¿Por qué La Forma del Agua es una de las películas del año?

La fantasía de Guillermo del Toro convence en Estados Unidos

¿Por qué La Forma del Agua es una de las películas del año?

La Forma del Agua, la nueva película de Guillermo del Toro, llega a los cines españoles el 16 de febrero precedida por un hype que solo trece nominaciones a los premios Oscar pueden conseguir. Según todas las quinielas es más que probable que se alce con el premio a Mejor Película y Mejor Director en la nonagésima edición de los galardones más importantes del cine.

La historia es como un cuento. Una suerte de Amelie moderna , a la que encarna Sally Hawkins, quien, a pesar de- o precisamente por - ser muda, se enamora de un ser mostruoso que aparece en las instalaciones gubernamentales en las que trabaja limpiando.

Una historia sencilla en la que hay buenos y malos, en la que hay cómplices y enemigos, y en la que la sencillez de su premisa, a pesar de un desarrollo artístico que haría palidecer a la mayoría de producciones de superhéroes o grandes catástrofes es eso, sencilla.

Porque el monstruo es un anfibio del Amazonas y vive dentro del agua así que la película pasa más de la mitad del metraje a remojo. Guillermo del Toro vuelve a hacer alarde de su técnica cinematográfica que ya disfrutamos en El Laberinto del Fauno o Hellboy, sin ir más lejos.

¿Por qué La Forma del Agua es una de las películas del año?

Además, a la increíble Sally Hawkins – lo mejor de la película como Eliza Esposito – la acompañan Octavia Spencer, Michael Stuhlbarg o Doug Jones en un reparto que defiende con creces una historia de buenas intenciones.

Y es por eso, ni más ni menos, que la película ha tenido la aceptación en esta era de Trump en Estados Unidos y ha contagiado al resto del mundo. La inclusión del diferente, la lucha por el bienestar de los que no encajan, el derecho a ser feliz a pesar de todas las trabas que se encuentren por el camino.

La película bebe de influencias, como el propio Del Toro ha reconocido, como las películas de monstruos de los años 50. Además, el film ha tenido un presupuesto que no llegaba a los veinte millones para recrear un Baltimore de los años 60 que es en donde se sitúa la acción por lo que se puede considerar  prácticamente una producción artesanal.

Todo ello es muy de agradecer en un mundo de películas hipersaturadas de CGI, es comprensible que entronque con la conciencia bienpensante estadounidense y hasta tiene sus – pocos – momentos que a alguien escandalizarán (en la línea del gore que tanto gusta al director mexicano). Por lo demás no deja de ser una historia que a muchos se les quedará corta y que no ahonda en demasía en los mil frentes que abre en sus dos horas de duración. Cine de otras épocas.


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