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    Miss Caffeina, intimidades electrónicas

    Diseccionamos el cuarto disco de estudio de la banda: Oh Long Johnson

    Miss Caffeina, intimidades electrónicas

    Miss Caffeina, en imagen promocional reciente. / Warner Music

    Introdúzcase gozoso el lector en esta dinámica de grupo llamada a sobrevivir en la cotidianidad, donde toca dar brazadas intentando evitar el mordisco en lagos infestados de fake news, donde son tiempos de mostrarle al mundo nuestro perfil más frívolo, donde el aparentar vence una cruenta batalla contra el ser. No nos pilla de sorpresa: la honestidad parece cotizar a la baja. Es por eso que toca aplaudir hasta borrarse las huellas dactilares ante las propuestas que te miran fijamente a los ojos, que ofrecen barra libre de aquello de “ábreme el pecho y registra”.

    Quizá con algún momento de desviar la mirada con cierta timidez ante lo difícil que es el trago de contar historias de corrido en las que toca desnudarse emocionalmente, poner sobre la mesa todos nuestros miedos y las situaciones incómodas que logramos extirpar en mayor o menor medida de nuestro recuerdo, aquellas que prevalecen latentes en el interior y que, tras ser admiradas por aquellos que nos valoran, acaban cicatrizando tras ser aireadas al fresco. Previo paso por la no aceptación, la ira, el orgullo y el olvido, ese camino que toca transitar en cientos de ocasiones como peaje vital tras un fatídico golpe del destino.

    Alberto, Sergio, Álvaro y Antonio de Miss Caffeina llevan casi diez años haciendo de cronistas oficiales del sentimiento. Y su propuesta, lejos de ser hierática e inamovible, ha adoptado la flexibilidad de ese junco que siempre permanece en pie. Si en Imposibilidad del Fenómeno y en De Polvo y Flores su propuesta era de carácter más orgánico, aferrada a las guitarras como elemento de cohesión, Detroit supuso para Miss Caffeina el comienzo de una deriva de tintes electrónicos que consiguió el abrazo del gran público con temas como Mira cómo vuelo o este inconmensurable Ácido.

    El tránsito hacia su cuarto LP de estudio, este Oh Long Johnson que nos traemos entre manos, ha resultado un proceso revelador para la banda. Los sintetizadores han metido definitivamente el codo para colarse en la fiesta, y a fuerza de instar a bailar a los presentes han conseguido llevarse gran parte de los focos. Y ya que tenemos toda tu atención fijada en movimientos pélvicos y saltos plagados de brío, aprovechan la ocasión para desnudarse. Que tu disco más bailable sea también el más intimista es un complejo truco de prestidigitación que linda con la utopía, pero que Miss Cafeina ha sabido realizar sin mayores ínfulas, con la certeza de que la verdad es el camino más corto para llegar a las vísceras.

    Cuando llueve copiosamente ahí fuera y las gotas resbalan por los cristales de las ventanas en una frenética competición hacia ninguna parte, siempre ha habido dos opciones. O quedarte aferrado a la melancolía en un rincón del salón esperando a que escampe o calzarte las botas de agua y pisar charcos. Bien, este disco es volver embarrado a casa. Con tropezones de lodo manchando los bajos del pantalón y la cabeza empapada, pero también exhausto y renovado. Una húmeda catarsis promovida por el “a mal tiempo buena cara” llevado a sus últimas consecuencias. Que Alberto Jiménez es uno de los letristas más consolidados del panorama indie no debería escapársele a nadie. Su enorme talento reside en conseguir universalizar los sentimientos más personales. En ofrecer su pequeña visión del mundo para que miles de personas puedan, sin apenas esfuerzo, sentirse identificados. Para creerse a pies juntillas lo que nos cuenta se vale además de una voz tan armoniosa como inconfundible.

    El disco gira y las once canciones se suceden. Todas tejidas entre sí con gruesos hilos comunes, donde se forja la infraestructura de esta vuelta de tuerca al pop electrónico sin complejos, forjados con la venia de Max Dingel (el productor habitual del grupo) , pero con un proceso creativo y de grabación que dista de anteriores trabajos. Oh Long Johnson, nombre homónimo al disco, supone la primera en la frente. Sintes plagando un océano melódico rebosante de optimismo. Escupirle a la cara a la puta vida al sentirte arropado por aquellos que consiguen que merezca la pena vivirla. Un chute vitamínico que precede al primer single de este disco. Merlí es un homenaje a la serie de TV3, toda una epopeya adolescente apoyada en un estribillo imbatible.

    Fiesta Nacional adquiere tintes de himno festivalero, Calambre abraza la oscuridad, mirando a los ojos del miedo para lograr romper las cadenas y explotar en pedazos de incontrolable euforia. Reina es una de las apuestas más arriesgadas. Ser un segundo single con la canción más diferente al resto de las que pueblan el disco es de una valentía reseñable. Que Alberto cante a su infancia zarandeándola por la pechera para demostrar que el tiempo pone a todos en su lugar es atrevido. Más aún lo es hacerlo mediante un strip tease emocional que airee miedos, frustraciones y recuerdos amargos. Quizá la letra más honesta que hemos escuchado por estos lares en mucho tiempo.

    Que tu disco más bailable sea también el más intimista es un complejo truco de prestidigitación que linda con la utopía

    En Prende, de marcado carácter resultón y aferrándose al tono logrado previamente en Merlí, la redención y el caos se dan la mano, concretamente con intención de bailar. Intención que se multiplica desde los primeros acordes de Planta de Interior, donde la propuesta irradia funk por los cuatro costados hasta hacer que el groove inunde la estancia, empujado por fascinantes coros. Cola de pez (Fuego) se estira hasta arañar con los dedos claras reminiscencias electrónicas noventeras. Los medidos graves hacen el resto. Bitácora es un canto a simplificar una vida en ocasiones demasiado compleja. Aprendizaje emocional que lucha por zafarse hasta hacer explotar tu burbuja de confort. En el Gran Temblor, una petit morte masculinizada, los coros sugieren toda una declaración de intenciones. Y para echar el cierre, Ausentes Presentes, una balada de las de piano que le sentaría de perlas a cualquier crooner patrio de otros tiempos. Balada sí, pero con su consiguiente ración de sintetizadores, omnipresentes en todo el largo.

    Es Oh Long Johnson la demostración palpable de que apostar por nuevas vías sonoras puede hacer crecer exponencialmente a un grupo, Miss Caffeina, que mantendrá su base de fans y la multiplicará gracias a los cantos de sirena de un disco redondo que van a defender a lo largo de este año en muchos festivales. Y si se nos permite jugar a ser pitonisos, auguramos un éxito tan rotundo como bailable.

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