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    ¿Y si una máquina pudiera hacer canciones que lo petan? Bien, está pasando

    Los algoritmos ya son capaces de componer temazos sin apoyo humano. Herramientas como FlowMachine pueden cambiar para siempre la forma de hacer música

    ¿Y si una máquina pudiera hacer canciones que lo petan? Bien, está pasando

    El dj escocés Calvin Harris, durante una de sus sesiones en 2014. / Paul Natkin/Getty Images

    Contaba Frank Zappa en una entrevista de la que tenemos testimonio audiovisual cómo la industria discográfica se había ido al carajo con el paso de los tiempos. Y apuntalaba esta idea con un razonamiento al que sin duda tenemos que dedicarle medio minuto de nuestro tiempo. Zappa asegura que el declive de la industria se produjo en el preciso momento en el que hubo un cambio de roles en la dirección de las discográficas. Antaño estaban dirigidas por un tipo orondo, rudo y sin maneras, que masticaba un habano y contestaba a toda propuesta musical con un “No lo sé, si vende discos me vale”. Su conocimiento sobre la industria era nulo, pero tenía el dinero para promocionar cualquier aventura sonora.

    Entonces emergieron de la nada una sarta de melenudos que supuestamente conocían en profundidad los recovecos de la industria, y sabían todo sobre la música. Comenzaron poniendo cafés en labores propias de becarios y ganándose la confianza de estos viejos gerifaltes forrados, para después empezar a determinar lo que era cool y lo que no lo era para convertirse finalmente en acomodados empresarios conservadores que cortaban por lo sano cualquier atisbo de novedad si no podían rentabilizarlo. O monetizarlo, como dicen ahora los gurús de la mercadotecnia.

    Es así como el mundo de la música comenzó poco a poco a industrializarse. La fiebre del oro se abrió paso a codazos y los mandamases de la escena comenzaron a devanarse los sesos en pos de la canción perfecta. Comenzaron a tejerse sesudos estudios de mercado para dar con la tecla y “fabricar” de forma cada vez menos artesanal esos hits que inundaban pistas de baile y hacían forrarse carpetas de adolescentes. Y de paso, hacían forrarse a las discográficas con estos temazos procesados sin excesivo miramiento.

    El siguiente paso era mirar dentro de la propia naturaleza intrínseca de la música. Y toparnos de bruces con su realidad matemática. La matemática vive inherente en afinaciones, disposición de notas, acordes, ritmo, tiempo y un largo etcétera, por lo que están indisolublemente unidas como lenguajes abstractos que requieren de su aprendizaje para ser descifrados. Y este carácter matemático otorga a la música cierto halo de ciencia pura e innegable. Y como tal, cuantificable, medible y argumentable mediante complejas ecuaciones. Es aquí donde entra en juego la imagen del algoritmo. Y de la composición algorítmica: la técnica de crear música mediante algoritmos, es decir, procedimientos que generan música sin la intervención humana, mediante computadoras.

    El múisco Klaus Schulze, genio de la electrónica alemana, en concierto en 1983. / National Jazz Archive/Heritage Images/Getty Images

    Y es aquí donde la inteligencia artificial muestra todo su potencial. En los últimos años se ha investigado mucho sobre el particular, y se han conseguido interesantísimos avances dentro de la materia. Así, se ha conseguido que una inteligencia artificial aprenda de forma progresiva hasta elaborar por sí misma canciones con muchas posibilidades de funcionar a nivel comercial, y muchas empresas ya se frotan las manos ante la apertura de semejante abanico de posibilidades . Basta con dejar que mame de un amplísimo catálogo de canciones exitosas e introducir unos parámetros de a qué queremos que suene.

    Esta canción fue creada mediante inteligencia artificial por una herramienta de Sony llamada FlowMachines, que bebe de una base de datos de 13.000 melodías y que ha compuesto intentando emular el estilo de The Beatles. El caso es que todavía no puede ser completamente autónoma, ya que requiere apoyarse en un ser humano que le diga por dónde tirar, pero es un avance de lo más sustancioso.

    Y la rueda de la innovación no ha hecho más que empezar a girar. Ya tenemos el primer disco de metal de la historia creado por una inteligencia artificial, resultante de un proyecto llamado “Generating Black Metal and Math Rock”, mediante un sistema que cortaba pedazos de canciones ya existentes para ensamblarlas con criterio y generar temas nuevos.

    La cosa ha llegado a tal punto que ya contamos con software que nos dice de antemano si una canción va a llegar a triunfar en las listas de éxitos. Tijl de Bie, experto en Inteligencia Artificial de la Universidad de Bristol, ha creado un programa que sirve para predecir si tienes entre manos un melocotonazo que va a llegar al número uno o si va a quedar relegado en el cajón del olvido. Para ello estudia hasta 23 características diferentes (tempo, ritmo, velocidad, longitud, volumen y otras más abstractas como la capacidad de ser bailable) y el algoritmo otorgará directamente las posibilidades de éxito de la tonadilla en cuestión.

    Según sus investigaciones, una canción exitosa se ciñe a la fórmula científica de utilizar pocos acordes, un tempo de 120 pulsos por minuto, un compás de cuatro por cuatro y como guinda de pastel, incluir segundas voces. Mano de santo, garantizado científicamente. Ah, y cuantos menos instrumentos, parece que bastante mejor. Así de primeras, pensamos en una canción que se acerque a esos requisitos y oye, parece que han dado bastante en el clavo (4x4, pocos instrumentos y 124 pulsos por minuto) Et voilà:

    Y venga, que se prepare todo quisqui para rizar el rizo: se habla de que han creado un algoritmo que es capaz de determinar, basándose en complejas mediciones cerebrales, la canción que se nos está pasando por la cabeza en un momento determinado, mediante un complejísimo experimento que vincula algoritmos de aprendizaje con análisis de la actividad cerebral de varios individuos. Esta intrigante locura podría desembocar en ayuda para restablecer la comunicación en personas impedidas por parálisis, por ejemplo.

    Se abre la veda. Y lo que está por depararnos esta nueva tecnología es tan fascinante como inabarcable por nuestros acomodados cerebelos. Así que toca sentarse y disfrutar de lo que está por llegar. Probablemente una revolución nunca antes vista en el mundo de la música. Cojan ticket y acomódense, que se avecinan curvas.


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