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    Tocar de todo nivel Dios: ¿dónde quedaron los hombres y las mujeres orquesta?

    Una oda a esos artistas que, con una serie de gadgets sonoros, son capaces de tocar de forma simultánea diferentes instrumentos

    Tocar de todo nivel Dios: ¿dónde quedaron los hombres y las mujeres orquesta?

    La cantante KT Tunstall, en directo en un concierto en Alemania. / Getty Images

    Lo de adjetivar a determinadas personas en función de sus habilidades es algo tan humano como hacer cola kilométrica para recibir cualquier cosa que contenga el adjetivo gratis, no dormir porque tu equipo ha sido eliminado de la Champions de forma casi indecente o envidiar por deporte el pedazo de buga que se ha comprado el vecino de enfrente. El muy mindundi con un descapotable, acabáramos. Así, el tipo que sea capaz de subir andamios como si nada recibirá el epíteto de hombre araña, aquella persona extremadamente flexible podrá catalogarse como “la mujer chicle” o el que ha sido iluminado con el don de la palabra será para siempre “el hombre sin hueso”.

    Cuando viene a nuestra mente la imagen de hombre o mujer orquesta, pensamos en una silueta callejera de una persona ataviada con una serie de gadgets sonoros que es capaz de tocar de forma simultánea diferentes instrumentos y crear una composición sonora de carácter orquestal debido a su pericia en lo que a coordinación se refiere.

    Tanto si tocas algún instrumento como si no te has acercado a uno en tu vida, serás capaz de entender la complejidad de semejante habilidad. Esta suerte de superpoder está reservado para muy pocos. Se requiere un sentido del ritmo totalmente desarrollado y una velocidad de reflejos y de toma de decisiones de las que casi nadie podemos fardar. Un don divino.

    Pero existe también otra categoría de hombres/mujeres orquesta, alejados del espectáculo callejero e inmersos en esto del show business. No les verás tocando en el metro, tampoco amenizando fiestas populares a modo de charanga unitaria, sino enfrascados en labores de producción y postproducción de un disco, pergeñando arreglos imposibles con los que adecentar desnudas piezas y dotados con una vista de pájaro con la que poder procesar mentalmente todos y cada uno de los rincones de una canción. Sí, los productores saben tocar muchos instrumentos, aunque su labor, salvo en casos bastante específicos, queda relegada a un segundo plano sin demasiada trascendencia mediática. No es el caso de grandes tótems como Quincy Jones, Alan Parsons, Brian Eno, Phil Spector o Mark Ronson, el Rey Midas de la producción en los últimos diez años. Todos tocando seis millones de instrumentos cada uno. Todos ejemplo de renacentismo musical encarnado en un solo ser.

    Además de hombres/ mujeres orquesta al uso y productores de primer nivel, nos topamos aquí con otra vertiente: la de los artistas multidisciplinares que se encargan de la grabación de todos los instrumentos que aparecen en una determinada composición o disco. Aquí encontramos nombres que provocan vértigo con solo escucharlos: Nuestro rubito Beck (que toca la friolera de 12 cacharros) , Prince, Paul McCartney (el bajo en The Beatles se le quedó pronto pequeño y a día de hoy maneja con soltura 17 instrumentos), Stevie Wonder o Dave Grohl, que en “Play” se desdobla hasta en siete ocasiones para tocar los siete instrumentos que componen la canción, con un resultado muy potente a nivel sonoro, pero también visual:

    ¿Piensas que no se puede hacer en directo y a la vez? Eso es que no conoces a Jacob Collier, la esperanza blanca del mundo del jazz, apadrinado por Quincy Jones, con dos Grammys en su haber y que sabe llenar de esta forma un escenario:

    Y ojo, no solo de grandes artistas de talla internacional y plagados de experiencia sobre sus hombros vive el multi instrumentalismo. En otras capas todavía no traspasadas por la luz de los grandes focos mediáticos nos topamos con auténticos talentos en ciernes sin tanta repercusión. La juventud no es ningún impedimento, miren sino a Sina, una one-girl-band capaz de hazañas sonoras como la que sigue:

    Las nuevas tecnologías han provocado una nueva remesa de hombres y mujeres orquesta en el mundo de la música. Y se lo debemos en parte a la evolución de las pedaleras de loops. Con este complejo sistema podemos grabar en riguroso directo diferentes partes de una canción para luego unirlos en una suerte de collage coral donde se consiguen resultados fascinantes. Un solo intérprete es capaz de conseguir mezcolanzas sonoras del más diverso pelaje. Veamos aquí un ejemplo de la talentosísima artista escocesa KT Tunstall.

    A nivel local, podemos presumir con pecho henchido y mirada segura de haber dado un paso más. Y es que tener la capacidad de tocar muchos instrumentos ya es de por sí una fantasía, pero si eres capaz de componer canciones usando como único instrumento los sonidos que emanan de tu boca, eso ya es cum laude. El artista conocido como Hyperpotamus (AKA Jorge Ramírez-Escudero) desempeña esta labor como si de una especie de crooner del futuro se tratase. Esto ya no es tan siquiera un hombre orquesta. Den la bienvenida con una calurosa ovación a la auténtica e inimitable garganta orquesta.

    No se nos ocurren más formas de rizar el rizo. Bueno, ya puestos, alguno de estos hombres/ mujeres orquesta podían darle una vuelta más de tuerca e incorporar coreografías o algo por el estilo, ¿no? Por pedir que no quede. Hola, soy el genio de la lámpara y he escuchado tu extraña petición. ¿Te sirve un hombre orquesta tirititero? Primer deseo concedido:

    Pues nada. Después de un viaje por el olimpo del virtuosismo sonoro, ya podemos coger de nuevo nuestra guitarra para aprender a maltocar los acordes del estribillo de la cucaracha. Lo de brillar con esplendor ya se lo dejamos a las estrellas.


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