comenzó como un proyecto exclusivo para Kinect en manos de Crytek (creadores de Crysis) y que, poco a poco, ha ido cambiando hasta convertirse en el juego de acción que es hoy. En el último E3 de Los Angeles, Kinect había quedado atrás para Ryse y se presentaba como un juego de acción en tercera persona para el estreno de Xbox One, pero buscaba un enfoque cinematográfico basado en los eventos de respuesta rápida que la crítica no acababa de comprar. Pocos meses después, Crytek presentó un nuevo Ryse que estrenaba una mecánica de juego basada en la acción de juegos como la serie Arkham de Batman. Esa es la versión que ha llegado a las tiendas; una muestra inequívoca de que rectificar es de sabios y de que el feedback de crítica y público puede ayudar a mejorar el diseño de un videojuego.
Ryse cuenta la historia de Marius Titus, un romano que presencia el asesinato de su familia a manos de los bárbaros y que vive por y para su imperio. Como imaginaréis no hace falta mayor explicación. Un soldado muy bien entrenado, carcomido por la sed de venganza y que vive para defender Roma; ¿qué más hace falta para encadenar siete horas de secuencias de acción entre romanos y bárbaros? Nada.
Gráficamente, ya sabéis que Crytek es uno de esos pocos estudios que marcan el ritmo técnico de una generación (la trilogía Crysis es muy buena prueba de ello). La atención al detalle de este juego no tiene precedentes; caras humanas impecables, en las secuencias de video y las escenas de acción (resulta impresionante ver a Marius apretar los dientes a la hora de ejecutar a un enemigo que agoniza a sus pies) y los materiales más realistas vistos jamás. Piedra, madera, metal, agua, fuego… las texturas de Ryse son las mejores, sin excepción.
LOS40
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